En su discurso sobre el estado de la Unión, George W. Bush, que no se ha batido en retirada, ha dado sin embargo la sensación de situarse más a la defensiva que en los años anteriores. Aunque no sea momento de arrepentirse de las decisiones adoptadas, tampoco lo es de mostrarse triunfalista. Mantener el rumbo parece haberse convertido en el objetivo preponderante de Bush, ya que no tiene más remedio. En su dilatado combate contra el terrorismo, George W. Bush no se ha mostrado ni se muestra tan ciego -y sus compatriotas aún menos- como para afirmar de manera creíble que Estados Unidos esté ganando la partida. Simplemente sucede que no le interesa proclamarlo...

En tanto los norteamericanos no confían demasiado en él ni a propósito de la cuestión de Iraq ni de la del déficit presupuestario, la ética de su gobierno, la economía, las cuestiones sociales o la fiscalidad, aún confían en él en cierta medida en el terreno de la lucha contra el terrorismo. Los norteamericanos empiezan a angustiarse por el futuro del empleo y, sobre todo, por la situación de sus seguros médicos y el sistema de jubilación. En el plano individual, están tan endeudados como su país. Y empiezan a protestar por el hecho de que se haya duplicado el precio de la gasolina en un país al servicio del coche privado. La guerra de Iraq no ha influido para estabilizar el precio de la gasolina, sino para aumentarlo.

Bush ha prometido trabajar para ser menos dependiente de las zonas conflictivas como Oriente Próximo en materia de suministro petrolero, pero pretende lograrlo por medios tecnológicos, medida insuficiente si los norteamericanos no reducen su consumo energético..., actitud que no están dispuestos a adoptar de buenas a primeras. La apuesta, en consecuencia, es arriesgada si se quiere evitar un desastre en las elecciones de mediados de noviembre, que pueden ser terribles para los republicanos y pueden estropear el fin de mandato de George W. Bush. El problema reside en que desde el 11-S se martillea el mismo discurso sin que quepa apreciar resultados positivos concretos de esta política. Estados Unidos parece seguir en apuros en la mayoría de las cuestiones internacionales pendientes. Ha perdido gran parte de su capacidad de atemorizar sin haber recuperado al propio tiempo la de seducir. La izquierda norteamericana empieza a levantar cabeza y protestar contra los atentados a las libertades públicas en nombre de la lucha contra el terrorismo, mientras que los neoconservadores dicen sentirse decepcionados por Bush, que les parece más moderado (un defecto, a su juicio) en el plano internacional. Bush ya posee la tasa de aprobación de la sociedad menos elevada para un presidente desde la Segunda Guerra Mundial.

Bush declaró efectivamente, en fecha reciente, que los republicanos tenían una visión del mundo post-11-S, en tanto que los demócratas tenían una visión pre-11-S. No obstante, ¿basta este elemento para construir una política? Una vez más, y a fin de justificar una guerra en

Iraq crecientemente impopular, Bush la ha situado bajo el emblema de la lucha antiterrorista: "No garantizaremos la seguridad renunciando a nuestros compromisos y retirándonos al recinto de nuestras fronteras".

Sin embargo, tampoco es indudable que los norteamericanos estén más seguros hoy que ayer. La guerra se hizo en nombre de la lucha contra la proliferación de armas de destrucción masiva. La inquietud de

Irán ante EE.UU. se ha visto reforzada por la guerra de Iraq. Sin embargo, Irán es el auténtico vencedor de esta guerra en la medida en que sus posiciones se han visto consolidadas. De hecho, Irán desafía todos los días a la comunidad internacional. Denunciado por formar parte del eje del mal en el 2002, ha acentuado desde entonces su nuclearización y su radicalismo político. "Nuestro país -recuérdese la declaración- se halla comprometido en un proyecto político a largo plazo: el fin de la tiranía en el mundo. De tal factor depende la seguridad futura de Estados Unidos". Tampoco a este respecto la realidad corrobora la perspectiva del presidente Bush. El resultado de las elecciones en Iraq, que otorga la mayoría a los elementos religiosos chiíes, no es precisamente el factor más cómodo para Estados Unidos a largo plazo.

El presidente norteamericano confirma su decisión de promover la democracia. Sobre este punto se halla en lo cierto: es lo más razonable y juicioso a largo plazo. Sin embargo, si este factor no se acompaña de una modificación de la política norteamericana, favorecerá a los elementos más radicales frente a los moderados, a los enemigos de Estados Unidos en detrimento de sus amigos. El apoyo de Washington constituye todo menos una baza en la región, como acaba de comprobar Mahmud Abbas. Efectivamente, en Palestina unas elecciones irreprochables han tenido un resultado muy criticado: la llegada de Hamas al poder por la vía de las urnas. Se aprecia, asimismo, un auge islamista en Egipto, Siria, etcétera. Se confirma lo que los contrarios a la guerra de Iraq siempre dijeron: en el actual panorama estratégico, caracterizado por la falta de solución del conflicto palestino-israelí y la ocupación de Iraq, los regímenes árabes y musulmanes pueden ser o democráticos o pronorteamericanos, pero no las dos cosas a un tiempo.

PASCAL BONIFACE, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.