Adversarios amigos, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Para entender el actual campo de fuerzas de la política catalana-española hay que utilizar dos categorías cercanas a la inteligencia emocional: la atracción y el rechazo. El PSOE y CiU exploran (por necesidad) una relación de atracción mientras Maragall y ERC hacen lo propio. En paralelo, CiU y ERC construyen su dialéctica a partir del rechazo mutuo, y el PSOE y Maragall no parecen andar lejos del mismo esquema. El PSC queda en medio como un comodín. Por un lado, está soldado a la suerte del president de la Generalitat; por otro, es copartícipe primordial de la estrategia general del PSOE. Los Montilla, Zaragoza e Iceta luchan por mantener a CiU eternamente en la oposición, sin olvidar que deben arrimar el hombro para que Zapatero se consolide en la Moncloa. Pero el PSOE no acepta simetrías con sus correligionarios de la barcelonesa calle Nicaragua: para Pepe Blanco, lo único importante es que Zapatero siga siendo presidente. Por esta grieta se cuela Artur Mas, que hace lo mismo que hacía Jordi Pujol en los años en que Felipe González pasaba olímpicamente de Raimon Obiols y compañía. La diferencia es que ahora CiU no es el partido que gobierna en la Generalitat. Mayor afrenta, pues, para Maragall y para el PSC.
La negociación del nuevo Estatut ha fijado los campos gravitatorios entre adversarios-amigos y socios-enemigos. El lío es fenomenal porque implica una serie incontable de inacabables conflictos que, a la larga, siempre castigan a la parte más débil del tablero, que es (como ustedes ya saben) el Gobierno tripartito. En este contexto, el PSC no puede saborear las mieles del acuerdo estatutario porque tiene el corazón partío en muchas urgentes tareas contradictorias y, a veces, excluyentes: salvar a Maragall, crear el efecto de cohesión, impulsar las políticas del día a día, cavar sus trincheras contra ERC, responder a la oposición, responder al Gobierno central... Y todo esto, sin controlar el aparato presidencial y con unos consellers que fueron quemados públicamente y que van a su aire.
El periodista Albert Sáez, en su muy esclarecedor libro El futur del nacionalisme, destaca que la mayoría de la actual dirección de CiU, al menos teóricamente, coincide en afirmar que "la etapa de confrontación con ERC ya se ha acabado y en los próximos meses la lucha más enconada será con el PSC". Aunque el grado de rechazo entre republicanos y convergentes genera mucha polvareda en el panorama, no se confundan. La batalla de veras de los próximos comicios catalanes será la de siempre, entre los dos grandes. Con un Mas crecido que tendrá como oponente a un Maragall menospreciado por Zapatero o (si hay sorpresas) un socialista al que habrán vestido de candidato a toda prisa. El resto es espuma.
Se está magnificando la herida entre ERC y CiU, que se adorna con el incomprensible adjetivo de "sentimental". El mundo nacionalista cree erróneamente que lo que ocurre entre sus siglas es lo más relevante. Miopía. Algunos especialistas en el lamento patrio alimentan esta imagen. No estará de más subrayar, una vez más, que los electores no son como los militantes y que el nacionalismo ha sido exitoso cuando ha conseguido sumar a los convencidos amplias capas de ciudadanos poco motivados por el meollo de la cuestión. No vayan a creerse algunas sus propias fábulas. Como aquella tan fantástica de que los independentistas iban a predicar en territorio socialista para convertir a las masas incrédulas. Disneyland puro.
A estas alturas del partido, podemos afirmar que Zapatero es hoy el primer neopujolista de España. Pero Mas hará bien en evitar que se le suban los humos, no vaya a confundir lo resultón con lo importante.
