En la ciudad donde resido, La Coruña, desayunamos el viernes con la noticia sensacional del nombramiento del alcalde como embajador de España ante el Vaticano. El periódico propiedad de uno de sus buenos amigos (¿quién si no?) da la información en rigurosa exclusiva y la interpreta como un ascenso honorífico, además de un importante servicio a la patria. «El Gobierno recurre a Vázquez -titula el periódico- para mejorar su relación con la Santa Sede», que, según nos explica, está muy deteriorada por culpa de las recientes iniciativas legales respecto a las bodas gays y de la enseñanza de la religión en los colegios. En la portada del diario puede verse a un alcalde sonriente, rodeado de altos dignatarios eclesiásticos durante un acto oficial, y esta frase entrecomillada al pie de la foto: «La Embajada vaticana es mi sueño». Después, siguen varias páginas en las que se glosa la compleja personalidad de este hombre que ha encarnado como nadie el ideal joseantoniano de la política porque, como muy bien decía el teórico del fascismo español, «no es de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario». Es decir, pura paradoja. Vistas las cosas desde esa perspectiva optimista, no hay nada que oponer. El alcalde se va al Vaticano en una delicada misión diplomática y muy pocos podrían dudar de que el cargo no le vaya a la medida. Aunque militante del PSOE, se trata de un católico muy próximo al Opus Dei y ha destacado dentro de su partido por su oposición a la ampliación de la ley del aborto y al matrimonio homosexual. Además, le encantan los vistosos uniformes, los gorros, las banderas, las medallas, la parafernalia de trompeta y tambor y andar en procesión de acá para allá. Pocos diplomáticos de carrera habrá que sepan arrodillarse tan bien y con tanta unción ante las imágenes del culto como él. Puedo dar fe de ello, porque todos los años, cuando se celebra la Función del Voto ante la patrona de la ciudad, acudo a ver el espectáculo, que me queda muy cerca de casa, y siempre salgo maravillado. No me cabe la menor duda de que, en el marco monumental y majestuoso del Vaticano, lucirá como un pavo real. Por otra parte, este nuevo cargo le puede brindar la oportunidad de cerrar su brillante carrera política consiguiendo para la ciudad el nombramiento de un obispo, que es una de sus ambiciones insatisfechas. Hay que desearle de todo corazón que lo logre. Desgraciadamente, no faltarán maliciosos que interpreten este sorprendente desenlace de otra manera y deduzcan que el presidente del Gobierno ha forzado su salida hacia el Vaticano, para evitar el deterioro que podría suponer su presencia al frente de la Alcaldía después del escándalo de la compra de su casa y de haberse destapado sus negocios con el presidente de la patronal gallega. Tenerlo allí, asándose a la parrilla lentamente hasta las elecciones, mientras se va desvelando la profundidad de esa trama, podría resultar calamitoso. Nombrarlo embajador no deja de ser una salida diplomática; pero una patada en el culo, por muy ascendente que sea, siempre es una patada en el culo.
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