La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

12 Febrero 2006

Materia en el vacío, de Xuan Bello en El Comercio

Bilbao es el destino de un viaje lúdico, literario y artístico en una semana de conversaciones provoca en Xuan Bello un mar de nostalgia

Entre dos mundos

Jueves, 2 de febrero

Las rocas de Candás

Comemos en Casa Rosina en Abuli, aquí cerca de Uviéu, con Federico, Juan Marino y Marián. Conversamos, nos reímos, traemos a cuento viejas historias y, sobre todo, escuchamos a Federico que nos habla, entre copa y copa, de sus recuerdos y vivencias. Cuente lo que cuente, toda su familia y todos sus fantasmas comparecen en la narración. Uno está escuchando la descripción de una escultura de Fernando Alba y presiente, tras las palabras del amigo, el mar deshaciéndose en espuma en las rocas de Candás.

Viernes, 3 de febrero

Bilbao, parada y fonda

Me apeo del autobús y miro, entre los altos edificios, los montes circundantes. Cuánto Bilbao en mi memoria: busco con mi mirada, al pasar el paso de cebra, los helechos deshechos en llanto de Blas de Otero. Algo, un viento frío, me acaricia como un estremecimiento la conciencia: oigo sus pasos en la niebla, viene a enhebrarme la vida desarrapada. Aún siguen ahí --como en los versos de Aresti, como en las canciones de Otero-- esas casas obreras latiendo silenciosas en las laderas verdes que surgen entre los grises de la mañana de cara al mar de las ballenas. Unas casas que adivino tan humildes como la vida misma; mientras me dirijo al café donde he quedado con Jon Kortazar camino más que por calles reales por las calles del poema de la memoria. Alguna mujer en bata, con los ojos arrasados en niebla, se habrá asomado a la ventana a tender la ropa y mirará la ciudad tan lejana, este Bilbao cosmopolita abierto al mar y cerrado entre los montes. Bilbao: Miguel de Unamuno, Blas de Otero, Gabriel Aresti. Una ciudad no es tan sólo la certeza de edificios alineados, de puentes que vadean la ría, de gente que se cruza desvelando, a cada paso, el enigma del azar y la necesidad. Una ciudad también es las palabras que convoca, todas ellas, y que van componiendo una sinfonía íntima y colectiva sobre el papel mudable del tiempo. Bernardo Atxaga, en su primera novela titulada 'De la ciudad' también habla de estas avenidas, que hoy atraviesan rápidamente los tranvías, en las que las palomas funambulistas, puesto que no traían carta para nadie, se posaban en los aleros del silencio.

«No quiero que le pongan mi nombre / a una calle en Bilbao», decía Aresti. Jon me dice que ya se la han puesto y yo pienso que la vida es así: alguien estará diciendo ahora «Yo vivo en Aresti, con la coja» y el ritmo de la ciudad irá creando, en las glorietas venidas a más en estos buenos tiempos, resquicios donde las palabras se guarden y alguien las utilice haciéndolas nuevas. Hoy tengo que hablar en Mungia, el pueblo donde vive Kortazar, de mis libros; pero será por la tarde. Jon me ha recomendado que, antes que al Guggenheim, fuese al Museo de Bellas Artes de Bilbao: Sorollas, Regoyos, Tizianos, Murillos, unos Velázquez que a veces son apócrifos y a veces verdaderos... Aquí, en este museo, se reúne lo atesorado por la busguesía vasca y su ensoñación romántica. Melancolías de los atardeceres junto a las riberas del Sena, nostalgias de caseríos al borde del bosque sagrado e ín timo. Exponen también una muestra del british pop que en cualquier otro momento me parecería muy interesante: pero he visto antes la sección de arte medieval --cristos torturados, anunciaciones de María, capiteles decapitados por los iconoclastas...-- y he quedado cegado por la eternidad.

Al salir del museo las calles, la ría del Nervión, los anuncios en euskera amable y para mí incomprensible. Bilbao tiene algo, a la vez, de centro y de periferia; de arrabal donde se concentran los sueños más hermosos y la pesadilla del laberinto. Abrigada por los bosques, se abre al mundo. Sentado en un café, mientras espero a mi amigo, suena mi teléfono. Es alguien que se ha confundido: pregunta por Manuel y su voz guarda algo inquietantemente triste. Tras los cristales del café, en la plaza Elíptica, la gente pasa camino quién sabe camino de qué destino. Abro el periódico, leo. Apunto en mi libreta que he de hablar del retrato de la poetisa Omo-No-Achuki, un cuadro japonés del siglo XIX que he visto en el museo. Iba la señora, muy dulce y ensimismada, con un paraguas bajo la lluvia oblicua, una lluvia dibujada con trazos muy simples que se transformaban, en los charcos, en signos indescifrables.

Sábado, 4 de febrero

La casa de los cuatro vientos

Mungia es el pueblo de Lauaxeta, el poeta simbolista vasco. Jon Kortazar me regala una edición fac-símil de 'Arran-Beran' («con la traducción española de las poesías euzkéricas así tituladas») para la que ha escrito un prólogo excelente. Aquí, en Mungia, casi todo habla del poeta fusilado por las tropas nacionales en Gernika en 1938. En el hotel Lauaxeta ponen unos «langostinos Lauaxeta» que deben de estar buenísimos. Paseo por el pueblo y llego hasta la casa del poeta: como estaba expuesta por todos los lados, Esteban Urkiaga cogió, para firmar sus versos, el nombre de la casa de sus mayores: lauaxeta, cuatro vientos. En un banco, leo estos versos un poco antiguos, que aspiraban en su momento a la modernidad y que fueron escritos con la convicción, tan infantil como noble, de que bastaría preservar cien libros bien pergeñados para salvar, si en peligro estuviese, la patr ia de la infancia. Delicada, simbolista, con un erotismo suave, la poesía consigue abrirse paso entre las formas, un poco amaneradas, de la traducción: «¿Nuestra pequeña rubia, el mediodía está en plena luz! Los ríos son de plata, el maizal, de oro. ¿Por qué estás al sol, nuestra pequeña rubia? Con finos dardos, amante tuyo, el sol desciende a las praderías. ¿Es un adorador de la belleza!».

Jon se encuentra con un matrimonio amigo que ha adoptado a una niña china. La llevan en su carricoche. Dormida, sonríe. Jon habla con sus amigos en euskera: no entiendo una palabra y lo entiendo todo. Esa es la virtud del lenguaje de la amistad.

Domingo, 5 de febrero

La testuz del minotauro

Nos volvemos otra vez a Bilbao. No quiero irme sin visitar el Guggenhein. Conocía ya el de Nueva York, con su escalera en forma de caracola, pero no había tenido ocasión de acercarme a éste que se ha convertido, en uno de esos juegos de magia de la moda, en símbolo de la modernidad. Cruzando un parque de esculturas decimonónicas, allá al fondo al borde de la ría entreveo esa estructura soñada y plasmada en la realidad. Imagino que la niebla, nerviosa, ha garabateado sobre la página del mundo un dibujito y ahora observa, con ojos blancos y llenos de música, lo hermoso que le ha quedado. Dentro, el silencio serpenteante de las esculturas de Richard Serra, esa materia del tiempo que construye una ciudad de altos muros y laberintos sonoros; el secreto de las esculturas de Chillida, creando la materia en el vacío; el perrito gigantesco de Jeff Koons, una burla quizás no demasiado graciosa; la araña de Louise Bourgeois, inquietante y a fortunadamente quieta. Le comento a Jon, y a su esposa Mirian, que la verdadera obra de arte es el edificio. Después pienso que todo edificio se construye en torno a un habitante: las iglesias románicas, las catedrales góticas son el intento de albergar una idea concreta, la que se tenía en su época, de divinidad. Como un personaje de Borges intento adivinar, perdido por este laberinto, la testuz inconcebible del Minotauro.

Lunes, 6 de febrero

El secreto de Antonio Pereira

Leo 'Contar y seguir (1962-1972)', una antología de la poesía de Antonio Pereira que encontré en una librería de lance en Bilbao. Hay un poema que me hace sonreír trayéndome viejas saudades: el poeta andaba por Braga y al ver a un cura piensa en contarle un secreto. La esposa, claro, le tira de la manga y le dice que ni se le ocurra. «Antes pensé (Dios me perdone / la vanidad) dejárselo saber / al guardia perezoso de la esquina; / al cajero del Banco Nacional Ultramarino; / o al dueño de la ourivesaria, tan atento; o a un mendigo que estaba en los peldaños / como quien tiene un puesto en propiedad». El secreto no era otro que el primer obispo de Braga en el siglo VII había sido «Fructuoso llamado / y era paisano mío, quizás algo pariente / y hace cientos de años andaba Bierzo arriba / predicando justicias que poco se cumplieron, / abriendo los caminos que aún están por hace r».

Yo también estuve en Braga en aquel año, sería hacia 1993, de mi desconcierto. Yo también fui hasta la iglesia visigótica de San Fructuoso, que admiró don Juan Uría Riu, y yo también quise contarle a alguien que mi padre era de muy cerca de Compludo, donde había nacido el santo y donde aún hoy mana una fuente.

Martes, 7 de febrero

A lo largo del tiempo

A lo largo del tiempo, los hombres han intentado representar la poesía de muchas maneras. A lo largo del tiempo, los hombres han concebido a los dioses de infinitas formas. A lo largo del tiempo, sólo una cosa no ha cambiado: la poesía perdura y la esperanza en dioses que de exirtir serían crueles permanece.

Miércoles, 7 de febrero

La literatura como niebla

Se debe hablar a los lectores como si fuesen amigos de toda la vida. Se debe susurrar la verdad, no exponerla descarnadamente. Un lector debe dar por sobreentida la sombra que acompaña a quien escribe; a la vez, el escritor ha de tener mucho cuidado en sus confidencias (puesto que lo que no es confidencia no es literatura) y no dar la lata con detalles que todo el mundo supone. La literatura como niebla que vela y hace más hermoso el paisaje de la realidad.

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