El sábado, día en que el G-8 se reunía en Moscú, en el primer acto solemne de la presidencia rusa del organismo, más de un diario europeo arremetía contra la política del Kremlin, en línea con una actitud bastante extendida desde hace tiempo en la prensa del continente, que no en sus cancillerías. Y es que la Rusia de Vladimir Putin preocupa a los analistas. Porque se sabe que es más fuerte que hace unos años, cuando su economía quebró hasta perder casi la mitad de su producto interior bruto (PIB), pero, sobre todo, porque se teme que el afán de sus dirigentes por consolidar su poder interno, cada vez más autocrático, les lleve a adoptar iniciativas que tengan negativas consecuencias en el marco internacional. Patrick Sabatier, autor del editorial de LIBÉRATION sobre el tema, ha subrayado la paradoja de que el mismo Putin que trata de exterminar a los fundamentalistas islámicos en Chechenia ahora invite a sus correligionarios palestinos de Hamás a conversar con él en Moscú: "No se puede descartar que tal iniciativa sea positiva cara a una paz entre judíos y palestinos. ... Pero Vladimir Putin aparece como paloma en un sitio y como halcón en otro. Ha cortado el gas a sus vecinos de Ucrania y de Georgia porque flirteaban demasiado con Occidente, no sin proclamarse amigo de este último. ... Son iniciativas destinadas al consumo interno, a convencer a los rusos, nostálgicos de su desaparecido imperio, de que el putinismo es el mejor de los nacionalismos. ... Pero con su doble juego permanente, el dueño del Kremlin corre el riesgo de que sus socios le excluyan del torneo".

Más tajante aún el editorial del FINANCIAL TIMES: "El gesto de acoger a Rusia en el G-8 se hizo para apoyar su proceso democrático. Y lo cierto es que Rusia hoy se encuentra un poco mejor gracias al alto precio del petróleo, pero es menos democrática que cuando entró. ¿Pueden los demás socios hacer algo al respecto mientras Vladimir Putin siga en el poder? La respuesta es: no mucho. ... Es demasiado tarde para echarle de la presidencia del G-8 o para no acudir a la cumbre de junio en San Petersburgo. Eso le agriaría aún más y no le obligaría a cambiar de políticas. Pero los otros siete miembros pueden usar esa plataforma para decir muy claro en público por qué no están de acuerdo con el retroceso de la democracia en Rusia o con el modo en que Rusia trata a sus vecinos. Lo cierto es que con Moscú dentro del mismo, el G-8 ha dejado de ser un club democrático. Lo cual subraya el sinsentido de excluir a China y, por supuesto, a la democrática India".

Y dos breves notas más. Una, la conclusión del durísimo alegato contra Bush que el veterano William Pfaff ha publicado en el HERALD TRIBUNE: "Al Qaeda y los terroristas internacionales son el objetivo de las operaciones de la policía y de los servicios de inteligencia. Pero son un fenómeno marginal. Mezclándolo con la agitación que hay en su mundo, el Gobierno de Bush lo explota para perpetuar determinados cambios en la sociedad norteamericana que constituyen atentados a la democracia mucho más siniestros que los que nunca soñó Bin Laden". La segunda, un apunte de THE GUARDIAN tras la dura derrota electoral que los laboristas británicos acaban de sufrir en dos circunscripciones: "Varios ministros han expresado su temor de que una derrota en las elecciones municipales de mayo obliguen a Tony Blair a anunciar la fecha de su retirada".