Agradablemente sorprendido y estimulado por el descubrimiento de que el ministro Jesús Caldera -cuya ley de dependencia lleva camino de convertirse en el proyecto gubernamental más digno de apoyo de la legislatura- también forma parte de ese club transideológico de admiradores de Winston Churchill del que humildemente me declaro miembro, paso a poner el foco de su atención sobre un episodio muchas veces glosado y aireado, pero nunca descrito con una mínima precisión.
Eran las cinco y diez de la tarde del miércoles 5 de octubre de 1938, tercer día del gran debate parlamentario en el que todos los pesos pesados de la Cámara de los Comunes habían ido tomando posición sobre los acuerdos de Múnich mediante los que Gran Bretaña y Francia habían aceptado que Hitler se anexionara la parte de Checoslovaquia correspondiente a los Sudetes. Aunque el discurso de dimisión del ministro de Marina y Primer Lord del Almirantazgo Duff Cooper -cuyas memorias acaban, por cierto, de publicarse, brillantemente editadas por su hijo, el historiador especialista en Bizancio y Venecia John Julius Norwich- había hecho las veces de aperitivo, todas las miradas cargadas de una mezcla de expectación morbosa e ira en fase de gestación estaban puestas en el aguafiestas gruñón que se empeñaba en negar a Neville Chamberlain los sublimes laureles del pacificador con que la mayoría de sus compatriotas y la casi totalidad de la clase política y periodística habían acogido su regreso.
Plantado ante la bancada gubernamental con las piernas abiertas en compás, los pulgares en los bolsillos del chaleco y su desafiante mirada de bulldog recorriendo los rostros de sus colegas, Churchill comenzó a hablar con su ensayada espontaneidad de siempre. Apenas había empezado a decir que le correspondía transmitir «lo más impopular, lo que menos gusta escuchar porque hemos sufrido una derrota total y sin paliativos», la Cámara quedó envuelta en un coro de murmullos adversos que ya no remitiría durante los 49 minutos de su intervención. Sobre ese telón de fondo se hizo enseguida audible la voz chillona de Lady Astor: «Rude!, Rude!» «Nonsense!». No en vano aquella aristócrata vehemente y atolondrada que llamaba «grosero» a Churchill y tildaba de «tontería» su diagnóstico venía siendo en su mansión de Cliveden -tan bien retratada por la película Lo que queda del día- la gran anfitriona y valedora del «apaciguamiento» como fórmula para tratar a los nazis.
Sardónico e imperturbable, Churchill elevó la voz para darse por aludido, pero lamentar que «la noble lady que grita que esto es una tontería» no fuera consciente de que «lo máximo que el Primer Ministro ha logrado conseguir para Checoslovaquia en los asuntos en disputa ha sido que el dictador alemán, en lugar de apoderarse directamente de las vituallas que había sobre la mesa, ha aceptado que se las sirvan plato por plato». Entre imprecaciones de «¡Paz!, ¡paz!», Churchill pidió retóricamente permiso a su ofendida audiencia «para variar de metáfora» y explicar la evolución de la actitud de Hitler. Su ironía no pudo ser más implacable: «Se exigía el pago de una libra a punta de pistola. Cuando ello fue concedido, se exigieron dos libras a punta de pistola. Finalmente el dictador se ha conformado con aceptar una libra, diecisiete chelines y seis peniques y el resto en promesas de buena voluntad para el futuro».
Después de citar las crónicas sajonas que cuentan como el rey Ethelred II el Desprevenido aceptó de la forma más innoble pagar un impuesto a los daneses -«Cuando hubieron cometido los peores males se hizo la paz con ellos»-, Churchill dedicó la segunda mitad de su intervención a desgranar con voz lúgubre, una tras otra, todas las profecías de Casandra: «Dentro de muy pocos años, tal vez de muy pocos meses, deberemos afrontar exigencias que pueden afectar a la rendición de territorio o a la rendición de la libertad Preveo y pronostico que la política de sometimiento llevará consigo restricciones a la libertad de expresión o de debate público De hecho ya se oye de vez en cuando que no podemos permitir que unos vulgares políticos británicos critiquen al sistema dictatorial nazi Esto no es más que el primer sorbo, el primer anticipo de una copa amarga que nos ofrecerán año tras año, a menos que mediante una recuperación suprema de la salud moral y el vigor marcial, volvamos a levantarnos y a adoptar nuestra posición a favor de la libertad, como en los viejos tiempos».
¿Y la famosa frase, tantas veces invocada, de que había que elegir «entre la guerra y el deshonor» y de que «después de elegir el deshonor tendremos la guerra»? Pues, efectivamente, tan poderosa reflexión no pertenece al solemne discurso de aquel día en Whitehall sino -lo que son las cosas- a una carta enviada poco antes por Churchill a su amigo Lord Moyne, excusándose por no poder aceptar una invitación a un crucero en el Caribe. No hizo en todo caso falta para que, a la mañana siguiente del discurso, una tormenta de improperios se desatara contra él. Los comentarios más agresivos llegaban a tildarle de «agitador, digno de ser fusilado o ahorcado»; el más moderado editorial del Times -cuyo complaciente director había acompañado a Chamberlain hasta el aeropuerto antes de coger el avión a Múnich- se conformó con subrayar que «sus profecías hicieron parecer a Jeremías como un optimista».
Menos de seis meses después, para desolación de Chamberlain y su corte de apaciguadores, Hitler entraba en Praga con el brazo extendido, en su Mercedes descapotable, al frente de un ejército invasor. Apenas transcurrido un año más, Jorge V encargaría a Churchill encabezar su Gabinete de Guerra.
Ante la posibilidad de que haya quienes se barrunten que yo saque todo esto a colación por la forma en que Zapatero negocia con los nacionalistas (concediéndoles casi todas sus exigencias, pero «plato por plato» y «el resto en promesas de buena voluntad»); o que algunos piensen que me refiero a su empeño por llegar a acuerdos con ETA («se hizo la paz con ellos, cuando hubieron cometido los peores males»); o que otros intuyan que estoy aludiendo a su entreguismo durante la crisis de las caricaturas de Mahoma («la política de sometimiento llevará consigo restricciones a la libertad de expresión»), debo aclarar que todos están en lo cierto.
No se trata tanto de un paralelismo plutarquiano sobre los personajes en danza -por eso no le he sugerido a Ricardo Martínez que dibuje a Zapatero con el paraguas y el bombín de Chamberlain, ni que ponga el puro de Churchill en la boca de Rajoy, que seguro que le gustaría, ni siquiera que añada un bigotillo al rostro de Otegi o de Parot- sino de una extrapolación sobre la eterna disyuntiva entre la condescendencia y la confrontación con quien recurre al chantaje político, o directamente a la violencia, como medio para imponer sus pretensiones.
Cuando una sociedad tiene la suerte de no ser el objeto de la codicia, la envidia o la ira ajenas puede permitirse el lujo de tener al frente a un paladín de la ética indolora como nuestro presidente. Si por desgracia se ve sometida a los embates y exacciones de quienes pretenden apoderarse de su territorio, su soberanía o su conciencia, disponer de un liderazgo así termina a la larga convirtiéndose en suicida, pues su ejercicio no consiste en definitiva sino en la administración de las sucesivas rendiciones.
Desde el punto de vista de los ideales democráticos el comportamiento de nuestro Gobierno respecto al orquestado estallido de violencia mahometana contra intereses occidentales no ha podido ser más decepcionante y descorazonador. Aunque tras la quema de sus legaciones diplomáticas no vaya a ser víctima de una invasión convencional, Dinamarca es la Checoslovaquia de la hora actual. En lugar de solidarizarse inequívocamente con su primer ministro y con sus periodistas amenazados, Zapatero y Moratinos han puesto el énfasis en la «provocación» que supuestamente implica publicar unas viñetas «moral y políticamente rechazables» sobre el profeta de Alá. Según nuestro primer ministro -que tan poco alarde ha hecho ni de lo uno ni de lo otro cuando ha tomado iniciativas superfluamente ofensivas para millones de católicos españoles- se trata de una cuestión de «sensibilidad y respeto» antes que de un problema de «libertad de expresión».
La desorientación de Zapatero respecto a los más genuinos valores de nuestro sistema democrático empieza a resultar patética. Tantos encuentros e iniciativas conjuntas con dirigentes como el populista Chaves, el islamista Erdogan o el seudodictador Putin -cualquier cosa con tal de no alinearnos inequívocamente con las grandes democracias atlánticas- parecen estar llevándole, de ocurrencia en ocurrencia, a la más inquietante asomatognosia política. Su última iniciativa de apoyar la invitación a Hamas a Moscú de espaldas a Estados Unidos e Israel, al margen de que recuerda los intentos de la zarina y sus amigos por enseñar a Rasputin a emplear cuchillo y tenedor, es un ejemplo de esa pérdida del sentido del lugar que se ocupa en el espacio geoestratégico.A este paso la propia contribución de Zapatero a la sedicente Alianza de Civilizaciones terminará siendo irrelevante pues nadie sabrá a cual de ellas representa.
¿No es evidente que si sustituimos el rasero de la objetividad por el del relativismo irracional estamos devolviendo nuestro modelo de convivencia al oscurantismo anterior a la Ilustración? Dibujar o caricaturizar algo sólo es censurable si vulnera la ley y nunca podrá ser equiparado a destruir algo o agredir físicamente a alguien. Aceptar esa restricción respecto a Mahoma, Jesucristo o Buda supone crear un precedente que ya hay quienes desearían ver extendido a los símbolos y personas que encarnan a Cataluña, Euskadi o Extremadura o a los símbolos y personas que encarnan al Barça, al Madrid o al Athletic. ¿O no son acaso tan intensos y dignos de respeto los sentimientos nacionalistas, las pasiones deportivas o la empatía con un grupo de rock? A ver quién es capaz de trazar fronteras estancas entre religión, alienación y fanatismo.
Lo que aterra del abandonismo del presidente es su disposición a achantarse ante el despliegue de la fuerza, repartiendo las culpas entre agresor y agredido. Por esa regla de tres si en lugar de tratarse de los 50 jarraitxus que anteayer nos insultaron y amenazaron en nuestra sede de Bilbao, hubiera cientos de miles de separatistas en las calles del País Vasco o Cataluña vociferando contra un diario o una emisora y un puñado de ellos cometiera actos de vandalismo, el repudio de los hechos debería extenderse a la «provocación» de nuestra línea editorial. Es la lógica de quienes tras la quema del estadio, censuran la irresponsabilidad del árbitro al pitar un penalti contra el equipo de casa. O la de quienes reprochaban al presidente Benes su intransigente negativa a entregar, según los infames y falaces eufemismos del Times, «esas franjas de población extranjera que están contiguas a la nación a la cual se sienten unidas por la raza».
Si esa debilidad de Zapatero ante la intolerancia más brutal -compartida, todo hay que decirlo, por otros gobernantes europeos- no augura nada bueno sobre nuestra contribución a un orden mundial amenazado por la escalada nuclear de un gobierno como el iraní que abiertamente declara tener como objetivo la eliminación física del estado de Israel, su proyección sobre la agenda política española más candente sólo puede suscitar una honda preocupación.
En lugar de intentar salirse por esa tangente de la polarización y la bronca política basada en palabras huecas -«¡El PP se ha pasado esta vez definitivamente de la raya!», claman dos ministros al unísono- que tanto hastío producen a los ciudadanos, dos personas honestas y lúcidas como los titulares de Interior y de Justicia deberían preguntarse por qué la noticia de que el Ministerio Público respalda al sanguinario Parot ante el Tribunal Supremo frente a una innovadora y más que sensata interpretación legal de la Audiencia Nacional ha causado tanta conmoción en la opinión pública. Y el presidente tiene la obligación moral de reconocer que no es sólo -ni siquiera principalmente- la actitud de la oposición lo que ha cambiado en la lucha antiterrorista.
Desde ahora mismo anuncio que si ETA abandona la violencia o declara una tregua total e indefinida, EL MUNDO defenderá no ya el derecho sino la obligación del Gobierno de sentarse con quien haga falta para procurar la rendición de los pistoleros y la entrega de las armas a cambio de las medidas de reinserción previstas por la ley y basadas en el arrepentimiento y la reparación a las víctimas. No es imprescindible que vengan «con las manos en alto» como dice Bono, pero sí que los términos de lo que se negocie sean nítidos e inequívocos, asumiendo todos, desde luego, que ni siquiera en ese contexto puede una sociedad civilizada admitir que a ningún asesino en serie le salga cada crimen por menos de tres meses de cárcel.
El problema es que los españoles perciben no sólo que Zapatero está dispuesto a realizar concesiones políticas a los terroristas -y nuestro periódico se opondrá a ellas con la misma claridad, tanto si se plantean de manera frontal como mediante la añagaza de una mesa de partidos paralela-, sino que, como decía William Manchester de Chamberlain, «se encuentra en ese estado de ansiedad que los dependientes de comercio reconocen en aquellos clientes que antes de entrar en la tienda ya han decidido comprar lo que sea y a cualquier precio».
De ahí que cada brote de optimismo del presidente sobre ese «inicio del principio del fin de la violencia» esté siendo acogido por amplios sectores de la sociedad con tanta alarma y preocupación como expectación y esperanza. Y no porque eso pueda proporcionarle un arma para ganar las elecciones -que también habrá espíritus mezquinos que lo piensen- sino porque su propia conducta zigzagueante ha alimentado una honda desconfianza en la firmeza de sus convicciones y por lo tanto en su capacidad de defender nuestros intereses y valores en una tesitura como la que puede avecinarse.
Volviendo a Churchill, yo recomendaría al presidente que rebaje sus expectativas y que -si es que se produce- más bien catalogue ese anuncio de la banda, que él esperaba para este mismo fin de semana, tan sólo como un modesto «final del principio». Porque cuando las semillas del odio han germinado a la vera del camino, nadie logra extirparlas sin «sangre, sudor, trabajo y lágrimas» y esa es una tarea para muchos años. Verá el ministro del ramo que, frente a lo que suele ser habitual, yo no me olvido de ninguno de los ingredientes de la cita. Entre otras razones porque cuando ya se ha derramado tanta «sangre», sólo un acopio adicional de todo lo demás podrá evitar que, con el desdén que merecen los cobardes, la Historia entone un triste réquiem por todos nosotros.
pedroj.ramirez@el-mundo.es

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