La convocatoria de celebraciones en fechas especiales para conmemorar nacimientos, muertes y otros acontecimientos de la vida de personajes famosos --literatos, artistas, músicos, científicos, etcétera-- se ha convertido en los últimos tiempos y en distintos lugares del mundo en una costumbre cada vez más arraigada.
Si bien en un principio tan sólo se conmemoraba una fecha concreta, en la actualidad se desarrollan actividades de toda índole durante todo un año, de tal manera que un personaje determinado o su obra son objeto de interés a lo largo de 365 días. De este modo, últimamente hemos asistido al año de Salvador Dalí (2004), al año del Quijote (2005), y ahora veremos cómo durante el 2006 se celebran los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart y se llevan a cabo actividades en torno a Pablo Picasso, de modo especial en Málaga, su tierra natal, y en Catalunya, donde el artista pasó parte del verano de 1906 en Gòsol (Berguedà) y también estuvo algunos días en Barcelona.
Es comprensible que en un mundo como el actual --conectado por internet-- este tipo de actividades tenga una amplia repercusión y se conviertan, por tanto, en un sistema perfecto para reafirmar el valor de un personaje y su obra o bien para revitalizar su memoria y, por supuesto, para divulgar algunas facetas suyas aún desconocidas o, al menos, no demasiado conocidas. En el fondo, los objetivos de tales celebraciones son siempre positivos, ya que permiten que una gran cantidad de personas pueda acceder a cuestiones relativas al artista que, en la mayoría de los casos, únicamente eran conocidas por un grupo restringido de intelectuales o personas cercanas a su entorno.
Desde este punto de vista, considero que realizar exposiciones, ciclos de conferencias, visitas a lugares frecuentados por el conmemorado, publicaciones de todo tipo, programas de televisión, páginas web e incluso congresos o simposios resulta altamente beneficioso para el público en general y también para el especializado.
ADEMÁS, LAS poblaciones donde se llevan a cabo tales celebraciones se convierten en foco de atención y el turismo crece de manera intensa, con todo lo que ello implica. Algunas ciudades, como Venecia durante el Año Dalí, se convierten en auténticos lugares de peregrinación. Las inacabables colas frente al Palazzo Grassi y el gran número de visitantes distribuido por sus salas resultaban, en ocasiones, asfixiantes. ¿Quiere esto decir que no debería haberse realizado la exposición? No, ni mucho menos. Pero, con toda probabilidad, si la exposición se hubiera presentado también en Catalunya el número de visitantes se habría repartido, al igual que los beneficios generados por la propia muestra.
Así pues, es evidente que, como todos los grandes eventos, este tipo de celebraciones puede tener connotaciones negativas. Es fácil caer en tópicos si no se lleva a cabo una revisión profunda de todo lo efectuado hasta el momento en relación a una determinada persona. Es decisivo el hecho de plantear aspectos novedosos y originales. No se trata simplemente de reciclar todo lo ya existente, dándole un aspecto nuevo. No hay que pensar tan sólo en las cuestiones de imagen, sino esencialmente en el contenido.
Por esto es muy importante contar con expertos e investigadores de los temas relacionados con el artista o literato, pues ellos podrán poner de relieve aquello que todavía se desconoce en torno al mismo. No es menos importante la existencia de una buena coordinación y organización de actividades, ya que un año es mucho tiempo y la planificación debe ser considerada como uno de los aspectos más relevantes. En ocasiones, se profundiza demasiado en alguna faceta del creador, llevándose a cabo actuaciones muy similares entre sí que no benefician precisamente al conocimiento profundo de su obra.
DESDE MI PUNTO de vista, uno de los factores prioritarios que hay que tener en cuenta es que la celebración cuente con el apoyo de todos los grupos políticos, sean del signo que sean, pues la cultura es algo que nos afecta a todos, y cuanto más cultos sean los habitantes de un país, mejor.
No hay que caer nunca en el error de creer que un determinado artista es patrimonio de unos pocos. Se trata, por tanto, de ser conscientes de que este tipo de actividades poseen esencialmente una finalidad, la cultural, a la que deberían subordinarse todos los demás objetivos, ya sean de carácter económico o relacionados con la idea de ostentación de poder u obtención de fama.
Si se percibe que este tipo de celebraciones no obedecen de modo exclusivo a obtener ganancias crematísticas, sino que están correctamente planteadas y que la divulgación cultural es su premisa prioritaria, crecerá el interés que despiertan y, con el tiempo, podrá también percibirse cómo los beneficios que aportan son cada vez mayores y mejores.
LOURDES Cirlot. Catedrática de Historia del Arte de la Universitat de Barcelona.

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