Josep Piqué suele predicar que hay que meter la razón en la política. El, llamémosle, Principio de Racionalidad piqueriano es, por supuesto, aplaudido por los jerifaltes del PP en Madrid siempre y cuando se aplique a lo que hacen y dicen sus enemigos políticos, esto es, a todo el mundo menos a ellos. Piqué, de verbo elegante como el acero, es entonces merecedor de aplausos y saludos fraternales.Sin embargo, los principios, los principios de verdad, deben ser de aplicación universal, no por barrios. Y ahí surge el problema.Cada vez que el ex ministro intenta proyectar su Principio de Racionalidad sobre el PP actual -resentido, brutal y nacional católico-, sale escaldado, cuando no con un latigazo sangrante impreso en la mejilla. Como se sabe, Piqué estuvo el otro día a punto de echar la toalla y aquí os quedáis. Lo impidió Rajoy.¿Qué cosas le pudo prometer? Sólo dos. Primera, que no volverían a repetirse desautorizaciones humillantes como las que tanto gustan al caballerete Acebes. Y, segunda, que cuando vuelvan al paraíso -es decir, al poder- él refulgirá entre los elegidos.Ten paciencia, Josep. Hazme ese favor. No puedes largarte justamente ahora. De momento, a Piqué nadie le ha vuelto a dar collejas, pese a haber opinado que es una equivocación obsesionarse con los nacionalistas catalanes y negar que haya conflicto lingüístico en Cataluña. Principio de Racionalidad puro.
Pero a los Acebes, Zaplana, Aragonés, etcétera, lo del Principio de Racionalidad y la exigencia ética que entraña les importa aproximadamente un comino. Así es que siguen disparando obuses enloquecidamente. Ahora están recogiendo firmas contra el Estatut y reclaman un referéndum en toda España. Se les debería caer la cara de vergüenza: cuando el lehendakari Ibarretxe dijo que quería poner en marcha una consulta popular sobre su plan, desde el PP bramaron que eso era anticonstitucional y exigieron que, llegado el caso, la fuerza pública entrara en acción. Los populares no sólo tienen tiempo de pedir firmas y seguir alimentando el odio anticatalán (ellos, que gobernaron gracias a CiU), sino también para subirse a lomos de la mentira que dice que en Cataluña se discrimina el castellano (ellos, que hablaban catalán en la intimidad) o para utilizar el terrorismo de ETA de forma partidista (ellos, que se sentaron a negociar frente a frente con los etarras).
Pese a que aplica con muchísimo menos rigor su Principio de Racionalidad a los suyos, pese a que Piqué -que ha orbitado alrededor de todos los partidos catalanes excepto del PSC- es alguien flexible, es imposible no conmoverse internamente ante tanta desfachatez y miopía. Es eso, simple y llanamente, lo que le ocurre a quien fue el mejor portavoz que tuvo el presidente Aznar. Además, en la madrileña calle Génova creen que, aunque los resultados del PP en Cataluña puedan ser un desastre, los beneficios en otras partes compensarán de sobras. Piqué, el corderito sacrifical de este cuento de la lechera, tiene el sano vicio de emplear el Principio de Racionalidad también para analizar la situación política. Y es consciente, me imagino, de que la estrategia de los populares no lleva a ninguna parte y de que las posibilidades de echar a Zapatero menguan cada día, digan lo que digan las encuestas. Eso debe contribuir a desanimarle más todavía.

Escribe un comentario