El Centro Vasco de Investigaciones para la Paz ha detectado que cada vez se producen "respuestas más violentas" a los problemas interpersonales: riñas entre escolares, agrias disputas en las juntas de vecinos, violencia en el hogar… Y en respuesta a realidad tan ácida el Centro propone un nuevo curso internacional para entrenarnos en el tratamiento de conflictos. La buena voluntad ilumina este propósito, pero… Jamás he esperado nada socialmente relevante de un cambio profundo en las personas. En mi cuadro íntimo de definiciones hay una que no me he visto obligado a modificar a la vista de los acontecimientos históricos: que una sociedad injusta poblada por santos produzca una verdadera transformación colectiva. Las estructuras inmorales absorben con facilidad los esfuerzos individuales. Ése es el gran problema de las iglesias y de los partidos políticos. Cristo puede ser tenido como referencia por masas inmensas de ciudadanos, pero ni las sociedades católica, luterana o calvinista son cristianas. Al menos como conjuntos colectivos. Admito que ante la creciente inmoralidad se recurra a las posibles conversiones individuales y a entrenamientos de pacificación, como persiguen esos cursos a los que acabamos de referirnos, pero se trata de medidas de urgencia, igual que los barcos llevan botes salvavidas, si bien lo realmente apreciable es que los barcos no se hundan por defectos en la construcción o por el impacto dramático de un gobierno inapropiado. No se trata de guardar con vida al mayor número de náufragos sino de evitar que los haya. Y eso únicamente se logra dibujando un sistema social en que la igualdad, la libertad y la fraternidad sean algo más sólido que la frase vagorosa de una Constitución o papel por el estilo. Como verán, vuelve a respirar en mí la necesidad de una verdadera revolución. Pero esta pretensión suele incrementar, "rebus sic stantibus", el número de náufragos.
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