La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

11 Febrero 2006

Que nos quiten lo reído, de Ignacio Gracia Noriega en La Nueva España

«La vida mereció la pena, pero me hubiera gustado quedar un ratín más con vosotros»
(Mensaje de despedida de Alfredo Mourenza)

Al Hospital de Jove se sube por un camino sombreado por palmeras, que le dan cierto aire colonial; desde lejos recuerda vagamente un monasterio tibetano. Alfredo Mourenza, desde la cama, mira hacia el amplio ventanal. Afuera se encienden las luces de las casas dispersas por colinas y sobre el cielo ligeramente rosado se extiende con lenta solemnidad un amplio manto de ceniza. Sobre una mesa, al lado, varios libros de Alan Watts y una fotocopia del prólogo de Emilio Alarcos a las memorias de Adolfo Posada. La voz de Alfredo llega alejada por la mascarilla de oxígeno.

-Me habría gustado ver qué hay al otro lado de esa ventana-, dice, pero indica, con gesto más humorístico que resignado, los cables y tubos que le mantienen atado a la cama y a la vida.

Por lo demás, el viejo Alfredo Mourenza está como siempre: más delgado y más cano, evidentemente, pero también algo más eufórico. Le transmito recuerdos de María Eugenia Yagüe, de una noche que Johnson había bombardeado Hanoi y nosotros nos habíamos encerrado en el aula «Clarín» (porque era la más grande) de la Universidad de Oviedo, y afuera estaba la Policía dispuesta a entrar, pero no entró, y aquello lo consideramos un gran triunfo. Alfredo recuerda estas cosas mejor que yo, porque él, sentimentalmente, continúa en los años sesenta. De la clandestinidad y de la cárcel pasó a la luminosidad de Ibiza y a las nieblas de Dinamarca. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la política es un arte menor en el que lo más importante es la buena administración, pero siguió creyendo en lo mismo que en la época de activista. En realidad, y a su modo, Alfredo siempre fue un activista, y aunque por naturaleza era un individualista en estado puro, supo ser comunista en una época en la que comprometerse políticamente era lo más decente que se podía hacer. Aunque fueron los que no se comprometieron los que sacaron mejor tajada del camino. El otro día, precisamente, me preguntaba Plácido Arango qué habría sido de aquellos que lucharon tan valerosa como desinteresadamente. Pues ya ves, Plácido: tengo entendido que Miguel Ángel del Hoyo vive en Ribadeo, a Prisciliano le veo de vez en cuando, Areces se ha encumbrado, Gabriel Santullano sigue investigando sobre el siglo XIX, Manolo Mieres es ingeniero, Alberto Alonso continúa con su barba de misionero, no sé nada de Selgas y Alfredo Mourenza se está muriendo en el Hospital de Jove, en Gijón.

Decía otro amigo inolvidable, Santiago Melón, que la cultura verdadera es un aprendizaje para bien morir. Detrás de la máscara de oxígeno se perciben en Alfredo Mourenza serenidad y valentía. Hablamos de Sócrates y de Lao Tsé, de la herencia griega y de los ecos de Oriente. Sócrates apuró la copa de cicuta a la caída de la tarde. El crepúsculo se extingue sobre el Musel y ya casi es de noche. Alfredo mira hacia la noche que ya ocupa la ventana. Pero no: no quiere morir. Al día siguiente llegará su hija desde Dinamarca, y quiere estar vivo para verla. Luego, adiós muy buenas a todos: adiós, amigos, compañeros de mi vida, farra queridaÉ Y recuerda la escena final de «Moulin Rouge», con todos sus amigos y sus criaturas en torno al lecho de Toulouse-Lautrec; y el recuerdo no tiene nada de siniestro, sino al contrario. Luis Ángel Díaz, gran cinéfilo, que acompaña a Alfredo, asiente. Hace poco tiempo murió Antonio Drove, y Alfredo Mourenza sabía que no tardaría en seguirle.

-Que nos quiten lo reído -me dice, con una sonrisa detrás de la mascarilla: una sonrisa alegre, como las de hace cuarenta años. Decía Henry Fielding en «Tom Jones» que hay que disfrutar de la vida para poder tener buenos recuerdos en los malos momentos. Alfredo Mourenza, materialista que presiente la eternidad, ya está preparado para el viaje. «Es buena cosa haber nacido únicamente para morir, como nos sucede a todos -escribió Jack Kerouac-. Algo saldrá de todo esto, amigos, en las Vías Lácteas de la eternidad, desplegándose ante nuestros ojos libres de ictericia. Alfredo asiente. «Lo pasamos muy bien, Alfredo: no hay queja», le digo, estrechándole la mano. Todavía conserva fuerza en la mano. «Hasta la próxima encarnación», me dice. Mañana vendrá Camila y él espera el avión que la traiga y el que le lleve a las nieves del Kilimanjaro. Dos o tres días después, Gabriel me llama para decirme que murió de madrugada. Serenamente.

servido por caffereggio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

Estadísticas

Fotos

caffereggio todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera