Seguramente nos lo merecemos. Se nos va el mejor. Lluís Llach ha decidido cambiar de vida y dejarnos un poco más solos. Se irá, dice, dentro de un año, cuando se cumplan cuarenta de un recital en Terrassa que fue el primero de su carrera. No abandonará por completo el trabajo, pero le dará un giro notable pues lo de las giras y los conciertos se va a ir terminando. Nos quedan raciones muy escasas. Para empezar, yo de usted saldría corriendo a comprar la entrada de uno de los últimos recitales que dará en Barcelona. Será en la Sala Apolo, y la breve serie empezará el día 17 y concluirá el 26.
Llach ha sido excepcional por varios motivos. El primero porque era un músico en la más plena extensión de la palabra, y no tocaba de oído ni componía por derivación. La segunda porque leía, poesía y otras cosas, y ya se sabe que si lees, piensas, y que la libertad empieza en la soledad de la lectura y la reflexión que la acompaña.
De manera que Llach llegó a la cançó mejor preparado que muchos, y ha estado siempre varios pasos por delante que la mayoría de sus compañeros.
Musicalmente, sobre todo, ha sido un interesante compositor de canciones. Habrá que escuchar su banda sonora para Salvador, la película de Manuel Huerga. Habrá que escuchar lo que haga en ese otro proyecto que anuncia, un espectáculo de música y circo en torno a los sueños. Por suerte, seguirá componiendo, dice.
Además, Llach ha madurado como persona. Su vida ha sido retirada, muy a menudo lejos de Barcelona, lejos del comadreo, la politiquería, la subvención, las ideas tronadas, los gurús de bolsillo. Y esa distancia, la soledad de su vida rural, de su vida de navegante a vela por mares próximos y lejanos, le ha permitido mantener una visión radical de las cosas, de ese desastre de mundo en que vivimos. Del que nos salva, fugazmente, la música.
La música catalana no ha ido históricamente muy para allá, pero hemos tenido nada menos que a Pau Casals y a Jordi Savall. Y a un tal Gerhard, por cierto. De los grandes del cello y la viola sabemos muchas cosas. De Robert Gerhard, apenas. Cuarenta años de exilio en Cambridge le alejaron de un país más orgulloso del caganer que de un compositor de talla mundial, alumno aventajado de Schönberg, que además creó escuela desde la distancia, y fomentó desde la Generalitat republicana la pasión por la música en Barcelona.
Me enteré de la existencia de Gerhard en Londres, gracias a la BBC. En ese territorio difícil de la música contemporánea, Robert Gerhard destaca como un compositor de un interés extraordinario.Aquí, estamos sordos a su música. Una de tantas vergüenzas nacionales.Como programar Gerhard no da votos, le han tenido que traer Xavier Güell, junto con un grupo de esforzados y esforzadas, y esta misma noche se podrá escuchar su música de cámara en el auditorio de La Pedrera, con el patrocionio de Caixa de Catalunya. En el maratón de música, que seguirá hasta abril, se escuchará a Gerhard (atentos a su segundo cuarteto, dentro de una semana), a sus maestros y amigos vieneses, y también a Guinjoan, y a sus sucesores actuales, Benet Casablancas y Héctor Parra. Ahora hay dinero para reconstrucciones románticas del Liceo, para una programación conservadora en el Auditori. Pero la música más viva estará en la Pedrera.

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