En las historias de aventuras que leíamos de niños, por más peligros y situaciones dramáticas que vivieran, al final siempre ganaban los buenos. En la cruda realidad de adultos suele ocurrir todo lo contrario. Es el malo el que gana, el que se forra, el que se lleva a la rubia más guapa y el que después de dejar tirado al bueno en la cuneta, aún se ríe y le llama tonto. Cuántos desengaños por creernos lo que leíamos de pequeños. En esta Asturias de nuestros amores, que no termina de levantar cabeza en lo económico, también ocurre que son los malos los que siempre ganan, utilizan el patrimonio común y el dinero público, que es de todos, en su propio y particular provecho. Y lo que es peor, terminan con lo que constituye una de las características que nos diferencia claramente de las demás regiones españolas: nuestro paisaje, nuestro entorno, calificado acertadamente de paraíso natural . La degradación de nuestra costa parece imparable y los promotores y constructores llegan en bandadas como buitres al olor de la carroña y despertando la codicia en la débil moral de muchos de nuestros ediles. Acabaron con el Luanco que yo más quería. Primero con las sucesivas series de nichos de Peroño y para rematar con el horror de La Vallina. Ribadesella quiere superar a Llanes y para no quedarse atrás destroza con adosados sus mejores paisajes y así podemos seguir con todo nuestro litoral convertido en objetivo prioritario de especuladores listillos que engañan a los buenos con promesas de progreso sin mencionar que los servicios, los saneamientos y todo lo demás, que es mucho, debemos pagarlos todos. En mi buena fe, siempre creo que al final llegará un alcalde o un gobernante que, desoyendo los cantos de sirena, conservará la calidad de vida que tanto nos envidian los de fuera.
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