Nunca entendí muy bien dónde residía la originalidad de aquel eslogan facilón que aseguraba que "España es diferente", que les permitió a muchos saber que diferente se decía en inglés different , o sea un conocimiento de la lengua de Churchill parecido al que utiliza, con gran dominio del idioma, nuestro políglota ex presidente Josemari Aznar López. Un eslogan parido en las felices covachuelas del ministerio de Información y Turismo, no recuerdo bajo que autoridad ministerial ( Arias Salgado?, Fraga?, Sánchez Bella?, la verdad es que no tengo ni idea); pero el hecho es que el reclamo publicitario hizo fortuna, aunque España fuera tan diferente como Suiza, Portugal, Holanda o Grecia lo eran entre sí y con respecto a los demás. Si acaso España era diferente , porque a diferencia del resto de los afortunados países europeos, aquí había una dictadura siniestra que duró más que la gala de los Goya.
Hoy los países europeos cada vez son más parecidos entre sí (parecidos, no iguales), atechados todos bajo el mismo paraguas estructural en lo político, económico y social, unidos por unas mismas normas jurídicas, y embarcados, desde la firma del Tratado de Paris de 1954 -Adenauer, Mendes-France, Eden, De Gasperi y compañía- en una aventura comunitaria de equilibrio inestable, pero también inevitable y necesario.
Pero por debajo de la piel compartida, que se respinga o broncea con el frío y el calor de Bruselas, los países siguen conservando, a pesar de todo, la idiosincrasia profunda que siempre los ha caracterizado, y si no, ahí está Italia para certificarlo.
Italia ha sido, desde la unificación como Estado a finales del siglo XIX, una de las reservas de creatividad artística y singularidad política más admirable de Europa. El arte clásico (la arquitectura, la escultura y la pintura), tiene allí su prodigioso museo abierto al público; la literatura (de Dante o Petrarca a Sciascia), la música (de Vivaldi a Berio) o el cine (de Rossellini a Giordana), han dejado una huella imborrable en la historia de la cultura europea, y en cuanto a la historia social moderna, Italia ha sido el matraz donde se han gestado y desarrollado las experiencias políticas más dispares del arco ideológico: desde el anarquismo escindido del comunismo, que sembró de sangre Europa entre los años finales del siglo XIX y la primera guerra mundial; el fascismo corporativista de Mussolini; la democracia tutelada por el Vaticano tras el fin del nazismo alemán, para evitar el acceso democrático al poder de la izquierda marxista; el eurocomunismo emancipado de la obediencia soviética, después de la primavera de Praga; la actividad terrorista de las Brigadas Rojas y de los grupos neofascistas de Almirante.
Por eso, me resulta difícil de entender que un país con esa capacidad para regenerar su tejido social y político, haya llevado al poder a uno de los políticos más venales y banales de la Europa actual, el super empresario, multimillonario y mediático Berlusconi, un histrión impresentable dispuesto a repetir jugada en las próximas elecciones italianas, una caricatura distorsionada de aquel duce que transitó del socialismo al fascismo, en una borrachera de megalomanía que acabó trágicamente.
El Berlusconi este no merece respeto alguno. En los inicios de la campaña, ha insultado a los jueces, de los que asegura que son comunistas embozados y que van a Cuba a hacer turismo sexual, ha insultado a su oponente, el discreto y centrado Romano Prodi, acusándole de anticristiano y corrupto (Prodi es católico, como buen democristiano, y los italianos conocen bien sus austeros hábitos de vida), ha insultado a los periodistas nacionales y a los corresponsales extranjeros, que "son los peores del mundo", según su particular visión de los pocos medios de comunicación que todavía no domina. Hasta su querido compañero de fatigas ideológicas, el posfascista Gianfranco Fini, ha tenido que pedirle al señorito "un poco más de respeto" a los adversarios, y otro de sus aliados, el alcalde de Génova Marco Follini, protesta por lo que considera una "ocupación militar de las televisiones". Cómo será la cuestión que el presidente de la República, Carlo Ciampi, se ha visto obligado a pedir, por dos veces, un poco de sensatez y menos exhibicionismo televisivo. Menudo hombre de Estado, al que toda Europa pudo ver en la tele poniéndole los cuernos al pobre Piqué, antes de hacerse una foto con los ministros de Exteriores europeos. Qué vida la de Piqué, por cierto!
Bueno, pues ahora llega el ministro para la Reforma Institucional del circo Berlusconi y afirma que el papa debería llamar a las Cruzadas, como hicieron Pio V e Inocencio XI para combatir al Islam. El tal jefe de pista, que se llama Roberto Calderoli, es el representante de la Liga Norte, partido racista y secesionista, buen amigo de Silvio. La verdad es que sería fascinante ver al tímido y delicado papa alemán subido a lomos de un tanque, dirigiendo las operaciones militares que pondrían fin a la hidra islámica. Hay que joderse con Robertito.
Y para cerrar este muestrario de ideas y gestos brillantes de la Italia surrealista, made in Fellini, llega el centurión Fabio Capello y dice que España es maravillosa gracias a Franco. Hay que joderse indefinidamente.
Alvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

Escribe un comentario