Me sucedió hace tres otoños, durante mi inolvidable viaje al Yemen (el país más hermoso que he visto jamás y, de paso, la patria chica de los poderosos Bin Laden, que allí están por todas partes). Habíamos parado en un pueblo de indescriptible belleza, todo de piedra, colgado de las montañas que hay al norte de la capital, Saná. Mis compañeros, todos periodistas, se afanaban en comprar recuerdos en una típica tienda para guiris: pañuelos, abalorios, yambías, lo que fuera. Yo me aburría. Salí a la calle y, mientras mataba el tiempo haciendo fotos, encendí un cigarrillo.

Un mocoso de apenas cinco palmos, flaco y polvoriento como un aparecido, se me plantó delante y me miró con ojos incendiados. Extendió el brazo, me apuntó con el dedo y empezó a chillar:

–Ramadan! Ramadan!

Yo no entendía qué le pasaba a aquel renacuajo. Sabía, claro, que los musulmanes estaban en el mes del Ramadán, sagrado para ellos, en el que se someten a severos horarios, ayunos y restricciones de muy diverso género. Es lo que manda su religión. Pero qué tenía que ver aquello conmigo. Además, qué estaba haciendo yo de malo. Sonreí al histérico chiquillo, traté de acercarme a él: siempre se me han dado bien los niños.

Imposible. El rapaz, cada vez más nervioso, se alejaba a medida que yo avanzaba, sin dejar de señalarme y gritando como un energúmeno aquello de Ramadan! Ramadan! En minuto y medio aparecieron, como salidos de la tierra, ocho o diez chavales más, todos de aspecto muy compadecible y de actitud, vamos a decirlo suavemente, nada hospitalaria. Todos me señalaban y vociferaban, enfadadísimos: Ramadan! Ramadan! Yo estaba cada vez más despistado. ¿Qué querían los puñeteros críos? ¿Dinero? ¿Que les hiciera fotos, como casi todos los niños que había visto en el país? ¿Vender “antigüedades” hechas en casa?

La aparición de nuestro guía, el memorable Abdul, fue providencial, porque algunas de aquellas fieras escuálidas ya empezaban a coger piedras del suelo. Corrió hacia mí con gesto de terror, me quitó violentamente el cigarrillo de entre los dedos, lo tiró al suelo y lo pisó con verdadera saña. Luego me envió de un solo empujón al interior de la tienda (una piedra se estrelló contra la pared, a medio metro de mi cabeza) y dedicó un cumplido cuarto de hora a aplacar la ira de aquellos gremlins con toneladas de sonrisas, de palabras de burbujeante suavidad que yo no entendía y, por último, con monedas.

Los niños se fueron y Abdul entró en la tienda donde lo aguardábamos todos. Temblaba como un azogado. Hubo que darle agua.

–Inci, tú no prudente, tú no prudente. Tú eres loco.

–Pero Abdullah, ¿se puede saber qué ha pasado?

Abdullah Abdel Nasser, un yemení del sur que se hizo ingeniero agrónomo en la Cuba de Castro, que se pirraba por los boleros de Los Panchos y que hablaba un castellano muy divertido, me miraba con ojos severos:

–Inci, tú no puedes fumar en la calle. Es Ramadan.

-¿El Ramadán prohíbe fumar, además de todo lo otro?

–Sí, Inci, sí, sí, sí, sí.

Ahí traté de ponerme lógico.

–Pero Abdul, yo no soy musulmán.

–Yo sé, yo sé.

–La ley islámica os obliga a vosotros, los musulmanes.

–Sí. Yo sé.

–Pero no para quienes no somos musulmanes, Abdul. Yo soy un turista. Yo puedo fumar cuando quiera, yo no pertenezco a vuestra religión, no me obliga el Ramadán. ¿Es así o no es así?

Abdul me miró con gesto de profundo desvalimiento:

–Tú eres buena persona, Inci; tú inteligente, tú generoso, pero tú no entiende nada. Tú no fuma en la calle en Ramadán y no discute más, m’hijo. Fuma luego, en hotel, o después de comida, a solas. Pero tú no fuma en la calle en Ramadan.

–Pero, Abdul… ¿por qué?

–Porque esto es Yemen, Inci. Porque esto es Yemen.

DIFERENCIAS

Así es. He puesto, premeditadamente, un ejemplo pequeñito, un cigarrillo inocente. Podrían ponerse muchos más de calibres más gruesos. Proliferan en mi país, en mi mundo –regido por unas leyes y costumbres del siglo XXI– las mezquitas que construyen los inmigrantes musulmanes para practicar su religión. No pasa nada. Tienen derecho a ello, no faltaba más. Pero es absolutamente imposible construir hoy una iglesia cristiana en Riad, en Saná, en Teherán, en Damasco y en la inmensa mayoría de las ciudades de países de religión musulmana: eso se considera una provocación inaceptable y en ciertos lugares –cómo no citar Irak– se persigue con violencia el culto privado, el que se hace en casa. Aquí cualquiera puede convertirse al Islam. Está en su derecho. Pero si yo hubiese nacido en Casablanca, y de padres musulmanes, no tendría otra opción que la de ser musulmán para siempre: lo contrario me convertiría en apóstata, algo legalmente perseguido, y con extrema dureza, en esos países. Aquí hay una separación muy clara entre en Estado y las diferentes Iglesias. Allí, no: salvo contadas excepciones, religión y Estado son lo mismo, están absolutamente mezclados y lo que es pecado es, además, delito.

Tengo en Madrid muchísimos amigos musulmanes que menean la cabeza, escépticos y aburridos, ante todo este desmadre que se ha organizado en torno a las caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico ultraderechista danés. Ultraderechista y xenófobo, vaya eso por delante. El sabio Ahmed, un verdadero intelectual que escribe deliciosos cuentos y que vive de un restaurante que hay cerca de mi casa, alza las cejas:

–No rompas la cabeza, Inci, amigo. Todo esto nada que ver con religión. Unos idiotas publican en Dinamarca unos dibujos del Profeta para provocar al Islam. Otros idiotas llevan los dibujos por todo mundo árabe para aceptar provocación y armar violencia. Son los extremos de los dos lados. No te fíes. Ten en cuenta, porjemplo, una cosa: en casi todos países musulmanes, nadie puede hacer manifestación en la calle, ninguna manifestación, si no lo protege el Gobierno. No es defender al Profeta o a Dios. Es política. Nuestro Zapatero habla de “alianza de civilizaciones”, eso está muy bien. Pero primero es necesario que las civilizaciones se quieran aliar. Y muchos no quieren. Muchos necesitan enemigo para existir, sin enemigo no son nada.

–Entiendo. Pero ¿por qué me dices todo esto en voz baja, Ahmed?

Mi amigo sonríe:

–Nunca sabes quién escucha. Tengo cuatro empleados de mi país. No soy loco.

Escribe Nazanín Amarian, una valiente periodista iraní: “En el Oriente musulmán, los jeques y los caudillos carentes de legitimidad, peones de Occidente, se ponen al lado de los manifestantes para ganar credibilidad procurando que la situación no se vuelva contra ellos. En Occidente, la campaña orquestada en torno a la libertad de información justificará la teoría del choque de civilizaciones: hay un Oriente sin razón, agresivo y peligroso que el Norte cristiano debe liberar”.

Tiene toda la razón, a mi modo de ver, pero me gustaría subrayar un detalle pequeño y sin importancia, un detalle tan intrascendente como un cigarrillo en el Yemen: Amarian escribe eso en un periódico español. No podría escribirlo en un periódico de su país. Como mínimo, la meterían en la cárcel. Esa es la diferencia entre que haya libertad de expresión y que no la haya. Esa es la diferencia entre democracia y teocracia, entre el siglo XXI y la Edad Media. Entre respirar libertad y respirar miedo. Ambas atmósferas tienen, sin duda, sus peligros, sus problemas y sus defectos, pero yo, qué quieren que les diga, me quedo con la libertad. Y pasemos a otra cosa, ¿eh?

MATRIMONIO SECRETO

En el Círculo de Bellas Artes se ha representado Il matrimonio segreto, de Domenico Cimarosa, una encantadora ópera bufa del tiempo de Mozart que tuvo, en su día, un éxito extraordinario. Francisco José Segovia ha adaptado la música: esto quiere decir que se han evaporado los coros, que le han quitado casi todos los recitativos (sobrevive algún accompagnato) y que la orquesta, sencilla de por sí, ha quedado reducida a un quinteto de cuerda con piano. Alfonso Zurro ha adaptado también el texto: lo ha traducido al castellano… un tanto a empujones, pero con humor. Aparece un personaje nuevo, que no canta: un Presentador, muy bien interpretado por Aitor Gaviria, que va explicando lo que pasa (esa era la función de los recitativos, pero en fin) y que va ilustrando al público sobre qué es un aria, una cavatina y esto y lo otro. Muy didáctico. Un paso más, pues, en la vieja obstinación de “acercar la Ópera al público”; sigo pensando que en realidad es al revés, que lo que hay que hacer es acercar el público a la Ópera, pero no vamos a ponernos a discutir otra vez, ¿eh?

Lo mejor, algunas voces (Susana Casas) y algunas interpretaciones: Volodymyr Polischuck está muy bien en su papel del avariento y cascarrabias Jerónimo y Aránzazu Urruzola se sale en su desternillante creación de la sofocada y solterona Fidalma. Lo más divertido, un texto de Alfonso Zurro que viene en el programa: “Y aquí estamos, decididos a jugar con esta ópera. Acercándonos sin esa pretenciosa aparatosidad que está instalada en las producciones operísticas. Y lejos de esa gravedad de trascendental importancia con que se expone el género”. Hombre, no, señor Zurro, no. Si ustedes hubieran dispuesto de los dos millones de euros con que cuenta el Teatro Real para poner en escena uno de sus montajes, de qué iba usted a hablar de “pretenciosa aparatosidad” y de esas garambainas. Hubiesen ustedes contratado una orquesta de verdad, una orquesta que al menos afinase; hubiesen dejado los coros en su sitio y algo se les habría ocurrido con el decorado, que es permanente e inalterable como los Principios Fundamentales del Movimiento o como el flequillo de Pepe Oneto. Ustedes han hecho de la necesidad virtud, eso sí, con mucho ánimo, y su montaje ha tenido, tiene y tendrá el debido éxito en diversas ciudades, pero no trate de convencernos de que van de pobres porque eso es lo que les gusta: no hay quien se lo crea. Hombre, me parece un poco excesiva la “trampa” de meter entre el público a una especie de claque que se ríe a tiro hecho en determinados pasajes, para provocar la risa de los espectadores de verdad, pero cada uno hace lo que puede para tener éxito. Cimarosa no lo hubiera desaprobado.

AL PIANO, CARLOS FERRERO

Este miércoles, 15 de febrero, a las 19,30, da un concierto en el Círculo Catalán de Madrid (ya saben, en la Plaza de España, 6) Carlos Ferrero Gutiérrez. Hace ahora mismo dos años les hablaba yo de la impresión que me produjo escuchar a este chaval guapo, tímido e introvertido en un célebre concurso de piano internacional para niños que se celebra en Segovia y, luego, en un concierto a solas. Prometí seguirlo y lo hago. ¿Qué años tendrá ahora? ¿Dieciséis ya? Es lo de menos. Este muchacho lleva la música en el alma. Si uno no se fija mucho, jamás de dará cuenta de que Carlos lleva en las orejas dos audífonos. Como él dice, “oye menos que los demás”. Para el espectador sensato, una anécdota. Para él, una dificultad que ha sabido vencer a base de trabajo, de tesón espartano y de un talento musical sencillamente extraordinario. Estoy deseando volver a oír esa Córdoba de Albéniz que, interpretada por él, me tuvo atontado dos semanas. Si van a verlo, me darán la razón. Músicos como Carlos Ferrero se ven pocos.