En 1979, cuando los comunistas tomaron el poder en Kabul, Moscú hizo a su aliado afgano, Muhamad Taraki, una pregunta muy marxista-leninista, según cuenta el historiador John Lewis Gaddis en The cold war (Allen Lane, 2005): "¿Tienes el apoyo de los trabajadores, los comerciantes y la pequeña burguesía?". Taraki contestó: "No hay apoyo entre la población; la mayoría está bajo la influencia de las consignas chiíes, que dicen que no sigan a los infieles". Los camaradas no entendieron esta respuesta, anuncio de la nueva era que estaba inaugurándose.
En los siglos XIX y XX, el mundo del islam, en comparación con Occidente, se hizo débil y pobre. Según los índices de la modernidad, desde el desarrollo económico hasta los derechos humanos, la civilización que fue poderosa se hundió irremisiblemente. ¿De quién fue la culpa? Bernard Lewis, erudito orientalista que ha echado más de un cable a los neoconservadores, sostiene que esta pregunta sólo ha conducido a fantasías neuróticas y teorías de la conspiración entre los árabes, cuya lista de culpables es abultada: mongoles, turcos, europeos, estadounidenses e israelíes. Lewis considera esta lista un despropósito, ya que el colonialismo europeo y la influencia estadounidense, como las invasiones mongolas, fueron, según él, la consecuencia, no la causa, de la debilidad de los árabes (¿Qué ha fallado?,Siglo XXI, 2002).
¿Qué habremos hecho los europeos, además de publicar doce caricaturas del profeta Mahoma, que explique la cólera antioccidental que ahora recorre el mundo musulmán? Si Lewis tuviera razón, es decir, si no les hubiéramos hecho nada malo, habría que buscar la respuesta entre los musulmanes, cuyo declive lo atribuyen los orientalistas a diversos hechos, incluida la endogamia y los estragos provocados por la cabra que, al descortezar los árboles y arrancar la hierba de raíz, transformó tierras fértiles en desiertos. Todas estas razones ayudan a entender el eclipse de la que fue la civilización más grande, pero no lo explican todo. ¿La culpa es, entonces, del islam? Tampoco es seguro. ¿Por qué, si el islam es un obstáculo para la libertad y el desarrollo, la civilización musulmana fue la más avanzada? Más que preguntarse qué ha hecho el islam a los musulmanes, habría que plantearse qué han hecho los clérigos reaccionarios al islam. Los modernizadores apuntan a la inflexibilidad del clero, a quien atribuyen la ausencia de libertad.
El actual estallido de cólera, instigado por los radicales, parece tan incomprensible para los occidentales como la respuesta de Taraki para los soviéticos. No pocos occidentales, incluso los que no han oído hablar de Huntington, empiezan a creer que ya no es seguro que dos civilizaciones no chocarán si una no quiere. ¿De qué se alimentan, entonces, los que atacan las embajadas europeas? ¿Del islam, del islam mal entendido, de la falta de libertad de pensamiento, de la mala fe de los autócratas que instrumentalizan la religión para legitimar sus regímenes?
Gilles Kepel mantiene que el terrorismo islamista es una consecuencia histórica del intervencionismo occidental y del apoyo que la Administración Reagan prestó en la guerra de Afganistán a islamistas radicales para expulsar a los soviéticos. Pero ¿qué pasa ahora? ¿Qué mueve a los manifestantes? Las doce caricaturas de Mahoma publicadas por un diario danés son una excusa. La culpa no la tiene la libertad de expresión en Europa, incluso si las viñetas son desafortunadas. Lo que mueve a los manifestantes son los clérigos montaraces y, según la Administración Bush, los regímenes de Irán y Siria. Pero la historia reciente también explica algo.
Las protestas se han extendido por el inmenso arco musulmán, pero la violencia se ha concentrado en aquellos países que, después del 11 de septiembre, han sido escenario de la presión occidental o estadounidense, militar o diplomática, desde Afganistán e Iraq hasta Filipinas, pasando por Siria, Líbano e Irán. Los europeos se consuelan calculando que la gran mayoría musulmana se ha quedado en casa, lo que es cierto, por lo que el diálogo aún puede ser posible. Pero hay otro factor: el intervencionismo estadounidense sigue alimentando la cólera.
El tiempo tampoco ha pasado en balde en Washington. Lawrence Franklin, estadounidense de 59 años, se distinguió durante el primer mandato de Bush por ser uno de los estrategas neoconservadores del Pentágono que más se esforzaron para que Washington adoptara una línea dura en Oriente Medio. Ahora, en el segundo mandato de Bush, Franklin trabaja como vigilante nocturno en un aparcamiento de West Virginia y ha sido condenado a doce años de cárcel por pasar información clasificada a un diplomático israelí para endurecer la política estadounidense hacia Irán. The Wall Street Journal ha publicado la historia de Franklin para ilustrar la evolución de la política exterior estadounidense, que, en su opinión, ha pasado de una posición neoconservadora a otra neorrealista. Irán y Siria, si Bush tiene razón en acusarlos, aún no se dan por enterados.

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