A mí dejadme los reglamentos, parece haber dicho Esperanza Aguirre, que para eso es aristócrata como don Álvaro de Figueroa. Pero en tiempos de Romanones no existía el Estado de las Autonomías, que ha reducido los Ministerios a meros gabinetes de estudios, dejando en las comunidades el verdadero poder. Hay quien sostiene que la Ley Antitabaco es fruto del vacío de competencias del Ministerio de Sanidad, que como no tiene que gestionar hospitales ni ambulatorios, se dedica a encontrar alambicadas maneras de justificar su existencia. Ya saben, cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Así que mientras Elena Salgado inventa leyes, Aguirre redacta reglamentos, y rebaja con sentido común el maximalismo prohibicionista que muchos fumadores entienden como persecución gratuita. Tendremos pleito una vez más: el mismo Gobierno que va a ceder a los catalanes poderes de un Estado en miniatura se pone celoso cuando Madrid autoriza a los ciudadanos unas volutas semiclandestinas de libertad individual.
A diferencia de la ministra Salgado, Esperanza Aguirre, a la que yo he visto fumar puros en la sobremesa, sí se apercibe de que detrás de esta ley intervencionista se esconden numerosos dramas humanos y un intenso debate sociológico y hasta cultural. Quizá es que doña Elena baja poco a la calle y no ve más allá de los cristales ahumados de su coche oficial. Este Gabinete habla poco con el pueblo, que es la esencia del buen gobierno. Me lo dijo una vez aquel buen presidente andaluz que fue Rodríguez de la Borbolla: la política de verdad consiste en hacer cositas y hablar con mucha gente.
Si hablase con mucha gente, la ministra se enteraría de cómo respira ante su flamante ley la España real. Vería a los estanqueros diversificar su negocio -el mercado, como la energía, no se crea ni se destruye: simplemente se transforma- hacia los regalos, la bisutería o los periódicos, y escucharía a los quiosqueros bramar porque a ellos no les dejan vender tabaco. Notaría en el café Gijón la dolorosa ausencia de Alfonso, el cerillero anarquista, que se jubiló primero y se murió después, en vista de que ya no podía vender cigarrillos a los intelectuales tiesos a quienes prestaba dinero para las timbas. Contemplaría las aceras saturadas de colillas alrededor de los edificios de oficinas. Oiría a los dueños de los bares preguntarse cuánto tardarán los clientes en quedarse en sus casas fumando mientras ven la tele. Y acaso podría hacerse cargo del currículum que me entregó la dependienta de un estanco -he vuelto a fumar, lo confieso; mi voluntad se ha muerto una noche de luna, como en el verso de mi paisano Manuel Machado- para que se lo mueva por ahí. «Soy maestra, a ver si me encuentras algo, que ya ves cómo está este negocio», me dijo con una sonrisa amarga. Me dejó con la duda de dónde andarán peor las cosas, si en el sector tabaquero o en esa desolada enseñanza cuyas profundas lacras ni siquiera se pueden enmendar con un sencillo, racional, elementalísimo reglamento autonómico.

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