Primar el interés del país, de Jordi Porta en El Periódico
No me gusta hablar mal de los políticos por sistema. Ya sé que está de moda, pero, al contrario de lo que dice mucha gente, creo que realizan una labor noble y difícil. Algunas personas son corruptas e incompetentes, evidentemente, pero no más, en proporción, de las que existen en el conjunto de la sociedad. Por tanto, desde el respeto por los que dedican sus horas a procurar una mejor organización de la sociedad que responda a las necesidades crecientes y variables de los ciudadanos, me gustaría, eso sí, hacer algunas consideraciones críticas sobre el proceso de aprobación y negociación del nuevo Estatut de Catalunya
Cuatro de los cinco partidos políticos catalanes que concurrieron a las elecciones al Parlament del 2003 tenían en su programa electoral la redacción y aprobación de un nuevo Estatut de autonomía y los ciudadanos les dieron la confianza en un 89% de la representación política. Era la encuesta más fiable y determinante de la voluntad de los catalanes. Era la conciencia de que se podía establecer una nueva relación de Catalunya con el Estado español sin los condicionantes que existieron a finales de los años 70, en la transición política, con los poderes fácticos franquistas en su sitio.
Más de 25 años de democracia y casi 20 años de integración europea hacían prever la asunción de una cultura política en la que se pudieran presentar las opciones diversas sin miedo, de una forma civilizada y nítidamente democrática. Y después de un proceso largo, los partidos políticos catalanes hicieron una propuesta, fruto del consenso entre ellos, que señalaba la necesidad, reafirmada desde hacía muchos años, de que España reconociera de una vez la diferencia interna entre nacionalidades y regiones que preveía, todavía en una expresión tímida, la Constitución de 1978, y que se pudiera estructurar un modelo de Estado plurinacional, como existen otros en Europa y en el mundo, sin que ello tuviese que significar ningún desastre ni cataclismo.
El pasado 30 de septiembre, por tanto, muchos ciudadanos celebramos el acuerdo entre los partidos catalanes, porque en aquella ocasión habían redactado un texto que expresaba mejor lo que queríamos y no excesivamente condicionados por lo que pensábamos que nos dejarían hacer. Pero a partir del 30 de septiembre, el proceso ha estado marcado fundamentalmente por dos resentimientos.
POR UN LADO,el del Partido Popular, que no ha podido digerir la derrota inesperada de las elecciones generales del 2004 y ha intentado desgastar al PSOE con todos los medios a su alcance aprovechando el tema de Catalunya. Ha utilizado un lenguaje alarmista que podía tener réditos electorales al despertar aquella apagada alma española anticatalana que parecía ya superada desde hacía tiempo. Y ello ha servido no sólo para tratar de impedir el Estatut, sino la OPA de Gas Natural, el retorno de los papeles de Salamanca, la venta de productos catalanes... La instigación ha llegado a algunos cuarteles y ha permitido que algunos miembros de la judicatura, que siguen siendo franquistas no reciclados, dijeran auténticos disparates.
El paroxismo de esta actitud ha sido la propuesta de convocar un referendo en España sobre el texto del Estatut. Tanto tiempo apelando a la Constitución y ahora resulta que proponen una medida inconstitucional. Sólo faltaba el apoyo del golpista Antonio Tejero para comprender cuál es la credibilidad democrática de esta iniciativa.
Por otro lado, en el interior de Catalunya, hemos sufrido las consecuencias de otro resentimiento de características muy diferentes. El acuerdo del tripartido dejando en la oposición el partido ganador de las elecciones del 2003 provocó la fractura de cierto espacio catalanista, nacionalista o soberanista, como quiera llamársele, y ha sido difícil de asumir por buena parte de la militancia e, incluso, de una parte de la ciudadanía catalana. Y, a pesar de todo, el acuerdo del 30 de septiembre abrió a la esperanza porque pareció que todo el mundo era consciente de que nos estábamos jugando algo muy importante, que iba más allá de las estrategias de cada partido. Nos jugábamos el dotarnos de un marco institucional satisfactorio.
Dadas las dificultades previsibles en la negociación con el Gobierno del Estado y con el PSOE y del ambiente que había creado el Partido Popular en España, era evidente que el espíritu del 30 de septiembre tenía que mantenerse y que los partidos catalanes tenían que hacer piña y unirse a la hora de negociar si es que se quería tener algún éxito. Desde Òmnium Cultural siempre hemos defendido que ésta era la línea de actuación que había que seguir.
Y LLEGADOS a este punto tenemos que decir que algunos hemos quedado decepcionados. La negociación bilateral, de forma que al otro lado de la mesa, Alfredo Pérez Rubalcaba y otros compañeros podían maniobrar con unos y otros, ha sido la estrategia más inadecuada para poder mantener los contenidos sustanciales del texto del 30 de septiembre. En esta ocasión, tenía que primar el interés del país por encima del de cada partido y no ha sido así.
Me dirán que lo que digo es una ingenuidad política por mi parte. Probablemente. Pero si no sabemos distinguir los momentos en los que los catalanes debemos ir unidos porque es la única fuerza que tenemos, mal lo vamos a tener cara al futuro. Es una ocasión no totalmente perdida, es cierto. En realidad, el proceso de debate del Estatut no está definitivamente cerrado. Por ello instamos a todos los partidos catalanes a que sigan manteniendo vivo el espíritu del 30 de septiembre que tan orgullosos nos hizo sentir. En caso contrario, tendremos que esperar a una mejor ocasión, si es que se da.
JORDI Porta. Presidente de Òmnium Cultural.
