Si no surge algún indeseable o venturoso imprevisto, mi primer día de vuelo con Iberia, desde la nueva terminal de Barajas, será el 4 de marzo, sábado, a las 8.45 de la mañana. Como no confío lo más mínimo en que el desbarajuste de la dichosa T4 se alivie de verdad de aquí a Navidades, ya estoy preparándome para salir de juerga la noche anterior y terminarla, con equipaje y todo, en el aeropuerto. Espero que, ya para entonces, todas las amenidades de shopping y ocio que han anunciado estén en pleno funcionamiento.
Yo tengo mis dudas de que esa T4 llegue alguna vez a servir para coger un avión a tiempo, o para aterrizar con menos de cinco o seis horas de retraso, o para recoger las maletas en un plazo inferior a nueve meses, engorro del que podremos desentendernos para dedicarnos, junto a la cinta transportadora, a engendrar un niño, con lo cual la alegría del parto será doble: llegarán al mismo tiempo el bebé y el equipaje. Pero estoy segurísimo de que la nueva terminal ofrecerá lo antes posible un montón de oportunidades para gastarse la guita o pasárselo bien. Habrá tiendas -incluidas las carísimas y elegantísimas-, supermercados, restaurantes de toda la gama en cuanto a tipo de cocina y número de tenedores, gimnasio, spa, duchas, saunas, peluquerías, guarderías -tal vez, incluso un colegio para que, durante la espera, los pasajeros en edad escolar puedan hacer el bachillerato completo- y supongo que un polideportivo, cines, galerías de pintura y escultura, e instalaciones artísticas de vanguardia, livianas a ser posible, no como las Damas de Manolo Valdés. Debería haber también algún sex shop, bares de alterne para heterosexuales, locales de intercambio de parejas, y bares gays, al menos la mitad de ellos con su correspondiente cuarto oscuro. Digo yo.Todo el mundo debe tener igualdad de oportunidades lúdicas en ese pedazo de aeropuerto.

Por supuesto, no olvido que un aeropuerto es escenario frecuente de situaciones románticas: parejas que se despiden, parejas que se reencuentran, recién casados en luna de miel. También ellos necesitarán su espacio adecuado, lleno de silencio y paz, y eso, la verdad, lo veo más chungo. Tendrán que aprender a emocionarse con el ruido.

Yo tenía un amigo tico (o sea, costarricense) al que le encantaba el ruido de los aviones. Así que muchos domingos, igual que otras parejas se iban a parajes bucólicos a disfrutar del arrullo del arroyo y del trino de los pajaritos, nosotros nos íbamos a comer a uno de esos restaurantes de la carretera de Barajas y luego nos instalábamos en un descampado, junto al aeropuerto, y nos pasábamos horas disfrutando del estrépito de los aeroplanos que pasaban sin parar sobre nuestras cabezas. Ahora comprendo que éramos unos pioneros de lo que podríamos llamar «romanticismo ruidoso».

Es cierto que las autoridades y los portavoces intentan convencernos de que la T4 cada vez funciona mejor. De ser cierta la mejoría, me temo que será una mejoría pasajera, y nunca mejor dicho. No pretendo ser pájaro de mal agüero, pero me barrunto que hasta los vecinos de Belvis de Paracuellos tendrán al fin que abandonar su pueblo para que lo inunde el ruido, como las aguas de los pantanos inundaron, cuando Franco, algunos pueblos castellanos y leoneses. Una desdicha, un dolor incurable para la memoria.Pero a todo hay que verle el lado bueno. Mi amigo el tico murió hace algunos años, y le habría encantado dormir la eternidad en un pueblo cubierto hasta el campanario de la iglesia por el estruendo incesante de los aviones.