Civismo viene de civis,ciudadano, aunque no necesariamente de la ciudad de Barcelona. Tal vez es necesario recordarlo, porque se podría llegar a pensar que el concepto se ha acuñado aquí, urbi et orbi. Sí es mérito de la ciudad de Barcelona haberlo puesto recientemente de moda para agrupar una serie de cualidades deseables en un buen ciudadano.
En realidad, civismo es un término que, como fascismo, democracia o patriotismo constitucional, surge en el ámbito de la ciencia política y adquiere nuevos significados en otros registros. Sin embargo, no deja de ser curioso que lo que los académicos no se atreven a definir de manera inequívoca sea utilizado en política sin vacilar. Cualquier barcelonés que no haya reflexionado con anterioridad a los últimos meses sobre el sentido del civismo puede pensar que es cívico aquel que se limita a pagar la zona verde o no comprar música en la manta. El motivo es que las autoridades locales, mediante su actividad reguladora, han asociado a este concepto una serie de prácticas que desde su punto de vista son moralmente y estéticamente convenientes.
Pero, en esta tarea, ¿han trascendido su propio mandato?, ¿han mantenido su vista puesta en el bien común o en algún punto más cercano a ellos mismos?
Al referirnos a lo cívico no estamos pensando en un conjunto de casas y calles, sino en sus habitantes y relaciones. Unas pautas de civismo deberían tener en cuenta la mayor cantidad y diversidad posible de personas, así como los puntos de contacto entre éstas. Por eso, lo racional es limitarse a unas recomendaciones de convivencia, y no regular exhaustivamente el uso del espacio urbano.
Sin embargo, no deberían omitir el papel de las personas en la vida pública - o lo que es lo mismo, en la política-, ya que es eso lo que las convierte en ciudadanos.
Volviendo a la ciencia política, el civismo agrupa un amplio rango de actitudes y comportamientos. Existe un cierto acuerdo por el cual un comportamiento cívico es el que se realiza teniendo en cuenta sus consecuencias positivas sobre el resto de la comunidad. Una actitud cívica también supone esta orientación hacia lo público. Vendría a ser como la empatía, pero no sólo hacia nuestro interlocutor, sino hacia el conjunto de la comunidad a la que pertenecemos - o de comunidades, ya que estamos en una época de identidades múltiples-. La educación cívica debería activar en las personas el interés por los asuntos que conciernen a todos, poner a su disposición conocimientos y recursos que los hagan sentirse capaces de desenvolverse en la esfera pública, enseñarles a dudar y a ser críticos, y situar las cuestiones colectivas entre sus primeras preferencias. Si este proceso de socialización es exitoso, obtendremos ciudadanos. Es decir, individuos que pensarán en las consecuencias de orinar en un portal y se inhibirán de ello, siempre que tengan un mingitorio público cerca. Pero esas personas también serán capaces de organizarse por la defensa de sus intereses, participar en política de manera convencional y no convencional y discrepar de los políticos. Porque ser cívico exige un compromiso con lo político, aunque no fidelidad y sumisión a los gobernantes.
Todos tenemos una idea bastante clara de lo que significan conceptos como educación, urbanidad, cortesía, limpieza o consideración. Utilizar en su lugar el comodín de moda, civismo,puede vaciarlo de significado. Una persona que compra un CD pirata ¿está pensando en perjudicar a su comunidad? Y un grupo de personas que ocupan un espacio público para reivindicar una mejora social ¿son incívicas o más bien todo lo contrario?
CAROLINA GALAIS GONZÁLEZ, investigadora del Departamento de Ciencias Políticas, Universitat Pompeu Fabra.

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