La ampliación del aeropuerto de Barajas, que con ella pasa a ser el cuarto con mayor tráfico de Europa, desvela dos cuestiones que vienen a ser los pies o cimientos de barro de esa magnificencia de alta tecnología, maderas exóticas y techos ondulados: el fracaso de esa alta tecnología en su propósito de hacernos la vida más confortable, y lo chapuzas que somos. En realidad, la puesta en marcha de la T4 desvela muchas más cuestiones, no siendo de orden menor las relativas a la imparable saturación del tráfico aéreo, al deplorable impacto ambiental o al espacio de tierra quemada, no apta para la vida humana, en el gigantesco radio de aterrizajes y despegues, pero las dos anteriormente citadas se han ensañado con el emporio desde el mismo día en que quedó, con gran aparato de discursos y performances, inaugurado. Aquello que debería hacernos la vida más agradable, siquiera por el dineral que nos cuesta, resulta que nos la complica y nos la miserabiliza otro poco más si cabe. Llegar a las antiguas instalaciones del aeropuerto era, hasta la irrupción de la T4, peligroso y difícil, pues había que sortear las añagazas del tráfico rodado, o sea, de los atascos, y, eventualmente, de los conductores enloquecidos, de las obras enloquecidas y del trazado y el mantenimiento también enloquecidos de la propia autovía y de sus accesos al aeródromo, pero llegar ahora a la flamante terminal de lucernarios cenitales bascula entre lo indeseable y lo imposible. Sin metro, ni tren, ni tranvía, el camino por transporte público se rinde en una sucesión de transbordos y enlaces que obligan a perder todo el tiempo del mundo, o bien mediante el taxi que cuesta más que el vuelo barato. Una vez allí, todo aquel fragor de tecnología se resuelve para el viajero, que con el cambio se quedó sin el metro que al fin llegaba al aeropuerto viejo, en una sucesión de cosas que no funcionan: las expendedurías automáticas de tarjetas de embarque, el servicio de equipajes, la información, ni, por supuesto, el spa ese tan publicitado que serviría para relajarse de la tensión provocada por todo lo anterior. Y aquí llegamos a la segunda cuestión que desvela la T4, ligada con la primera: lo chapuzas que somos. Nada funcionaba el día de la inauguración, o, cuando menos, nada de cuanto puede pedirse a unas instalaciones modernísimas y carísimas, pero en el ministerio del ramo decían estar satisfechos porque el primer día de todas las cosas suele ser caótico. El primer día de la Creación, en efecto, todo era un poco caótico, que ni estaban separadas la luz de la oscuridad, pero desde entonces ha llovido lo suficiente como para que en su primer día un aeropuerto sea, cuando menos, un aeropuerto.¿Creen los del ministerio ese que es razonable que un piloto que conduce por primera vez un Airbus se estrelle, amparado en la eximente de que se trata del típico caos del primer día? ¿O que el restaurante que abre sus puertas envenene a sus comensales porque con el caos del primer día echaron arsénico en vez de sal en la sopa? ¿Cómo explicar a ese ministerio que las cosas sólo pueden inaugurarse cuando están terminadas y en condiciones de asegurar un servicio decente? Tomar hoy un avión en Madrid es mucho más desagradable e incómodo que antes, pero nuestro buen dinero y el concurso de no sé cuantos centenares de arquitectos y técnicos de toda laya nos ha costado conseguirlo. En las inmediaciones de esas pistas que han invadido los predios habitados de los alrededores ya no se puede vivir por el ruido y la peste a queroseno, pero tenemos el cuarto aeropuerto más febril de Europa y, seguramente, el más flipante. Ni el viajero ni el vecino de los pueblos próximos es más feliz, ni disfruta de la menor mejoría real para su salud y su tiempo, pero quién piensa en eso. Ni en nada.