Aunque Rodríguez Zapatero reclama una mirada larga sobre el texto del Estatut pactado con Artur Mas ("Un Estatut para muchos años", suele decir), el malestar de Carod-Rovira (ERC) y la tensión PSOE-PSC revelan que en la noche del sábado 21 de enero no se pactó un texto legal sino un nuevo marco de relaciones de poder donde Zapatero y Mas se reservan el centro (IU, CC, PNV, BNG, eventuales invitados) y dejan en la periferia al PP y a ERC.
Lo de ayer en el Congreso, en la primera sesión de control al Gobierno después de las vacaciones parlamentarias, fue muy significativo. Era cosa de ver cómo Zapatero recibía estopa por los dos flancos, los separatistas de ERC y la derecha guardiana de la unidad nacional. El leitmovit era el mismo: "El Estatuto de la Moncloa", denominación adoptada indistintamente por Mariano Rajoy y por Joan Puigcercós, los dos jefes de filas que ayer reprobaron en sus respectivas preguntas orales el diálogo furtivo de Rodríguez Zapatero y Artur Mas.
Mientras PP y ERC sacudían al Gobierno por cuenta del Estatut, Llamazares (IU) preguntaba al presidente por la marcha del diálogo social y Duran i Lleida (CiU), por la inflación. Zapatero, encantado, claro, al ver cómo se trasladaba al hemiciclo eso de que los extremos se tocan. Y fuera del hemiciclo continuaba el run-run que presenta a Pasqual Maragall como un personaje proscrito en el PSOE.
En el nuevo marco de relaciones de poder que Zapatero y Mas han diseñado por debajo de la mesa, no hay sitio para el ahora president. A los dos les estorba. En el PSOE ya se lo han explicado el secretario de Organización, José Blanco, y el ministro de Defensa, José Bono.
Por si había dudas respecto al futuro político que Zapatero reserva a Maragall, las acabó de despejar ayer la mismísima Esperanza Aguirre, una alternativa a la espera dentro del PP, con un singular discurso solidario con el presidente de la Generalitat. "Es más lo que me une a él que lo que me separa", dijo en Onda Cero. Lo que nos faltaba por oír. El menor día escuchamos a Rajoy perdonando los viajes de Carod a Perpignan, ahora que los socialistas le han dado la patada. Por aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
O sea, que es oxígeno político para Zapatero la inesperada coincidencia de ERC y el PP en la descalificación a la política catalana de Zapatero, tal y como se escenificó ayer tarde en el Congreso de los Diputados. Rajoy lo sabe. Por eso ha desencadenado una desaforada ofensiva, casi a vida o muerte en términos políticos, en el otro frente donde el Gobierno podría terminar de atornillarse en el poder para muchos años: la pacificación del País Vasco.
La caída de Fungairiño, la silla vacía de Zapatero en el congreso de víctimas o las eventuales excarcelaciones de etarras por acumulación de condenas, son los más recientes pretextos para acusar al PSOE de preparar la rendición del Estado a cambio de seguir en el poder. Pero utilizar dichos pretextos como elementos de prueba que habilitan para usar contra el presidente del Gobierno términos como "servil", "traidor", "cobarde", "indigno", me parece sencillamente inmoral.
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