Son relativamente pocos los musulmanes que se han manifestado violentamente en las capitales árabes en contra de los dibujos ofensivos al Profeta publicados en Dinamarca. Y los pocos que han salido a la calle lo han hecho instrumentalizados por gobiernos que tienen conflictos abiertos con Occidente. No significa que muchos cientos de millones de musulmanes no se hayan sentido ofendidos.
La violencia protagonizada en Gaza no fue obra de Hamás sino de Al Fatah y Al Aqsa que son los perdedores de las elecciones recientes en Palestina. En Irán ha habido grandes algaradas con un gobierno que quiere borrar del mapa a Israel y con un programa en marcha para la obtención de la bomba nuclear que ha sido llevado al Consejo de Seguridad de la ONU.
Siria ha sido acusada de haber participado en el asesinato del ex primer ministro libanés y las protestas han sido violentas. Lo mismo ha ocurrido en Beirut donde la influencia siria es históricamente muy grande y los manifestantes quemaron la embajada danesa. En Afganistán el régimen es inestable y sostenido por tropas internacionales.
En Egipto, Jordania, Pakistán, Indonesia, Marruecos y muchos otros países musulmanes las reacciones han sido minoritarias y con poca violencia. Pero la ofensa no se mide por multitudes sino por sentimientos. No estamos ante un conflicto entre ideas, entre derecha e izquierda, sino en un debate sobre creencias que no pasan necesariamente por la racionalidad. La manipulación de los sentimientos es más fácil que la de las ideas.
En Europa estamos confundidos. Seguimos defendiendo la libertad de expresión de la que se derivan muchas otras libertades pero al mismo tiempo estamos sorprendidos por la desproporcionada reacción en el mundo musulmán. El primer ministro danés ha defendido la libertad de expresión y ha expuesto que no tiene facultades para impedir la publicación de contenidos en los diarios. Pero, al mismo tiempo, está preocupado por el boicot que las viñetas han provocado para los productos lácteos y electrónicos daneses.
Los países de cultura política francesa se mueven entre el equilibrio de defender la libertad de expresión y el respeto que se merecen las creencias de los ofendidos. Pero una revista de París se agotó hoy al sacar nuevos dibujos que ofenden la sensibilidad de los musulmanes. El presidente Chirac ha pedido respeto y calma.
El gobierno británico, mucho más pragmático, ha calificado la publicación de los dibujos sarcásticos de un error. También las sensibilidades europeas son matizadas y sutilmente discrepantes.
El Papa, las más altas autoridades religiosas judías y colectivos islámicos en todo el continente europeo han criticado las caricaturas porque hieren los sentimientos y las creencias de las tres religiones monoteístas.
La libertad de expresión tiene límites. Los que trazan las libertades de los demás. Los mil cien millones de musulmanes del mundo podrían reaccionar con más violencia por el hecho de haber querido imponer una democracia en Iraq por la fuerza de las armas. Y no lo han hecho.
Sigo pensando que equiparar al Profeta con Bin Laden es una ofensa innecesaria e injusta. Afortunadamente, sólo han sido las minorías extremistas las que han reaccionado con tanta violencia manipulando los sentimientos de pocos. Pero si seguimos usando de la libertad de expresión para burlarnos de lo que los musulmanes consideran sagrado, tendremos un problema mucho más serio.
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