El anuncio por parte del Gobierno de que será próximamente redactado el Proyecto de Ley que llaman de la «Recuperación de la Memoria» nos anuncia una etapa de agitado recuerdo de 1936, cuando se cumplen 70 años de aquel trágico acontecimiento. Y no porque la restitución de la memoria constituya en sí misma un ejercicio inconveniente sino porque todo hace presagiar que la empresa se puede plantear por parte de Zapatero y sus aliados como una reconstitución de la Historia, donde los supuestos nietos de los autoproclamados «buenos» pretendan acusar a los de los supuestos «malos». Nietos contra nietos utilizando el lenguaje de los abuelos.
La Guerra Civil de 1936 no puede entenderse sin más como un golpe militar contra un Gobierno legítimo por la sencilla razón de que ni el Frente Popular de aquel entonces encarnaba la legitimidad de ejercicio ni el golpe militar tuvo como protagonistas exclusivos a unos generales sublevados, que poco hubiesen durado los insurrectos de ser cierto ese relato de los hechos. Las cosas fueron más complicadas y parece mentira que todavía tengamos que repetir algo tan evidente ante el recuerdo de lo que sucedió en España.

No hablaré ni de la Sanjurjada ni de la revolución del 34 que se alza en armas contra el Gobierno democráticamente elegido de derechas ni de las brutalidades y destrucciones que siguen a la proclamación de la República en 1931 y llevan a Ortega y Gasset al desesperado «no es esto» que al final acaba en «todo menos esto». Centrándonos en aquel trágico 1936 recordemos que tras las elecciones de febrero se fueron acumulando, con esa precisión con que el destino prepara todos los elementos de la tragedia, los hechos que llevan al estallido de la Guerra Civil. Las dos medias Españas habían alcanzado en esa votación unas cifras electorales muy semejantes y, en todo caso, lo suficientemente importantes para que nadie pretendiese borrar de la faz de la tierra al adversario. Desde febrero azotan a España datos escalofriantes, en cinco meses: 170 iglesias destruidas y 251 atacadas; unas 300 muertes violentas y 1.287 heridos en enfrentamientos callejeros; 133 huelgas generales y 218 parciales; la ocupación de las fincas y miles de motines. Y por último el jefe de la oposición, Calvo Sotelo, es asesinado por la policía.

En aquellos meses se levantan voces que quizás hoy no es inútil recordar ante el caos que trajo el Frente Popular. Desde la derecha, Gil Robles decía: «La mitad de la nación no se resigna implacablemente a morir». Desde la izquierda, Amós Salvador (futuro ministro del Interior de la República) pronostica: «Las izquierdas están dispuestas a ir al Frente Popular para empeñar una lucha a muerte con las derechas: Si ellos vencen, que nos exterminen y si nosotros vencemos, los exterminaremos a ellos». Y, antes de que sonaran los primeros tiros fratricidas, Julián Besteiro profetiza ya dirigiéndose a sus propios compañeros socialistas: «Vais a llegar al poder, si llegáis, empapados y tintos en sangre».

Las cosas habían ido ya demasiado lejos para que unos pocos hombres de buena voluntad fuesen oídos en aquel clamor de tormenta. La restitución de la memoria estaría mejor servida en el año 2006 si no pretendiese convertir los funerales en homenaje a una mitad de los abuelos muertos, en mítines de sus nietos vivos. Cuando, como es natural, la España de hoy, la Europa de hoy y el mundo de hoy, no tienen nada que ver con los de hace tres cuartos de siglo.

Entonces lucharon una media España contra la otra media como ocurrió por cierto de manera trágica a lo largo del siglo XIX.Y todos los de antes y los de ahora deberíamos asumir la tragedia de España entera. La única restitución de la memoria que podría hacerse cuando se cumplen 70 años de aquella sangrienta fecha sería no resucitar y mucho menos falsificar aquel horrible baño de sangre, distribuyendo a voluntad los papeles de sus protagonistas.Ahora se quiere, según parece, honrar a las víctimas de un bando y el homenaje lo recibirán exclusivamente los vencidos, haciendo lo que en otro tiempo según ellos, hicieron los vencedores.

Estremece releer las estadísticas funerales del periodo 36-39 y, aunque entre los ejercicios de investigación existan diferencias numéricas apreciables, según el criterio personal de los estudiosos, lo decisivo y único que podemos retener de sus contradictorias lecturas es que todas ellas ofrecen unas magnitudes espantosas y es el balance final de la lucha entre los abuelos lo que debiera ilustrar a los nietos a la hora de las conmemoraciones.

Entre los historiadores pueden encontrarse cifras de la matanza dispares. A mí, personalmente -y esto es una opinión-, me ofrecen mayor precisión por su minuciosidad los trabajos de Angel David Martín Rubio que cifra las víctimas fusiladas en campo republicano en 56.577 y los ejecutados en zona nacional en 53.000.

Terminada la guerra, condenados a muerte por los vencedores y ejecutados 22.000 más.

Cuando han pasado 70 años de aquella lucha, parece que la única lección de este macabro repaso sería la de aprender que la desesperación de los pueblos sólo puede llevarlos al suicidio nacional.

La tarea de escribir dos veces la Historia, superponiendo sobre la realidad una lectura interesada, es un ejercicio voluntarista de remover cenizas, pero alcanza la categoría de gravísimo atentado cuando lo que se pretende con esa falsa restitución es utilizarla como instrumento de la lucha política presente, en plena democracia, de unos partidos contra otros, tres generaciones más tarde, cuando ninguno de los protagonistas presentes había nacido en el momento que se intenta reavivar.

En 1978 España sabe salir del trauma de la Guerra Civil con una transición modélica, donde los hijos de los dos bandos e incluso muchos de los protagonistas del drama, supieron perdonarse los unos a los otros.

En ese punto histórico pudo hablarse de una España entera, por libre voluntad de las dos medias Españas y el hallazgo de ese consenso, sobre todo su permanencia, ha quedado inscrito en la pactada Constitución de 1978.

Si en España tenemos una Constitución democrática, es porque la hemos traído todos los españoles, los que se dicen de derechas y los que se llaman de izquierdas, de centro y del Ejército, con la figura clave del Rey Juan Carlos, sin que unos tengamos más méritos que otros, porque no hubo en 1978 derrota de nadie, sino la victoria de todos.

Lo que no sea prolongar hacia adelante este empuje positivo de la sociedad es una falta incalificable contra nuestro pueblo, cuando hemos alcanzado un clima de bonanza civil, nunca conocido en nuestra última historia. El aniversario de los 70 años de la Guerra Civil española sería de alguna utilidad si tuviéramos oportunidad de hacer un ejercicio de compasión por todos los que murieron y, un decidido propósito de aprender la lección, de asumir de una vez por todas. Nuestra Historia, la Historia de España en su totalidad y sin exclusiones ni sectarismos, nos gusten más unos que otros. No debemos olvidar que la realidad es que nosotros somos los herederos del pasado entero.

Se trata de cerrar con 100 llaves el sepulcro del guerracivilismo que a lo largo de 150 años ha desangrado y empobrecido nuestros pueblos y nuestro país y de afrontar los desafíos de hoy y trabajar por la libertad y la democracia. En una palabra, se trata de asumir con la cabeza alta y codo con codo todos juntos la España real del siglo XXI.

Loyola de Palacio fue ministra de Agricultura durante el Gobierno del PP y vicepresidenta de la Comisión Europea.