La educación en España es tema de controversia permanente. La posición baja del alumnado español en los informes de rendimiento internacionales, la alta tasa de estudiantes que no superan la educación secundaria obligatoria, los pocos que siguen en los estudios secundarios posobligatorios y otros indicadores nos hacen preguntarnos si la educación española está en crisis. ¿Somos los peores de Europa?, tal como se ha publicado. La respuesta no es sencilla, lo que sí es cierto es que ante problemas comunes no hay soluciones únicas.

Sin embargo, son muchos los que han afirmado que se debía copiar en España a los países con mejores resultados. Lo desconcertante de la cuestión es que existen sistemas educativos muy parecidos que obtienen resultados totalmente distintos. Otros, con modelos diferentes llegan a resultados iguales; es el caso de Finlandia y de Flandes, que son contrapuestos y que, sin embargo, están situados en los mejores puestos europeos en rendimientos escolares. Y es que los países de la UE son un mosaico en las formas de organizar la educación. Sin embargo, todos ellos participan de unos mismos objetivos: garantizar la universalización de la educación hasta los 16 años (en algunos países hasta los 18) y asegurar la igualdad de oportunidades. Pero ello lo intentan conseguir por caminos diferentes.

SON DIFERENTES los sistemas político-administrativos: en unos, el gobierno del sistema educativo se realiza de forma muy centralizada, como en Francia; en otros, es competencia casi exclusiva de los gobiernos regionales. Alemania tiene tantos sistemas educativos como länder (16); en Bélgica se puede hablar de tres bien diferentes, con autoridades, administraciones y políticas distintas, aunque con acuerdos muy básicos en ordenación y en los sistemas de pensiones para el profesorado. En los países nórdicos, los municipios, condados o administraciones de ámbito supralocal son los que tienen las competencias en casi todos los aspectos de la gestión educativa.

En los últimos años se producen procesos de reorganización interna en casi todos los estados. Mientras que los de estructura descentralizada tienden a buscar caminos de armonización, en los de tradición centralista están intentando, en unos casos, desconcentrar la gestión y, en otros, descentralizar el sistema. Aunque en la mayor parte de los países el peso del sector público es preponderante, hay algunos, como Holanda, en el que el sector privado asume la mayor parte de la educación.

La ordenación tampoco es homogénea. Hay sistemas educativos que mantienen itinerarios diferenciados para el alumnado. Otros han adoptado lo que se califica como "escuela comprensiva", donde todos los escolares estudian con los mismos objetivos. Los centros con el modelo comprensivo se pusieron en marcha a finales de los 50 por los gobiernos laboristas británicos, y se han extendido más o menos por la mayoría de países en los tramos educativos secundarios inferiores. Probablemente, el país más entusiasta de este modelo fue España con la LOGSE. Se dice que la escuela comprensiva garantiza mucho mejor la igualdad de oportunidades y permite niveles adecuados de educación a todos. Pero esto no es así en todos los casos.

También encontramos diferencias en rasgos que, en España, se consideran relevantes para la calidad de un sistema: las horas lectivas anuales para cada etapa, muy diferentes en los distintos sistemas; en el inicio de la edad real de escolarización (Finlandia o Alemania la inician a los 5 o 6 años; en España, a los 3); en los salarios del profesorado, en el que España se encuentra en la zona alta; en el gasto público que se dedica por alumno, etcétera.

Ninguno de los indicadores citados explican, por sí solos, la mayor o menor eficacia educativa o el grado de equidad de los sistemas educativos. Existe unanimidad a la hora de detectar los principales problemas educativos de Europa: el fracaso escolar de un sector demasiado amplio del alumnado de la secundaria obligatoria; la débil relación entre el sistema educativo y el sistema productivo; la insuficiente incorporación de las nuevas tecnologías de la información a la actividad didáctica del profesorado; las dificultades por la incorporación masiva de los inmigrantes al sistema escolar; la ruptura de la estabilidad y el orden en las escuelas con la aparición de brotes de violencia, etcétera. Pero no hay unanimidad en las soluciones.

LO QUE parece claro es que la fórmula de importar modelos de otros lugares no suele funcionar. Es importante conocer y estudiar las medidas que han adoptado los países en los que mejor funciona el sistema educativo, pero no para copiarlas, sino para aprender de ellas y encontrar las correctas soluciones. Que siempre deberán considerar la propia realidad social, la historia y tradición de nuestro sistema educativo y la cultura profesional del profesorado.

JOAQUIM Prats. Catedrático de la Universitat de Barcelona.