Deberíamos dar gracias por vivir en un país tan igualitario en el cual hasta el más tonto llega a ministro. Véase el caso del señor Sevilla. Indiscreto, lenguaraz, precipitado en sus juicios, rebosante de estulticia, fatuo y, si me lo permiten, metepatas. Pero ahí está, con cartera ministerial y diciéndole al secretario general de Comisiones Obreras y Marineras que Montilla es un charnego y que, a causa de ese detalle, no puede ser candidato a la presidencia de la Generalitat. Cachis la mar.Y pensar que si no es por el señor Sevilla no nos hubiéramos enterado! Gran servicio ha prestado este caballero al socialismo español y al catalán. Bien es cierto que, con lengua pizpireta, añadió: «Pero es cojonudo para mil cosas». Ah, señoras y señores, qué desgracia que alguien de la altura intelectual del Excelentísimo señor ministro Sevilla te considere «cojonudo para mil cosas» menos para la de ejercer el cargo público de mayor relevancia política en tu tierra.
Don Jordi Sevilla, que es el Nostradamus de nuestra época, lo dice, sentencioso y vacuo como el Don Timoteo que nos describe Larra: «Todavía no es el momento». O sea, que los charnegos no deben ni pueden adelantarse ni un segundo en el reloj del Excelentísimo Sevilla. Y uno, que también es charnego, pues aunque nacido aquí, mis padres eran de allá y ya no sé si soy nación, preámbulo, pacto entre dos, entre tres o entre cuatro, me digo, ¿habrá calado tan hondo el nacionalismo excluyente en Cataluña, que hasta los ministros de España han adoptado como dogma de fe que, o te llamas Riusdevalls de la Gironella y perteneces a una de las cien familias que mandan en Cataluña, o más vale que te dediques al macramé? ¿No hemos aprendido nada?

Uno, que ha releído estos días el magnífico Ultimas tardes con Teresa, no puede por menos que sospechar que Sevilla, a pesar de ser un inoportuno, tiene parte de razón. Ningún partido en Cataluña tiene bemoles para presentar a un candidato que no pueda exhibir un pedigrí de exquisita catalanidad. Que a estas alturas, alguien del prestigio político e intelectual de Miquel Iceta, tenga que recordar que no es obligatorio ser catalanista para considerarse ciudadano o ciudadana de pleno derecho en Cataluña, me parece indicativo de la situación.Forzoso es decir que, si al acceder Maragall al poder, en vez de pasarse dos años hablando del hecho nacional, de si somos o no somos y de la Corona de Aragón, hubiera encarrilado su gobierno al fin para el que le votaron los electores, a saber, hacer todo aquello que Convergència i Unió no hizo en más de dos décadas, ahora estaríamos de otra manera.

Hombre, para disipar dudas, y aunque sólo sea como experimento, podrían aprobar de una puñetera vez el Estatut, convocar el referéndum preceptivo en Cataluña, y adelantar las elecciones presentando a Montilla como candidato del PSC. A ver qué pasa, ¿no? Claro está que, para ello, Maragall debería retirarse.President, si lo mira usted bien, ya ha entrado en la historia.Fue el alcalde olímpico y será el president de un Estatut maravilloso y balsámico. Un president chiripitifláutico, más que Macià, más que Tarradellas, más que Pujol. Además, creo que en Roma aún le guardan su despacho en la universidad, ¿no? Pues eso, hombre. Alegría. Y así podremos saber si los charnegos pueden o no pueden gobernar Cataluña. Digo yo, vamos.