LA victoria de Hamás en las elecciones es el resultado lógico de un «proceso de paz» que dura desde hace más de una década y que ha desoído por completo lo que estaba ocurriendo en la sociedad palestina. En lugar de vincular con seriedad el proceso de paz a la construcción de una sociedad libre, el mundo democrático, incluido Israel, hizo la vista gorda mientras la sociedad civil palestina era vaciada, sus calles eran tomadas por matones armados y sus jóvenes adoctrinados para ensalzar a los terroristas suicidas y despreciar a Israel, EE.UU., los judíos y los cristianos.

La comunidad internacional repetía su superficial fórmula por la paz como un disco rayado. La legitimidad internacional, las concesiones israelíes y los miles de millones de euros en ayudas fueron utilizados para fortalecer a Arafat y a la Autoridad Palestina de Abbas -los «moderados» que habían renunciado a la violencia y aceptado la existencia de Israel- y para marginar a grupos extremistas como Hamás.

El resultado de las elecciones es el fruto de este planteamiento fallido para la pacificación, que no consistía más que en apoyar a una dictadura corrupta. El mundo creyó que presionar con severidad a los líderes palestinos para que aprobaran reformas reales sólo debilitaría a la Autoridad Palestina internamente y consolidaría a Hamás. Es justamente lo contrario. Al no insistir en que la Autoridad Palestina se dedicara a mejorar la vida de los palestinos, EE.UU., Israel y la UE dieron una imagen deleznable a los palestinos, que sólo veían cómo empeoraba su vida.

Cuando Arafat murió, yo tenía esperanzas de que tal vez se emprendiera un nuevo camino hacia la paz. Pero eso no iba a ocurrir. No se dijo a Abbas que sin unas reformas serias no gozaría del apoyo del mundo libre. Por el contrario, se le dio el aprobado cuando se negó a enfrentarse a los grupos terroristas. Por su parte, el Gobierno de Israel se embarcó en una estúpida política de concesiones unilaterales que no hizo sino consolidar a las fuerzas del terrorismo en la sociedad palestina.

Para el mundo exterior, los palestinos ahora han elegido al partido del terrorismo en lugar del partido por la paz. Pero para la mayoría de los palestinos, las diferencias entre Hamás y el «moderado» Al Fatah no radican en sus opiniones sobre Israel. En realidad, satélites de Al Fatah como Tanzim y las brigadas Al Aksa no eran menos responsables del terrorismo contra Israel que Hamás y la Yihad. De hecho, la principal figura de la lista de Al Fatah era Marwan Barghuti, un hombre que cumple cinco cadenas perpetuas en una prisión israelí por su participación en atentados. No, la verdadera diferencia para los palestinos era que una Autoridad Palestina dirigida por Al Fatah era concebida como una organización corrupta e irresponsable que no había hecho nada por mejorar la vida de los palestinos, y que seguiría sin hacerlo, mientras que Hamás no se veía contaminada por la corrupción y era apreciada por ofrecer servicios sociales.

Teniendo en cuenta que el voto era una elección entre terroristas corruptos dedicados sólo a sí mismos y terroristas que también se dedican a los demás, ¿es sorprendente que Hamás haya vencido de forma aplastante? Muchos palestinos se decantaron por Hamás por el fin de la corrupción, el restablecimiento de la ley y el orden y las reformas reales; el eslogan de Hamás no fue «Lanzad a los judíos al mar», sino «Cambio y reforma». La paradoja es que el único partido que los palestinos consideran creíble en este programa de reformas internas es una organización terrorista dedicada a la destrucción de Israel y que ha declarado al presidente Bush «el enemigo de Dios» y «el enemigo del islam».

Ahora que la corrupta dictadura de la Autoridad Palestina se ha derrumbado y que una organización terrorista que cabalga sobre una ola de resentimiento por el estado de las cosas está asumiendo el poder, el mundo libre tiene la oportunidad de restablecer la claridad moral en el proceso de paz. El mundo debe basar su apoyo a este nuevo régimen en dos condiciones blindadas. Primera, que Hamás debe abandonar explícitamente el objetivo de destruir Israel y renunciar al terrorismo. Y, segunda, que debe dedicarse a crear una sociedad libre para los palestinos. Durante 12 años, Israel y el mundo han impuesto la primera condición y han ignorado las pruebas cuando ésta era quebrantada. En cuanto a la segunda condición, no sólo se percibían las reformas democráticas como algo irrelevante para la paz, sino que el apoyar a una dictadura se consideraba esencial. Si el nuevo régimen palestino no acata estas condiciones, el mundo libre, incluido Israel, debe enfrentarse activamente a él y retener la legitimidad, el dinero y las concesiones. Pero también debemos buscar vías para apoyar a cualquier individuo u organización palestino que se atenga a estas condiciones.

Mi temor es que los resultados de las elecciones palestinas desacrediten todo el concepto de reforma democrática en Oriente Próximo. Pero eso supondría vituperar una idea sin haberla puesto a prueba. A pesar de todas las conversaciones sobre la necesidad de reformas y de democracia en Palestina, en lo único en que insistió el mundo fue en celebrar elecciones.

Las elecciones no hacen una sociedad libre. Las elecciones en una «sociedad del miedo» en la que no hay ley ni orden y en la que las instituciones democráticas son inexistentes pueden llevar a los peores elementos al poder. Espero que la política de fomentar la democracia en Oriente Próximo no haya recibido un golpe mortal. Al igual que tantas decenas de miles de árabes en la región, son incontables los palestinos que desean un futuro mejor, y debemos buscar todas las formas de trabajar con ellos. De lo contrario, no sólo acabaremos traicionándolos una vez más, sino que también nos pondremos en peligro a nosotros.

Nathan Sharansky. Exviceprimer ministro de Israel, candidato por el Likud a las elecciones parlamentarias en Israel y autor del libro La causa de la democracia.