Repsol se quedó ayer sin acción de oro (aunque YPF la sigue teniendo del Gobierno argentino), y el valor subió como la espuma en Bolsa, aupado por lo que cualquier persona enterada conoce desde hace tiempo, a saber, que está en el punto de mira de todas o casi todas las grandes petroleras mundiales, y que el día menos pensado el amigo Brufau se desayuna con una OPA encima tan grande como la catedral de Burgos.
Para añadir más pimienta al condimento, la hispano-argentina había perdido –antes del subidón de ayer- algo más de 7.000 millones de euros de capitalización bursátil desde los máximos de septiembre pasado, lo que en teoría le hace más vulnerable a un zarpazo, aunque hay que reconocer que para la magnitud de los balances de los potenciales agresores, 7.000 millones arriba o abajo no parece cifra bastante para animar o desalentar una iniciativa hostil. Recuérdese, por ejemplo, que el gigante ExxonMobil ganó el año pasado después de impuestos más de 29.000 millones euros (28.300 capitalizaba ayer Repsol), y que Royal Dutch/Shell vale en Bolsa casi 250.000 millones de euros.
No es ocioso recordar que la gripe de Repsol YPF ha venido motivada por la necesidad de reconocer un ajuste del 25% en sus reservas de petróleo y gas, un asunto que puede resultar capital para entender lo que va a ocurrir en el sector a nivel global. Y es que ninguna de las grandes petroleras –por supuesto tampoco Repsol- está pudiendo reponer sus reservas al ritmo desbocado al que cabalgan sus ventas de productos petrolíferos, por culpa de una demanda permanentemente insatisfecha, lo que origina un desfase entre ambos rubros que de forma paulatina tiende a restar valor a los activos del balance.
Cada día resulta más difícil y, sobre todo, más caro, localizar nuevas reservas en cualquier lugar del planeta. En principio, porque ya está todo bastante explotado, y porque aquellos países en los que aún existen posibilidades claras de nuevos hallazgos, caso de Iraq, la situación política lo hace imposible. En los últimos 5 años, las 8 primeras petroleras mundiales no han podido recuperar ni el 50% del dinero invertido en exploración con el valor actualizado de sus reservas.
Lo cual está dando lugar al curioso fenómeno de que las gerencias, atendiendo a la creciente dificultad de rentabilizar las enormes inversiones necesarias para hallar nuevos yacimientos, opten por devolver el dinero a sus accionistas en forma de dividendo o mediante la recompra de sus propias acciones, en lugar de gastárselo en aventuras de dudoso final.
En estas condiciones, la tentación está a la vuelta de la esquina. La forma más directa de superar el gap que cada día se va abriendo más entre el nivel de producción y el de reservas consiste en comprarlas, es decir, sumar las reservas de otra compañía de menor tamaño, fenómeno que anuncia un nuevo proceso de concentración en el sector, vía fusiones amistosas u OPAS hostiles. Este es el horizonte al que se enfrenta Repsol.
Por suerte para Repsol, no será asunto fácil lanzarle una OPA hostil, con o sin golden share de por medio. En primer lugar, porque cuesta trabajo imaginar una iniciativa de ese tipo, venga de alguno de los grandes consorcios de la UE o de fuera de ella, que no esté consensuada con el Gobierno de turno, y hoy por hoy resulta muy difícil pensar que el Gobierno Zapatero o cualquier otro pudiera darle su visto bueno. Alguien ha dicho que sin energía propia, la independencia de un país resulta una palabra vacía de contenido y no anda muy descaminado.
Y en segundo, porque en las actuales circunstancias, la situación geográfica de los activos de Repsol-YPF se ha convertido en su principal salvaguarda contra cualquier tentación de las grandes. Por paradójico que parezca, su mayor debilidad es hoy su gran fortaleza. Difícilmente, en efecto, querría ninguna gran multinacional del petróleo entrar en avisperos como Argentina, Bolivia o Venezuela –tres de los bastiones de Repsol-, países gobernados hoy por Gobiernos de claro tinte populista, cuando no de un izquierdismo que nada bueno promete en términos de respeto a las reglas del libre mercado.
En esas estamos. En el Paseo de la Castellana 280 confían por encima de todo en los buenos oficios del Gobierno amigo como parapeto capaz de desalentar cualquier iniciativa hostil, pero Antonio Brufau no debería fiarse un pelo. Y prueba de que no se fía es el acuerdo anunciado ayer con una petrolera sueca. Apenas un paso, con todo, en espera de que prospere la gran operación que anda rastreando por las llanuras norteamericanas.
jcacho@elconfidencial.com

Lo de Repsol en Bolivia y Argentina...pinta muy mal....