Al fin, parece que va a cumplirse una aspiración del «viejo» Gijón; al fin, la villa va a dar un salto «cuanti» y «cuali» en lo que significa modernización; al fin, todos tendremos piso, que a 6.000 euros metro en la Feve, serán regalados; dos metros: dos millones de las pesetas viejas; al fin, los constructores centuplicarán su «riqueza» y, quizá, sostengan al Sporting, con tanto y cuanto la ciudad, luna creciente, les regala; al fin, podrán tener calle don Agustín Argüelles y... hasta su humilde servidor de usted.

De cero, pasaremos a dos hoteles de cinco estrellas; de la nada, al metrotrén; de la industria, al servicio; de la mar abierta, a reponer, para adorno, el monte Coroña. Crece Gijón, más que crecerá cuando las fuerzas de la cultura invadan las aulas, los patios, paredes y butacas del viejo y horrible monumento de la Universidad Laboral, Orfanato, o lo que sea, fuera o fuese. Al fin, pronto, sonarán los claros clarines del Arco que tensa y dispara su flecha para clavarla en el concebido Centro de las Artes Industriales..., y en el bolsillo del contribuyente. Que no se podrán mantener paredes, proyectos, técnicos y asesores internacionales del aire limpio de Cabueñes, sino de los euros del jugoso presupuesto, que, como usted sabe, nutre sus sabrosos jugos del impuesto, del que también se mantendrán los 300, ¡los asientos que quería Gil Robles para el telón negro!, de la televisión autonómica. Más series, más novelones, más romances, más noticias, más políticos... con trescientos servidores. Casi nada. Trescientos para producir la nada imaginaria absoluta.

Cuando cada mañana formen en el rebuscado patio de la Ciudad de las Artes y las Letras, los trescientos educantes televisivos, como antaño formaban los jesuitas a los huérfanos mineros educandos, torre, teatro, iglesia los contemplan, por divisiones, cursos, centurias y secciones, Jorge León, podrá decir, mostrándolos, «he ahí mis poderes». Que don Jorge es, como Cisneros, conventual, inquisidor y cardenalicio, aunque no franciscano.

Pero no estaba yo, estimado lector, paciente lectora, llorando futuras ruinas anunciadas, sino cantando próximas glorias deseadas..., aunque tengan los techos de cristal, o porque tengan los techos de cristal... Techos de cristal, vieja aspiración de José Somoza, padre del jovellanista don Julio. Don José soñó con cubrir de cristal la calle Santa Lucía, casualmente en la que vivía y tenía propiedades. «Para que los días de lluvia el paseo del bulevar pueda hacerse a techo». Ganaba el comercio y revalorizaba sus propiedades con el techo de cristal.

Recién terminado uno de los últimos veranos de los ochenta del siglo XIX, que había sido particularmente lluvioso, alguien retomó la idea, pero no para acristalar la Santa Lucía de Don José, que ya había muerto, sino para acristalar la mismísima calle Corrida, donde tenía el orador sus numerosas propiedades. «Arránquense los árboles, bramaba en el Casino, que ningún objeto tienen sino plagar aquello de mosquitos y otros insectos; adoquínese o, mejor, pónganse losas desde la esquina del estanco hasta la calle del Carmen en todo su trayecto; cúbrase después con cristales y he aquí una plaza, pasaje o bulevar como se quiera llamar, bastante capaz y amplio, en el cual se pueda pasear a todas horas y en todo tiempo, porque tendremos el piso seco y estaremos a cubierto de la lluvia... Allí tendrá nuestra juventud su sitio, que contribuirá eficazmente a su desarrollo, los adolescentes hallarán en él su robustez y los ancianos su conversación...».

Hasta ahora nadie nos ha dicho para qué servirá el bulevar futuro de cristal cubierto... ¿Para que corran bicis, patines y patinetes, que hoy espantan y, al parecer, tanto contribuyen a la urbanidad, desarrollo y robustez de juventud y adolescencia?, ¿para reunión de ancianos?, ¿para salón de actos del Ateneo? Hermosa solución sería al problema de su falta de techo; ¿para que desde lo alto podamos ver y disfrutar, que no sólo va a disfrutar el señor notario, de les «agarradielles» de los y las populares locales?

El proyecto del novísimo Gijón es subjuntivo y sugestivo. Vése que alguno de los viejos Junqueras de Gijón, iluminó al Junquera, arquitecto y jerónimo, aunque el cardenal fuera franciscano: «Esos son mis poderes». Y con ellos, el arquitecto ganó el concurso. ¿Ganaremos nosotros con su obra el futuro?, ¿o ganaremos el cielo? Dios dirá. La ocasión no es, de momento, parda ni calva, sino de la buena esperanza. Que atruenen las campanas, Gijón crece. Los jóvenes y los empleados temporales, al fin, tendrán casa... ¿Dónde?... Lo indican en el departamento municipal de la vivienda, «Gijón Informa». Por supuesto, en las vías no. Las vías, mañana, serán para «ricos». El mañana todo será para «ricos». ¿Se imagina?: todo para Ronaldo...