No sé ustedes, pero yo ya estoy hasta las narices de la imagen del árabe, con la cara tapada o descubierta, que enarbola un fusil junto a un occidental secuestrado o lo dispara al aire en plaza pública mientras me amenaza a mí y a mis compañeros de continente, cultura o religión con volarme la cabeza. Desde aquí le digo al airado islamista, aunque no me pueda ni me quiera oír, que me deje en paz, que se vaya al carajo, que rece sin tasa si así le place y que disfrute de su vida medieval. En definitiva, que no me incordie a mí como yo no le incordio a él. Si los suyos piensan que el mundo no ha cambiado desde los tiempos de las Cruzadas, yo opino lo contrario y quiero dejarle claro que sus códigos y prohibiciones no me afectan. Y que si quiero hacer bromas sobre Dios, sobre cualquier Dios, estoy en mi derecho. Entre otras cosas porque Dios, ese gran humorista, lleva riéndose de mí desde el principio de los tiempos.
Este exordio viene a cuento de la que se ha liado con la publicación en Dinamarca de unas caricaturas de Mahoma que han sacado de quicio al sector más radical del mundo islámico. La respuesta de esa gente ha sido la de costumbre: amenazarnos de muerte a todos. Ya sé que se trata de una minoría que no representa al auténtico islam porque el islam es amor y bla, bla, bla, pero, de momento, ya estamos todos en el punto de mira del fanático de turno como lo estuvo hace unos años el pobre Salman Rushdie. Y mucho me temo que estamos empezando a actuar, como colectivo, con la misma tibieza que entonces. Es decir, pidiendo excusas y reconociendo que, con el pretexto de la libertad de expresión, los escritores, los dibujantes y cualquiera que piense por cuenta propia nos están metiendo en un fregado considerable.
No estoy hablando de lanzar en público exabruptos antiárabes ni en responder al cerrilismo ajeno con el propio, sino de dejar bien claro que la represión y la censura del mundo islámico, molesta y lamentable en sus lugares de origen, es sencillamente inaceptable en los de adopción. Lo lamento mucho, señores de la metralleta y de la capucha, pero en Occidente, entre otras ventajas sociales, ni se le rebana el clítoris a las niñas ni se mata a nadie por bromear acerca de la divinidad. Es más, el derecho a ironizar sobre Dios nos lo hemos ganado a pulso a lo largo de los siglos y a nadie se le escapa que, si pudiera, la Iglesia católica seguiría enviando gente a la hoguera. Como no puede, se limita a financiar a la COPE y a montar manifestaciones a medias con el PP, actividades que, sin duda, Galileo y Miguel Servet hubieran encontrado tolerables.
Los agnósticos no le tenemos ninguna manía a Dios. Algunos, incluso, nos hacemos preguntas constantemente acerca del sentido de la vida, que a menudo se nos escapa. De quien no nos fiamos es de los supuestos representantes del Señor en la Tierra. Con lo que nos ha costado en Occidente dejar de temer a nuestros clérigos, sólo nos faltaría tener que aguantar a los curas de los demás. Tras las censuras y prohibiciones del cristianismo mal entendido, ¿hay que soportar las censuras y prohibiciones de un islamismo no menos mal entendido? Creo que no.
Por eso urge solidarizarse con los humoristas daneses sin fisuras, reconocerlos como miembros de nuestro club (basado en la libertad de expresión) y defenderlos en público sin insinuar que se han metido en un lío y nos han metido a en él. Ceder ante el matonismo, aunque éste se ampare en la religión o en la patria, siempre acaba envileciendo a una comunidad.

Escribe un comentario