Un prestigioso analista político egipcio, Wahid Abdel-Mayid, ha escrito hace algunos días un enjundioso y apretado artículo en el que traza la imagen del desánimo y depresión (as-sura al-kaiba) en que se encuentran los árabes al llegar el nuevo año. No es la fácil y apresurada exposición superficial y estrictamente descriptiva, fingidamente sorprendida además -¿caben ya las sorpresas?-, asustadiza y alarmante, con que nos obsequian con frecuencia tantos presuntos especialistas en la materia que, aparte de ser tendenciosos, se creen omniscientes, para aumentar así la desconfianza de quienes buscan con empeño el más correcto conocimiento y posible explicación de lo que pasa. En realidad, es la triste situación en que los árabes se encuentran desde hace ya muchos años, su larga noche oscura o su largo invierno interminable, como la han calificado algunos estudiosos del tema. Pero, como bien observa Abdel-Mayid desde el principio, ahora es peor, porque la llegada del año 2006 supone la pérdida del resto de esperanza que, según él, alentaba aún a comienzos del 2005 y del 2004.
El artículo termina congruentemente con la referencia a la nueva división, ¿cisma? (inqisam), en Irak, la violenta confrontación suní-chií. El politólogo egipcio no lo explicita, pero conviene recordar que se trata del Irak engañoso e ilegítimamente invadido por el ejército estadounidense y sus acompañantes, y que ha ocasionado que este país se convierta en el tremendo y enloquecido foco de terrorismo y resistencia en confusa mezcla que ahora es. Y como todo en esta parte del mundo está entramado, nos aclara que «no será posible evitar que esa división, o cisma, aumente sin resolver la crisis siria, con sus fuertes y directos reflejos sobre El Líbano».
La crisis siria, existente desde hace tiempo, se recrudece ahora con las últimas declaraciones «explosivas» hechas, desde su opulento exilio de París, por el ex vicepresidente y ex ministro de Exteriores sirio Abdel-Halim Jaddam, en las que decía que «la solución era derrocar a Asad». La conmoción que se ha producido en el mundo árabe se ha reflejado adecuadamente en sus medios de comunicación, y en concreto en la prensa más representativa. Lo digo por mi propia experiencia de lector cotidiano de la misma: en estos últimos días me he echado al coleto casi 50 artículos sobre este asunto. Obviamente, hay de todo. Voy a resumir lo que considero más importante, y seguramente novedoso para el público español.
Un editorial del periódico Al-Quds al-Arabi precisa los tres grupos de reacción formados. El primero ha sido radicalmente crítico con Jaddam, tildando sus declaraciones de ejercicio de oportunismo político y acusándole de querer aliarse con los enemigos de su país para arreglar cuentas personales; el segundo toma partido por Jaddam, valora su secesión y considera que las críticas que hace del régimen sirio son legítimas y llegan a su tiempo; el tercero, finalmente, está contra las dos partes, contra Jaddam y contra el régimen, haciendo a ambas responsables de la denigrante situación actual en Siria.
Ya digo: lo esperado, y hasta quizá habitual e inevitable en estos casos, y no sólo en medios árabes. El editorial concluye, con acierto, que «si se trata de una venganza personal contra el régimen y sus símbolos, es una venganza pequeña, y que quizá les cueste muchísimo, a él personalmente, al régimen, y puede que también al pueblo sirio». Tengo para mí, no obstante, que predomina con claridad la tónica de rechazo, de censura y hasta de escarnio, por lo que se considera mayoritariamente traición de un individuo deslegitimado por su larga trayectoria política anterior para hablar así. Isam Numán, por ejemplo, político y escritor libanés, le recuerda que ha sido durante mucho tiempo testigo privilegiado «que lo vio todo a lo largo de 35 años de práctica política prolongada, pero que eligió ser ciego, o fingir serlo, en la mayor parte de lo que vio», cumpliendo a la perfección «la función de contemplar a todos los demás, pero no de contemplarse a sí mismo». Muhammad al-Hasnaui, escritor sirio, ha aprovechado la ocasión para enumerar minuciosamente los «terremotos» sufridos por Siria durante la era del Partido Baaz. El investigador sudanés Abdel-Wahhabe al-Afandi, residente en Londres, denuncia a su vez el papel cumplido por la cadena televisiva Al-Arabiyya en esta «comedia» de Jaddam, y que es «la última etapa del desmoronamiento del Estado de servicios secretos árabe». Un lector se pregunta, desde Jerusalén: «¿Volverá Jaddam en un carro de combate americano, o francés?». Y no me extrañaría que haya habido hasta quien recordara en este trance que el apellido del desplazado dirigente sirio, Jaddam es una palabra árabe que significa literalmente «criado».
Soy de los que piensan que los cabezas de chorlito no abundan en política. Suponer que un individuo tan calculador, tan experimentado y tan implacable como Jaddam, tan ambicioso y tan reprimido al tiempo, se ha movido sólo por ofuscación, por ambición, por remordimiento, y hasta por venganza, me parece un error. Lo que ha hecho, y cuándo, cómo y dónde lo ha hecho, ha sido con su cuenta y razón, con su propósito. Más aun, cabe sospechar que sus palabras están calculadas, que tienen una intención concreta y que están directamente relacionadas con la gestación de un clima que augura conflictos venideros.
Si este permanente segundo hombre del régimen parece ahora empezar a postularse como posible primero futurible, y no ha dudado en provocar lo que un buen conocedor del panorama político árabe, Salim Nassar, califica de «golpe de Estado» (inqilab), será por algo. Seguramente sólo el propio Jaddam, y muy pocos con él, lo saben. Pero por encima de todo queda clara una cosa: el momento en que lo ha hecho es absolutamente crucial, lleno de incertidumbres y de posibilidades. Las hipótesis de futuro, eso que ahora se viene llamando «escenarios», son tan variadas como peligrosas, alarmantes y hasta parcialmente imprevisibles. A los hechos ocurridos en las últimas 48 horas me remito.
Bastantes árabes se están haciendo varias preguntas cruciales y sumamente inquietantes. Nos las hacemos también, con ellos, quienes estamos profundamente preocupados por lo que en esa parte del universo ocurre, no sólo ahora, sino desde hace más de un siglo, quienes estamos totalmente convencidos de que allá se está jugando no sólo su porvenir sino también en gran parte el porvenir de la Humanidad. A una de estas preguntas concretas, reactualizada ahora, me referí hace pocas semanas en EL MUNDO: ¿se está desarabizando el mundo árabe? En este momento, se impone la siguiente: ¿pasará con Siria, y su entorno, lo que ha pasado con Irak? En el caso concreto de Siria la cuestión cobra además, posiblemente, una dimensión especial, teniendo en cuenta no sólo el lugar geográfico que ocupa, sino también el peso material y simbólico que Siria ha adquirido en la conformación de eso tan lábil que se puede llamar «la arabidad».
Sin duda, la situación hoy no es exactamente la misma que era en el pasado aún reciente, pero tampoco faltan inquietantes términos de semejanza entre ambas. Renuncio deliberadamente a hacer lo que viene siendo habitual y reiterativo: tratar de establecer un saldo apresurado, e inevitablemente parcial, de la «empresa Bush» en Irak. Es pueril y engañoso. Prefiero referirme a algunos de los términos de semejanza, diferenciados, y a algunos de los nuevos factores, que ahora aparecen.
Se trata también de un régimen y de un presidente que se ven sometidos a un largo y permanente doble proceso de erosión, de acoso y de derribo: desde fuera, por los implacables objetivos de lo que es, a pesar de todos sus errores, sus fracasos, sus engaños y sus carencias, un plan neocolonial, que busca ante todo la consecución de sus intereses y beneficios, y desde dentro, por los abundantes errores cometidos por ese régimen y su ya probada incapacidad para acometer las reformas internas necesarias, en todos los campos, cada vez más clara y urgentemente pedidas por la propia sociedad siria.
No falta quien aventure también ahora la posibilidad de una solución desde dentro, pero el editorial antes mencionado considera que «tal vez el Sr. Jaddam no tenga éxito en la guerra que ha declarado para cambiar el régimen en Siria, pues no es el rostro plausible que pueda unir tras de sí a la oposición... y la movilización de la calle siria para derribar el régimen desde dentro parece una empresa casi imposible en relación con él». Entre otras cosas, el presidente sirio ha hecho lo lógico: buscarse la inmediata ayuda exterior en la parte más cualificada de su entorno más próximo, reuniéndose con el rey saudí y con el presidente egipcio.Es una reacción natural, totalmente y hasta encomiable. Yo, personalmente, me he alineado siempre con quienes piensan (no somos muchos, sin embargo) que el mundo árabe está absolutamente necesitado de la formación y actuación de un eje político que hasta ahora no ha existido: El Cairo-Riyad-Damasco. Si ese eje hubiera existido, la historia contemporánea de la región habría sido, con toda seguridad, otra. Pero es una apuesta cuya posible eficacia está por ver, y no pocos analistas árabes se lo están expresando así, con matices diversos, al propio mandatario sirio. Basta seguramente con trasladar aquí lo que uno de ellos, Muhamamd Saleh, asegura: «Tengo derecho a decir que si Egipto y Arabia Saudí quieren salvar a la nación árabe de una catástrofe que llegue a través de los muros de los países sirios (Bilad-Ax-Xam), los esfuerzos deben concentrarse sobre Washington y París, y decirles en voz alta: levantad vuestras manos de Siria, porque de lo contrario, un infierno se abrirá por completo en toda la zona de Oriente Medio».Es cierto, pero falta la mención de Israel. Ráguida Dirgam sí lo ha tenido en cuenta, al trazar «los escenarios para encargar un golpe israelí contra Líbano y Siria».
Pedro Martínez Montávez es arabista y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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