Lo de «pobre, pero honrado» parecerá inocuo, pero encierra la tremenda presuposición de que los pobres, por regla general, no son honrados, o al menos, la de que tienen mayor justificación para no serlo que los ricos. La versión femenina aún es peor, pues frente a «pobre, pero honrada», la mujer pobre que no se prostituye casi desmonta ese lugar común de cierto progresismo, de que la prostitución es siempre resultado de la pobreza.
Alguna preconcepción ideológicamente fuerte podemos encontrar también detrás de una expresión que se ha hecho ubicua en el lenguaje presente y que tiende a la aniquilación sañuda de cualquier intento de conciliación en el revuelto asunto estatutario. La revisito al participar en un debate televisivo y alguna parte de mí se siente herida: «Cataluña y España», ya nunca «Cataluña en España», como mucho, «el encaje de Cataluña en España». La preposición ha perdido la batalla lingüística frente a la conjunción copulativa, que alimentando el universo de la paradoja, más que copular, separa. Porque si Cataluña se coloca junto a España, quien lo dice acepta que Cataluña no es España, que España no es también Cataluña y que, por tanto, antes de empezar a predicar sobre esos dos sujetos, ya hemos adoptado posiciones.
¿Cómo se ha llegado aquí? Nos venderán que esto se fragua en 1714, el año en que equivocamos bando en una lucha por el poder, pero este modo de hablar es muy moderno. Es un lenguaje que surge de la necesidad de abreviar en el discurso jurídico y político, referido al Estado de las autonomías: lo correcto en el origen era hablar, por ejemplo y para referirnos a uno de los temas que sobre la reforma más preocupan, de los conflictos de competencias entre el aparato central del Estado y las Comunidades Autónomas, ya que, como de todos es sabido, las Comunidades también son Estado. Resumir lo extenso era una tentación y, luego, pasar del Estado a España ha corroborado que bajo la estructura institucional había una realidad, tanta realidad que algunos evitan nombrarla para intentar borrarla. ¿Habrá habido intención en un modo de abreviar que facilita la gesticulación facial, pero condiciona el espíritu de modo tan importante?
Siempre ha sido así. Foucault hizo bien en recordar que la fuerza creadora de las palabras es avasalladora. Pese a la ironía de algún crítico de cine, el título de la última película de Isabel Coixet alude a la certidumbre de que las palabras tienen una vida secreta que condiciona nuestro ser y modela nuestro pensamiento.Los nombres de las cosas importan mucho más de lo que algunos políticos han estado en estos últimos tiempos dispuestos a admitir.Hablar de Cataluña y España es contribuir a la construcción de un sentimiento que con harta probabilidad anida en algunos, pero que no es de todos, y espero que todavía sea factible (y no perseguible) decir que no es el sentimiento de la mayoría. Más aún, si digo «espero» es porque me encuentro entre los que piensan que hay un proyecto español común, y que su fuerza no niega la individualidad, sino que se apoya en ella.
Es una evidencia física que no hay tensión entre dos polos, si uno de los polos cede.
Los juristas sabemos que el desuso corroe la vigencia de las normas, y las normas están hechas con palabras. No sólo hay que decir que todas las guerras son siempre civiles (porque los muertos no tienen ciudadanía, y, por tanto, ésta tampoco debería distinguir el modo de matar). Hay que decir también que todas las guerras han empezado siempre en las palabras y que es un deber político estar alerta en los usos del lenguaje.

Escribe un comentario