La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

6 Febrero 2006

A toda costa, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Bien es sabido que a toda costa significa también a cualquier precio.Se establece así una delatadora relación que nos permite subrayar que hay demasiados datos y contundentes inicios que pronostican que las costas, nuestras costas - insisto, nuestras costas- están en venta. O que, al respecto, estamos vendidos. No me desviaré en la distinción entre propiedad y apropiación, ni derivaré por los interesantes y tortuosos caminos de a quién pertenece un río, o de quién es una playa, o si alguien puede poseer los entornos, alquilar el horizonte o tomar posesión del sol y parte de la luna. Bien se sabe que la legislación aclara sobre ello. Es lo que suele decirse. Y es lo que suele suceder, que todo resulta tan posible que, al velar por cada interés no hay quien se cuide del interés de todos, que no siempre es la suma de los de los particulares.

No es preciso ser un furibundo militante ni un apóstol del crecimiento sostenible. Basta con estar convencido de su necesidad y ser un ciudadano responsable y sensible para constatar que algo va mal al respecto, radicalmente mal. No es que falte comprensión para con el llamado desarrollo, y sus planes, del que oímos ya hablar en términos que reconocemos y nos hacen ser precavidos, ni para con la difícil situación financiera de determinados municipios, ni para con la labor emprendedora de la libre iniciativa, ni para con la sempiterna cantinela de que ello traerá puestos de trabajo, servicios y actividad, como si eso zanjara el asunto. La costa no sólo es un límite, es que todo tiene límites, hasta la costa.

Evidentemente, cabe una adecuada explicación. Y la hemos escuchado. En definitiva, suele ser una combinación de una retahíla de disposiciones legales, muy respetables, por supuesto, pero también muy discutibles, con un discurso sobre la libertad, más respetable aún. Falta aquí un sujeto plural, una palabra común. Con un resultado, la resignación ante lo inexorable y la indiscriminada e interesada actividad sin escrúpulos. Las costas serán asfaltadas, alicatadas, ocupadas, tapiadas..., con efectos de estrago ambiental. Desdibujadas. Y esto es mucho más decisivo que una mera agresión estética, lo cual por cierto tampoco ha de desconsiderarse.

Empleamos ambiente en un sentido muy primordial. Es no sólo el entorno, o el clima que requerimos para algo, por ejemplo, para vivir, es también lo que condiciona nuestra forma de ser y de estar, lo que se constituye más que en un ámbito, en un verdadero espacio. Y yendo lejos, y por qué no hacerlo, una condición de posibilidad de comportarse adecuada y ajustadamente, una ética. Así como nos referimos al clima laboral, hemos de hablar del ambiente en el que vivir.

Lo que ocurre y lo que se avecina con las costas no es sólo una agresión, es un trastorno, un perjuicio, un deterioro, una suerte de delirio de eficacia y rentabilidad inmediatas, una prisa, una insolidaridad para con nosotros mismos y para con quienes no están ya o no están todavía. Y no vale con decir que la construcción resultará elegante, medida, rodeada de deportivas y cuidadas praderas. Por cierto, no siempre ni tan asequibles ni tan imprescindibles como para ampararse en argumentos de respuesta a necesidades fundamentales. Es explicable, incluso comprensible, pero no nos parece ni presentable ni sostenible, en todos los sentidos de estas palabras. Descuido y desmesura por lo visto provechosos y, en ocasiones, aprovechados. Podríamos complicar aún más el asunto refiriéndonos a las reservas de agua, a la energía hidroeléctrica y a tantas y tantas coyunturas, nada coyunturales. Podríamos referirnos a la contaminación, a la adecuada eliminación, o mejor, gestión y tratamiento de los residuos, a la alteración de los modos de relación de las formas de vida. Y, quizá, a lo que resulta menos negociable, a la necesidad de preservar, que no es sólo conservar, con acciones específicas, ámbitos para el sosiego y la recreación, lugares donde limpiar la mirada, deambular y degustar una elegida ensoñación de paseante solitario, con todos los riesgos que ello conlleva. Pero como posibilidad de una vida imaginativa y fecunda.

MESEGUER La costa ocupada es el alma invadida. Y por valores cuyo valor es el del mercado de valores. Miles de viviendas que, sin duda, se ofrecen a quienes, una vez capaces de abonarlas, las fructifiquen. Efectivamente, a cualquier precio. En todo caso, demasiado caro. Entre otras razones, porque nunca habríamos de hacer de ese valor un mero precio, y menos a toda costa.

ÁNGEL GABILONDO , rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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