Hay escenas que se te quedan en la memoria, aunque hayas olvidado casi por completo la película y no sepas distinguir exactamente el bueno de los malos. Escenas que se van repitiendo aun a tu pesar, porque vas más allá de la historia que las contuvo. Una de ellas retrata los momentos previos a la colocación de una bomba en un bar de la zona francesa de Argel, en la batalla que filmó Pontecorvo. Una chica ha entrado en el local para dejar la bolsa que contiene el artefacto en un taburete de la barra. La cámara se detiene en los instantes anteriores a la deflagración. Hay grupos de jóvenes alegres, dispuestos a ser felices esa noche, un cochecito de bebé, unos hombres tomándose unas cervezas, una mujer con ropa que acaba de comprar. Nosotros sabemos más que ellos. Hemos asistido a la preparación del atentado, a los nervios del terrorista, a la lenta evolución de las horas, de los minutos, de los segundos que preceden a la explosión, a la muerte. Todos ellos perecerán en el bar, pero el espectador tiene el privilegio (¿hay que llamarlo así?) de contemplar el tiempo como un chicle, de ocupar con su mirada esa fracción final que nadie de los que están amenazados conoce. No se habla, en esa escena, de buenos o malos, sino de la máxima perversión que se le concede al asesino (y, en consecuencia, al espectador, asesino por delegación): saber más que sus víctimas.
Me pasó lo mismo con una filmación documental de los años veinte que hace poco vi en una exposición. Es un día festivo. En las calles céntricas de la ciudad, una muchedumbre unánimemente satisfecha pasea sin otro motivo, sin otra preocupación que el paseo. Se dan cuenta de la presencia de la cámara y, en cuanto pasan junto a ella, se quedan mirando el objetivo y ríen, saludan, se dan empujones, se acicalan. Y siguen caminando. O toman el vermut: señores con borsalino, señoras con tocado, militares, jovencitas de vestidos vaporosos, niños con el traje de los domingos. No hay antes ni después, sino sólo el instante que quedó. No son sus últimos momentos, pero para mí, que los observo ochenta años después, que no puedo identificar a nadie, para mí, aparecen ataviados con la misma ignorancia feliz que los del bar de Argel. Yo sé lo que entonces ellos no querían saber: que, de ellos, ya no queda casi ninguno.
La foto de Pet Josek para Reuters que La Vanguardia publicó el pasado 30 de enero no era de ficción. Tampoco era una evocación histórica. Allí están los hombres (sólo hombres, qué extraño, decenas de hombres y ni una sola mujer, ni un solo niño) que un poco más tarde perecerán bajo los hierros del Centro Internacional de Exposiciones de Katowice. Beben cerveza y aguardiente y hay un curioso tetra-brik con zumo de limón en una mesa de madera. Dicen que en el local hacía un calor espantoso, pero todos van con chaquetas y abrigos y jerséis. Ríen, miran a la cámara. Uno de ellos hace un gesto con la mano derecha, como apartando la mirada del fotógrafo, como diciendo "no me vayas a molestar, que estoy con mis amigos, aquí, tomándome algo. Vete a fotografiar las palomas mensajeras, demonios". O como previendo que yo voy a mirarle días después, con esta mirada sucia, casi pornográfica, de asesino, intuyendo quizás (¿es eso posible?) el mensaje, lo que ahora ya sabemos él y yo.

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