En 1415 el pintor italiano Giovanni Da Modena representó al profeta Mahoma en el infierno. Se ve el cuerpo de Mahoma estirado por las largas manos de un diablo hacia el suplicio. La imagen es una especie de caricatura no demasiado conocida. Resulta evidente que es grotesca, carece de armonía y muestra una clara intención de insultar y humillar a los musulmanes. Más vale olvidarla y no exhibirla.

Me he acordado del fresco a raíz del escándalo suscitado por las caricaturas del periódico danés. En realidad, más habría valido pasarlas por alto y no darles tanta importancia. Tratadas con desprecio e indiferencia, habrían caído en el olvido. Por supuesto, lo que muestran o sugieren no tiene ninguna relación real con la personalidad del profeta. El caso es que las religiones carecen de humor y no soportan que se divierta uno a su costa. Recordemos la novela El nombre de la rosa,de Umberto Eco. La risa es intolerable en un convento. La risa es a veces un arma contra el fanatismo, pero también puede provocar más fanatismo.

Dicho esto, lo inquietante no es tanto esos dibujos tontos como las reacciones histéricas de unos y otros. Los creyentes musulmanes han dado rienda suelta a su pasión. Ciertos occidentales se han sentido amenazados por esa cólera. El periodista y escritor francés Philippe Tesson, un hombre de la derecha musculosa, se acaloró esta misma semana en un programa de televisión y gritó con todas sus fuerzas: "¡El islam nos ha declarado la guerra!".

Este asunto pone de manifiesto una vez más lo grande que es el foso que separa el mundo musulmán y Occidente, un foso de incomprensión, agresividad e incluso odio. Sí, los periodistas europeos mencionan la libertad de expresión, hablan de laicismo, de Voltaire, que escribió una obra sobre Mahoma, citan el coraje de Salman Rushdie o incluso del cineasta holandés Theo van Gogh, a quien asesinó un fanático por haber realizado una película denunciando el islam que maltrata a las mujeres. Sin embargo, esa libertad no es la misma en todas partes. Recordemos que La Pasión de Cristo de Martin Scorsese suscitó violentas reacciones entre los cristianos y que en París estalló una bomba en un cine que proyectaba la cinta.

Las viñetas han violado un tabú: la no figuración del profeta. El islam prohíbe la representación de Mahoma por una razón noble: el profeta es un espíritu supremo, una cumbre de la espiritualidad que trasciende toda figuración y que en ningún caso puede ser reducido a una imagen sea cual sea su precisión. En la película del cineasta sirio Mustafa Akkad, Mahoma, el mensajero de Dios, el profeta, no es representado, sólo aparece la sombra de la camella que supuestamente lo lleva. La presencia del profeta es sugerida, no se muestra físicamente.

Ahora bien, ¿de qué sirve provocar este incendio? ¿Por qué herir a millones de personas en sus creencias? La libertad de expresión no significa libertad para difamar, para ridiculizar ni, sobre todo, para ataviar a un profeta con una bomba, es decir, para convertirlo en terrorista.

Los símbolos son sagrados. El laicismo sólo tiene sentido cuando respeta y protege las religiones. Es inútil suscitar de nuevo el odio, porque estamos tratando con convicciones religiosas, con pasiones, y la historia está jalonada de personas que mueren por sus creencias, aunque sean consideradas irracionales por otros.

Si los países árabes y musulmanes deben acceder un día a la laicidad, tendrá que ser como consecuencia de luchas emprendidas por árabes y musulmanes. En Francia, la separación entre Iglesia y Estado sólo se consiguió en diciembre de 1905 tras largos y terribles combates de la sociedad civil de la época. No hay que olvidar que el mundo árabe todavía no ha llegado a ese punto y no hay que faltarle al respeto ridiculizando sus símbolos y creencias.

TAHAR BEN JELLOUN, escritor. Premio Goncourt 1987
Traducción: Juan Gabriel López Guix