Estoy de acuerdo con todo lo que se ha dicho a favor de la libertad de expresión respecto al conflicto entre el mundo islámico y los diarios europeos que han publicado dibujos ofensivos contra el profeta Mahoma. El diario danés y los que luego han reproducido en Francia, Noruega, Alemania, Italia y Suiza los dibujos que han indignado a los musulmanes tienen el derecho a hacerlo.

Un sistema democrático no puede perdurar sin la libertad de expresión, la libertad de pensamiento, el derecho a disentir, incluso el derecho a cruzar la línea sagrada de la intimidad de las personas. Los europeos continentales somos hijos de la Ilustración, de Rousseau y Voltaire, que propiciaron la Revolución Francesa que rompió con una sociedad que basaba sus principios en el supuesto de que Dios debía reemplazarse por la Razón.

Aquellos postulados han desembocado en una sociedad en la que la política y la religión andan por separado en un paralelismo entre las ideas y las creencias que se ha demostrado que son compatibles en el sentido de que las creencias no son demostrables porque pertenecen a la esfera de la fe y las ideas sí que son demostrables, tanto por sus efectos positivos como negativos.

En nombre de la libertad se han cometido muchas barbaridades. Como en nombre de la justicia o del bien. Las tesis de Todorov expuestas en su libro “Memoria del mal, tentación del bien” podrían resumirse en que el mal es perverso por sí mismo pero que en nombre del bien también se cometen muchas perversidades.

Los totalitarismos han causado muchos males pero en nombre del bien se han cometido verdaderas atrocidades. El nazismo y los sistemas comunistas causaron muchos males en nombre de un pretendido bien en nombre de un pueblo o en nombre del “hombre nuevo”.

Pero las democracias también han causado irreparables daños. ¿Hacía falta bombardear Dresde al final de la Guerra Mundial cuando Alemania estaba prácticamente rendida? ¿Podrían las víctimas de Hiroshima y Nagasaki estar de acuerdo en que su sacrificio evitó males mayores?

Un muerto inocente por una dictadura tiene el mismo valor moral que una víctima inocente de bombas lanzadas por un gobierno democrático. La teoría de que para hacer una tortilla hay que romper huevos, según dijo Lenin, no es válida porque el bien que se pretende alcanzar rompe demasiados huevos y acaba por aniquilar en nombre de un bien la dignidad de la persona.

La libertad no se puede disociar del sentido común, de las libertades de los demás. ¿Se acuerdan de la crisis producida por una fotografía en Jerusalén en la que el president Maragall hacía una fotografía a Carod Rovira que se cubría con una corona de espinas?

Claro que la libertad es prioritaria. Siempre y cuando se respete la libertad de los demás. ¿Somos libres de gritar “fuego” en un cine de barrio un sábado por la noche cuando la sala está repleta? Sí. Pero el que lo haga sería un irresponsable y podría causar daños irreparables.

Es incuestionable que la cultura dominante en el mundo musulmán desprecia los derechos humanos, los derechos del individuo, de la mujer y la libertad intrínseca que todos tenemos. El director del diario danés que publicó los dibujos pidió disculpas, no por haber ejercitado su libertad sino por haber ofendido innecesariamente a millones de musulmanes. Estoy de acuerdo. Pero los fundamentalistas islámicos lo consideran insuficiente, cierran embajadas y plantean un conflicto abierto con la civilización occidental.

El problema europeo es su incapacidad de defenderse intelectual, cultural y moralmente de su aportación a la civilización y al progreso. Un progreso que se debe a la Ilustración pero también al derecho romano, a la filosofía griega y a la religión judeo-cristiana.

Libertad sí, pero no para ofender gratuitamente y demostrar al mundo islámico que sus signos más sagrados son profanados por humoristas que no tienen inconveniente en ironizar o burlarse de la identidad culturalmente cristiana de Occidente.

Para llegar a este punto Europa ha conocido siglos de guerras, de luchas entre el Emperador y el Papa, de confrontaciones entre protestantes y católicos, de divisiones por motivos religiosos, de emigraciones masivas al Nuevo Mundo en busca de la libertad de conciencia que encontraron en lo que hoy es Estados Unidos.

Es arriesgado pretender que el paso de una sociedad teocrática a una sociedad democrática se pueda dar en una o varias generaciones. Son procesos muy lentos e inciertos que dejan muchas víctimas por el camino. ¿Por qué tantos musulmanes entran desesperadamente en Europa? Porque hay progreso, libertad y un horizonte vital digno.

Seria un grave error estratégico integrar a tantos millones de musulmanes que viven y trabajan en Europa aplicando las reglas de la libertad sin tener en cuenta sus creencias más profundas. El fondo del problema es que Europa funciona como si Dios no existiera y los musulmanes, también los que viven entre nosotros, viven como si Dios existiera. Este es el choque.

Finalmente, surge la gran pregunta, la más trascendente, la que George Steiner definió con esta escueta frase: “Está o no está (Dios)”. El presidente Mitterrand visitaba de noche al filósofo cristiano Jean Guitton y le preguntaba: ¿Qué hay al otro lado? El pensador no le daba una respuesta categórica. Pero le decía que entre el misterio y el absurdo se quedaba con el misterio. Cicerón invocaba a la “causa de las causas” y Saulo de Tarso predicaba en Atenas al “Dios desconocido”.

El conflicto entre lo profano y lo sagrado se remonta a la noche de los tiempos.

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