España es un país militarmente desgraciado: recuerda más las guerras intestinas que las de resistencia. En un territorio en el que la historia es utilizada en el presente como certera honda lanzada a la cabeza del contrario, la única contaminación guerrera en el lenguaje de la confrontación política es de una batalla todavía real: la taurina. Lo militar es un territorio ausente del pensamiento, de la reflexión.

La de corta trayectoria en artículos como éste o la de mayor alcance, en ensayos y libros. En muy pocos días de diferencia han coincidido dos sucesos: el retorno a Catalunya de los papeles de la Generalitat republicana y el malestar expresado por un teniente general y un capitán de la Legión sobre el proyecto estatutario y lo que consideran deriva de España. Los militares tienen vetado hacer públicas y estentóreas sus consideraciones sobre la vida política e institucional del país. Por eso quien contraviene esta norma suele hacerlo desde la periferia más delgada del régimen constitucional y democrático. Invocar el artículo 8 de la Constitución o amenazar veladamente con presentarse con soldados y equipaje ante la sede del Ministerio de Defensa es reivindicar con solemnidad un papel desde la nostalgia y la impotencia de quien no quiere saber que tiempos pasados no volverán, que ya no son posibles.

Pero esta reflexión, que añade muy poco de nuevo a lo que ya ha sido dicho en este asunto, esconde, tras la denuncia, una injusticia: la voz silenciosa de la mayoría de hombres y mujeres que forman el Ejército español. He tenido la oportunidad de poder hablar con alguno de ellos, superando su recelo inicial ante los periodistas, cabezas visibles del linchamiento moral a que muy a menudo se sienten sometidos. No tienen voz, envidian el prestigio de algunos de sus colegas europeos y tienen que rastrear las crónicas periodísticas para encontrar información sobre su labor más allá de las imágenes llorosas de mujeres y niños despidiéndoles desde polvorientas dársenas.

¿Y QUÉ relación tiene todo ello con el retorno de los llamados papeles de Salamanca? Pues que en el camino de la necesaria recuperación de la memoria histórica de aquellos que, al perder la guerra, vieron vetado el legítimo derecho de llorar a sus muertos y conservar su recuerdo, hemos obviado que gran parte de ellos eran militares. Al hablar de la recuperación de la voz de los fusilados, los enterrados en fosas comunes, los silenciados, encarcelados o torturados, la condición militar de muchos de ellos, que defendieron con su sangre un régimen constitucional, no ha sido reivindicada.

De todas las cuestiones no resueltas durante la transición española, la militar es la más secreta. Y ninguna fuerza política está libre de haber tirado su piedra particular para contribuir a enterrar este último cadáver, herencia de la guerra civil. Unos, porque se relamen con deleite cada vez que algún Mena Aguado de turno escupe sus exabruptos que ayudan a infundir miedo, una poderosa palanca para mover electores. Otros, porque se han instalado cómodamente en el antimilitarismo más simplista.

Si se pregunta a la mayoría de militares profesionales, dirán que ellos serían los primeros en firmar para que los ejércitos desaparecieran. Cuando no fueran necesarios. La vacuna de horror y sangre en que se convirtieron las sucesivas guerras sobre el territorio de la antigua Yugoslavia limitó el número de los que eliminarían, hoy y ahora, todas las Fuerzas Armadas. Ciudadanos, exclusivamente, de países civilizados que todavía no han aprendido que el espanto puede crecer como una ola al cruzar la frontera a mano derecha. O que cuando una ONG nos explica la misión humanitaria que realiza sobre el propio terreno del conflicto, no saben ver que es gracias a algún cuerpo militar que garantiza un espacio de paz y tregua para poder realizar esa labor. Y todavía añadiremos otra categoría: aquellos que consideran más fácil hacer política a partir de las encuestas que muestran que lo militar no está de moda; que perder la vida en un país lejano, o en un absurdo accidente de aviación volviendo de una misión de pacificación que nadie te agradece, se considera un derroche inútil.

LOS MILITARES están sometidos al poder civil, que es el que dictamina su destino. Pero el silencio impuesto durante los primeros años de democracia, porque demasiado bien se sabía cuál era la voz dominante, ha dado paso a un silencio ignorante tras el cual sólo podemos formular hipótesis, que muy a menudo están erróneamente basadas en las estridencias de cornetas solitarias. Esconder la cabeza debajo del ala tratando a las Fuerzas Armadas como si fueran una cuñada incómoda que nos cayó de herencia cuando de nuevo logramos casar el país con la democracia sólo dará alas a las febriles cabezas calientes que aún quedan en algunos cuarteles.