Tras exterminar a la izquierda -kurdos, fedayines y comunistas-, perseguir a los liberales y deshacerse de los religiosos progresistas como Madari, Talegani o Montazeri, el régimen iraní, ya bajo control absoluto de los ayatolás integristas, quedó inicialmente dividido entre radicales y pragmáticos. Con Jatami, irrumpió en los años 90 la corriente reformista que, finalmente, sería desplazada por el sector más conservador de la República Islámica.Ahora, el enfrentamiento afecta a este núcleo duro del sistema, separando a su brazo armado de los clérigos.
En este sentido, la llegada de Ahmadineyad a la Presidencia puede considerarse como un verdadero golpe de palacio de la guardia pretoriana de Jamenei para superar una crisis de la que se responsabiliza a los ayatolás. Muchos de ellos están siendo acusados, incluso por la prensa oficial, de haberse instalado en una corrupción que corroe como un cáncer la Administración y con la que se han enriquecido tras 26 años de controlar los resortes del poder.
Se suele poner como ejemplo de esta situación que realizar un simple trámite puede suponer mordidas de más de 1.000 dólares o que funcionan unos 150 puertos ilegales por los que entran todo tipo de productos, incluidos los que están prohibidos. El resultado es una economía que solamente se sostiene debido a sus impresionantes recursos energéticos en gas y petróleo. El desánimo cunde entre inversores, empresarios y profesionales; la inflación llega al 25%; hay 10 millones de parados, 11 millones de personas viven bajo el nivel de la pobreza, y no hay futuro para 30 millones de jóvenes. La bolsa de Teherán es una de las bajas del mundo, tras una caída del 80%. Liquidados los reformistas, la única forma de salir del caos era echar mano de las Fuerzas Armadas; es decir, de los disciplinados y fieles Guardianes de la Revolución (pasdaranes) y de los Basiyis (voluntarios). Esta es la verdadera razón de que Ahmadineyad se han impuesto a figuras como Rafsanyani y Karrubí en las pasadas elecciones y de que hoy los militares copen los principales cargos políticos.
El propio Ahmadineyad personifica la actual correlación de fuerzas iraní. Procedente de los Basiyis, representa a los sectores de población más desfavorecidos, una especie de proletariado de escasa formación política y cultural, y receptor de las ayudas benéficas del Estado. El nuevo presidente intenta cerrar filas en base a este segmento social tanto con medidas populistas por ejemplo -prometiendo distribuir acciones de la industria petrolera-, como fomentando los valores religiosos más supersticiosos, como ocurre con el hipotético retorno del Mahdi, el imam desaparecido.
Pero, como buenos militares, este sector está potenciando el nacionalismo frente a la amenaza exterior, justificando así la necesidad de tener su propio programa nuclear, pese a ser Irán una de las principales potencias energéticas del mundo.
Sólo hay una cosa en la que los nuevos pretorianos no pueden competir con los ayatolás: su preparación religiosa. Por eso buscan una relación directa con Dios a través del Mahdi, del que se consideran predecesores inmediatos.
En todo Irán hay numerosos santuarios donde se cree que reaparecerá este Salvador, quien instaurará en la tierra el reino de los cielos. El Gobierno de Ahmadineyad solamente potencia uno de ellos, el de Yam Karam. Incluso entre este pozo del que se supone que saldrá el Mesías y la capital se ha trazado una autopista que el tradicional sentido del humor de los iraníes ha convertido en chiste: se ha construido para que, así, el caballo del Mahdi pueda llegar más rápidamente a Teherán.

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