Roberto Natali, nuevo cónsul general de Italia, es un experto en comunicación social, varios años portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores en Roma y agregado de prensa en Washington. A finales del pasado verano anunció que, en su gestión en Barcelona, pondría el acento en las actividades culturales de su país en Catalunya. Primer acierto: una espléndida exposición de Piero Guccione, (Sicilia, 1935), uno de los maestros de la pintura italiana contemporánea. "Es un buen principio", confirmaba Elena Sgarbi, la joven cónsul, quien, en sus tres años y pico de labor en su despacho del Eixample, ha pulsado la fiebre artística que aquí se vive.
Pintura poética y paisajista en una selección de suma elegancia, de color y calor mediterráneos, según subrayaba mosén Bonet, director del Museo Diocesano, soberbio marco de la Pia Almoina cedido para esta ocasión. La sensibilidad de Piero Guccione recoge toda la gama de matices, de luces y penumbras que, a diversas horas del día o de la noche, brinda a la contemplación humana el horizonte marítimo de las costas sicilianas. El maestro, artista sin ínfulas, sencillo y sentimental, allí estaba traído por una misión cultural siciliana, atraída por afinidades históricas con esta plaza de comunes raíces romanas, helénicas e hispánicas, y actuales vibraciones autonomistas. Acogido por Baltasar Porcel, Estrada Vilarrasa y otros colegas e intelectuales italianizantes.
Contactos entre potencias latinas que, dentro del europeísmo unionista se van multiplicando. Pues, hoy mismo, en Turín le dan la bienvenida a un viejo amigo catalán y universal de los Agnelli y otros ilustres piemonteses, Juan Antonio Samaranch, que todavía hace pocos años llegó a tiempo para aconsejar a los organizadores de los Juegos de invierno a punto de apertura. Pese al trauma que supuso el fallecimiento del moderno y excepcional condottiere,y a dificultades de orden interno, la gran urbe transalpina sacará buen provecho de este acontecimiento.
Junto al ex presidente del Comité Olímpico Internacional y otros vips, el domingo quedará inaugurado el aeropuerto local, una de las grandes obras proyectadas, además de la autopista que conduce a Sestrière. Cuando quede listo el tendido ferroviario de gran velocidad, Milán y Turín estarán a menos de una hora de tren, a la espera del tunel que, vía Francia, los unirá directamente a Barcelona.
No es un sueño, será una realidad en marcha, para la que tiene que redoblar esfuerzos, inversiones y creatividad el trío de naciones latinomediterráneas. En ellas se alojan tres de los cuatro motores de Europa a los que desde Barcelona, Lyon y Milán dieron alas hace más de veinte años. Los tres dan y conviven sobre el mismo bulevar. Una Riviera y unas costas privilegiadas. Un litoral que, cuando se han dado vueltas al mundo por todos los meridianos y latitudes, está comprobado que es de lo mejorcito.

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