Los dirigentes del mundo se han visto sorprendidos por la espectacular victoria de Hamas (nombre oficial: Movimiento de Resistencia Islámica) en las elecciones parlamentarias palestinas del mes pasado. Sin embargo, el triunfo de Hamas no ha sido ni una sorpresa ni un hecho aislado. Forma parte de una tendencia que está transformando el paisaje político de las sociedades musulmanas.
De modo paradójico, la defensa de la democracia del Gobierno de Bush ha ayudado a los activistas islámicos a incrementar su fuerza política. Para muchos musulmanes, suspicaces ante los esfuerzos estadounidenses por exportar la democracia a sus tierras, un voto en favor de los islamistas es un voto en contra de la política exterior de EE. UU. y sus aliados locales. De modo que el presidente Bush ha contribuido sin quererlo a sembrar las semillas de una revolución islámica pacífica, aunque no en la dirección que él había imaginado. Da la impresión de que el orden político laico impuesto tras la Primera Guerra Mundial se está desmoronando. Los islamistas, cuyo objetivo es establecer estados basados en la charia, la ley islámica, han obtenido recientemente espectaculares victorias electorales en Egipto, Iraq, Arabia Saudí, Marruecos, Pakistán, Kuwait, Jordania y Turquía, además de Palestina. EE. UU. haría bien en escuchar lo que dicen los votantes musulmanes.
Egipto, el Estado árabe más poblado, es un claro ejemplo. En las elecciones parlamentarias celebradas en el mes de noviembre pasado, los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista prohibido pero tolerado, superó las duras restricciones sobre el voto (según observadores internacionales, las fuerzas de seguridad impidieron que sus votantes ejercieran su derecho en muchos colegios electorales) y la detención de miles de partidarios; la organización obtuvo el 20% de los escaños, con lo que multiplicó por seis su presencia en el Parlamento. Este resultado es tanto más impresionante por cuanto se presentó únicamente en una cuarta parte de las circunscripciones. Antes de las elecciones, los dirigentes de los Hermanos Musulmanes aseguraron al régimen del presidente Hosni Mubarak, un incondicional aliado de Estados Unidos, que no tenían ninguna intención de desalojarlo del poder. De celebrarse hoy unas elecciones abiertas y libres, los Hermanos Musulmanes vencerían por una holgada mayoría, como Hamas en Palestina y como los partidos religiosos chiíes y suníes en Iraq.
No debemos sorprendernos de que los electores musulmanes hayan preferido votar islamista. Los gobernantes laicos no han logrado proporcionar trabajos, servicios sociales ni educación, ni tampoco defender la patria de las amenazas exteriores. Los islamistas son vistos como la alternativa eficaz a la desacreditada clase en el poder. Existe una percepción generalizada de que Al Fatah es un partido profundamente corrupto e inepto. Son también muchos los que opinan que el presidente Mahmud Abbas no ha sido lo bastante firme con Israel. Los resultados electorales muestran que el 60% de los palestinos votó por Hamas porque prometió poner fin a la corrupción, reformar las instituciones y defender sus derechos frente a Israel. La mitad de esos votantes no son miembros leales de dicho movimiento ni pertenecen a su base social; ante todo, han querido castigar a Al Fatah por abusar de su confianza.
Hay demasiado pocos experimentos democráticos islamistas para poder extraer lecciones y conclusiones definitivas de los resultados de Palestina, Egipto y los demás países. En Turquía, el partido islamista gobernante, Justicia y Desarrollo, ha reforzado el imperio de la ley y ha respetado los fundamentos laicos del país. En Irán, en cambio, los mulás en el poder han reprimido con brutalidad la disidencia política. En términos ideológicos, Hamas y los Hermanos Musulmanes están más próximos de los mulás iraníes que de los islamistas modernizadores.
Es improbable que Hamas experimente una transformación drástica. Los años de existencia clandestina y de resistencia armada han marcado profundamente sus bases.
En todo caso, hay una cosa clara: los islamistas correrán una suerte similar a la de sus precursores laicos si no proporcionan bienes sociales o si implican a su pueblo en costosas aventuras militares contra enemigos reales o imaginados. Los electores les darían la espalda tan rotundamente como han abandonado a los actuales dirigentes. Con otras palabras, el electorado musulmán no es en sí mismo islamista de un modo radical o fundamentalista; más bien está desencantado y harto de opresión, corrupción e incompetencia, y se está dedicando a dar una patada en el trasero a su dirección política, es decir, está haciendo algo normal en una sociedad democrática. Seguro que este temor atormenta a los dirigentes de Hamas mientras intentan gobernar una sociedad bajo ocupación, una sociedad presa de un torbellino socioeconómico y político, y cuya supervivencia económica depende de la ayuda exterior.
FAWAZ A. GERGES, titular de la cátedra Christian Johnson, Asuntos Internacionales y de Oriente Medio, Universidad Sarah Lawrence, Nueva York
Traducción: Juan Gabriel López Guix

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