La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

4 Febrero 2006

Ahí sigue Oneto, de Incitatus en El Confidencial

Raúl de Pozo se mete con él y usa un delicioso léxico del barrio de La Celsa para llamarle dandy. Y qué si lo es. Se pondrá unas camisas minuciosamente imposibles y es verdad que, pasados lo 60, se pasea por la redacción hecho un pincel (yo diría que un pincel de los que usaban Teniers, o Gainsborough; todo lo más, Fragonard), pero conserva intacto su prestigio, su periodístico olfato de perro perdiguero de las Marismas y, esto sin duda, su influencia. A estas alturas ya se puede decir que Pepe Oneto, parapetado tras el célebre flequillo rubiasco que ha resultado ser, por su propia esencia, muchísimo más permanente e inalterable que los Principios Fundamentales del Movimiento, es el periodista más importante que ha habido en España en los últimos cuarenta años. Y ahí sigue. Y cómo.

Sé que las comparaciones son odiosas, pero eso es precisamente lo que las hace atractivas. Presenta dos libros antiguos Pedro José Ramírez Codina y se juntan en el Palacio de Congresos todo el cabildo catedralicio del PP, Fedeguico Bagbaggoja Losantos y la órdiga de gente ávida de oír cómo truena Aznar empuñando, como una maza, el fémur incorrupto de Jaime Balmes. Presenta Pepe Oneto un libro cuidadosa, minuciosamente revisado, 23-F, la historia no contada (Ediciones B) y al salón de conferencias del Congreso de los Diputados no acude tanta gente, es verdad –Oneto no da mítines, tiene cosas más importantes que hacer–, pero allí se presentan Sabino Fernández Campo, José Bono, Santiago Carrillo, el inefable ex diputado jerezano Antonio Morillo (protagonista involuntario y eficacísimo del libro), Manuel Soriano y, por parte del Grupo Zeta, Antonio Asensio Mosbah y Miguel Ángel Liso. Y se produce un acto importantísimo, mucho más que la ordalía que organizó, o le organizaron, a Ramírez. Sentado en la cuarta fila, oyendo las palabras tremendas que allí se estaban diciendo, yo miraba y, como Rubén Darío, “lo que veía / casi no creía”: en la misma fila que yo, pero al otro extremo, había una cara que… ¿Sería? ¿No sería? Sí, sí era. Está mayor, está pocho, está algo tembloroso, pero sigue siendo Francisco Laína García, aquel hombre impagable que el 23-F, por indicación del Rey, montó un Gobierno provisional de subsecretarios y mantuvo en España, con dos cataplines como dos peñascos, la prevalencia del poder civil sobre el poder militar que se abalanzaba –de un lado del golpe o del otro– ya a por todas. No lo había vuelto a ver desde que fuera gobernador civil de León, allá por las postrimerías del franquiense. Sentí una alegría inmensa. A ver: que levante el dedito quien se crea capaz de sacar de casa, para asistir a la presentación de un libro, a todos los antedichos, sí, pero también y sobre todo a Francisco Laína. Nada menos. Pues ése es Pepe Oneto.

“En aquel tiempo”, que hubiera dicho cualquier evangelista, a Oneto se le alteraban dos guedejas del flequillo y medio Gobierno de la nación corría, despavorido y despelurciado, a la peluquería. Pepe, al frente de Cambio16, era la piedra en el riñón que provocaba aquel color amarillo y el aspecto macilento que arrastraba el presidente Arias Navarro por los Consejos de Ministros. Oneto titulaba en portada “Arias lo para todo” y en Castellana, 3 –sede entonces de la Presidencia– se oían unas blasfemias a gritos que cuarteaban los cimientos mismos de la Escolástica y la Patrística. No podían con él. Mientras aquel último Gobierno de Franco (que no primero de la Monarquía, eso es mentira), tan parecido a una obstrucción intestinal, buscaba desesperadamente en la biblioteca de Pío Cabanillas las obras de Lampedusa, para ver el modo de cambiar lo indispensable para que todo siguiera igual, Pepe, Miguel Ángel Aguilar y muy poquitos más tomaron por asalto la libertad de expresión que aún no existía, empezaron a escribir lo que les salía de las informaciones y derribaron a cabezazos –no sin chichones, no sin dolor– las portae inferi de la censura franquista. Sin aquella exhibición testicular de los grandes periodistas de entonces apenas hubiera sido posible nada de lo que pasó después. A ellos se les debe mucho más de lo que se les ha pagado. Don Juan Carlos, asesorado por aquel búho sabio y mefistofélico que fue Torcuato Fernández-Miranda y Hevia, cometía el “inmenso error” (Cierva dixit) de nombrar a Suárez presidente del Gobierno, y al hirviente Adolfo no le preocupaban tanto los militares, ni el bunker, ni Carrillo, ni la gran banca, ni el cardenal primado, ni Fraga ni Areilza, ni la Virgen del Pilar que no quería ser francesa, como le preocupaba Pepe Oneto. Y perdía el culo por invitarlo a comer –a él y a los demás periodistas del Club Blanco White– al restaurante La Nicolasa, para contarles durante siete horas y media cómo rayos pensaba desatar lo que parecía tan bien atado, cómo planeaba hacer la Transición. Porque sabía que, sin Pepe y sus secuaces, aquello tiraba menos que las chimeneas de las castañeras que había en la Puerta del Sol.

Pepe Oneto se iba a comer paella con el cardenal Tarancón a un convento de monjitas que guisaban como ángeles, y el sibilino don Vicente le contaba cosas que, aún hoy, harían saltar por los aires a “Rouco y sus hermanos”. A Pepe lo llamaba Juan Carlos para interrogarle fieramente sobre lo que decían de él las escolopendras del Pazo de Meirás, porque Pepe lo sabía y Juan Carlos… no tanto. Y luego se desahogaba con él. A Oneto le pedía Suárez que fuera a verle, cuando todos los terrorismos arreciaban, nada más que para soltar tacos delante de él, unos tacos tremendos, unos denuestos como municiones de obús, y calmarse luego. Porque todos –Tarancón, el Rey, el presidente– sabían que Pepe Oneto no sólo era, por sí mismo, un poder enflequillado e insoslayable en la España de entonces, sino un tipo del que te podías fiar. Un tío noble, un tío honrao. Era y sigue siendo, por encima de todas las cosas, una buena persona.

Hombre, había que tener cuidado: Pepe, aparte de con Paloma, sólo se ha casado en esta vida con otra tía, a la que respeta como a nadie en este mundo: la Verdad. La información contrastada por veintisiete sitios. Aquel gaditano de la Isla, que se despertaba –y se despierta– por las mañanas posando los ojos sobre una pintura que le dedicó su amigo Rafael Alberti, se comportaba, en realidad, como los moros de Tánger: si eres sincero y leal con él, él lo será contigo. Si tratas de engañarlo, de llevarlo al huerto, de manipularlo o de marearlo como a una perdiz, lo más probable es que te dedique una de sus famosas sonrisas kennedyanas, que haga un chiste o que suelte una de esas carcajadas contagiosas que tanto y tan bien reparte. Pero puedes darte por jodido, hermano. A Pepe Oneto, ni Dios le toma el pelo. No hay más que ver, después de tantos años, cómo lo tiene.

Pero no iba de estrella del Bolshoi. Nunca lo ha hecho. La primera vez que lo vi, hace ya más de treinta años, fue en el restaurante La Marquesita, justo enfrente de El Pardo. Franco estaba, como él mismo escribió, a punto de “rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio”. Aquel lugar estaba atestado de fotógrafos y plumillas que, en muchos casos, mataban las interminables horas de espera jugando a las cartas, aguardando a que les trajesen la noticia como les traían aquellos espléndidos bocadillos: con un plato, una servilleta y una caña. Oneto, no. Oneto se echaba la zamarra al cuerpo y se iba a preguntar, a fisgar, a observar, a tomar notas en su cuadernito. Oneto era, entonces, lo más parecido que hoy puede imaginarse a un salétite espía. Todo lo anotaba: qué temperatura había cuando entraba Arias, qué gesto tenía el guardia civil de la puerta, qué ponía en el presbiterio de la iglesia del pueblo, desierta, cuando operaban al Caudillo; qué decía la prensa nacional, qué la internacional (este hombre se leía hasta los periódicos de Argel), cuánta gente había por la Castellana y qué hacía y hacia dónde iba, qué ponían en la tele. Esa era la encarnadura de unas crónicas hechas a partes forzosamente variables de información exclusiva y de luz, de olor, de texturas, de campanadas de reloj, de frío o calor, de noticias en segundo plano, de sonidos y hasta de pelos de punta –nunca olvidaré lo que escribió sobre los terribles fusilamientos de Hoyo de Manzanares, en septiembre de 1975: los hilos de sangre reciente que brotaban de la mala tablazón de los ataúdes y que buscaban lentamente su camino por el cemento sucio del suelo–; esas crónicas, digo, te llevaban allí, te hacían sentir el frío o la tensión o la desesperanza, te obligaban a formar parte de lo que leías. Dios, es que leyendo aquello estabas helaíto en la misma puerta del Ministerio, es que olías a sudor de dos días en el vestíbulo de La Paz, a las seis de la mañana, mientras aquel tipo no terminaba de morirse; es que lo estabas viviendo por escrito. Pepe, entonces, era –a la fuerza ahorcan– el mago Merlín del tiempo condicional, del “en cierto modo” y del “fuentes de toda solvencia”, que obviamente él tenía. Hoy ya no escribe así ni él ni nadie, pero aquellas crónicas magistrales –y luego llega el otro arrapiezo diciendo que si el “nuevo periodismo” americano y tal y cual– nos enseñaron a escribir a muchos que, en aquellos días, ni imaginábamos cómo se podía llegar a hacer la “o” con un canuto. Aquellos textos apasionantes sirvieron luego de encofrado a libros que Pepe, imposible saber cómo, escribía en quince o veinte días, ¡y sin que le diera un infarto después!: siempre era el primero en poner en la calle doscientas minuciosas, tremendas, electrizantes páginas –las mejores de las veces en tiempo presente, que tanta velocidad da a lo que se cuenta; qué dominio, qué bien escribe y ha escrito siempre Pepe, coño– sobre la agonía de Franco, sobre la dimisión de Suárez, sobe el tejerazo, sobre lo que fuera menester.

Puso en la definitiva Historia de España a Cambio16. Hizo de Tiempo, durante muchos años, no sólo un éxito de ventas sino una referencia obligada en la información y el análisis periodístico de este país, como hoy sigue siendo. En su puñetera vida ha quemado una fuente, ha sido desleal con un amigo, ha despreciado, o ninguneado, o engañado, o hecho malvadamente daño a nadie. Este melómano irredento que se echa a llorar –yo he visto eso en el Auditorio Nacional– con el Lacrimosa del Réquiem de Mozart, lo mismo que se le quebró el alma cuando tuvo que despedirse de sus redactores para irse, reclamado por Antonio Asensio, a Antena 3; este gaditano zumbón que discute conmigo, como si en su vida le hubiese preocupado otra cosa, de las Cantatas Masónicas del Genio de Salzburgo; este tipo al que le suena en el teléfono móvil, cuando alguien le llama, el tutti orquestal del tercer movimiento de la Sinfonía nº 3 en Do menor, “Sinfonía con Órgano”, de Camille Saint-Saëns, en la versión celestial que grabó Daniel Barenboim en 1976, es, desde hace cuatro décadas, el periodista mejor informado de este país. O quiten ustedes el adjetivo “informado”. Sin más, el mejor.

Acaba de presentar la revisión de uno de aquellos célebres libros de hace un cuarto de siglo. La noche de Tejero se ha convertido en 23-F, la historia no contada. Oneto ha actualizado toda la información, asombrosa, que él tenía, y le ha añadido ochenta páginas que son pura nitroglicerina. Primero, porque de ese episodio sabe más que ningún otro periodista. Segundo, porque ha inventado una nueva teoría, o mejor dicho práctica, de la cuenta de sumar. Oneto, inatacablemente documentado, pone sobre la mesa un dos. Al lado, pone otro dos. En el medio, el signo de adición. A la derecha, el siglo igual. Pero deja que sea el lector quien, un cuarto de siglo después, saque la cuenta. Les juro que da escalofríos. En la presentación, un Sabino Fernández Campo aparentemente cansado, queriendo hacer ver que está ya de vuelta de todo a sus casi 87 años, soltaba como sin voluntad, al desgaire, frases afiladas como cristales de hielo que nadie parece haber oído bien: aquella noche del 23-F, “el Rey consolidó definitivamente sus sentimientos democráticos”… Ah, aquellos episodios que mejor no sería menear mucho “para no complicar situaciones actuales”…

Esta frase que escribo ahora vale para hoy y para hace treinta años: sean cuales sean los sentimientos que alientan ustedes, sus preferencias políticas, sus creencias, sus conocimientos o sus querencias hacia una u otra forma de Estado, haría muy bien en leer este libro, 23-F, la historia no contada, de ese gaditano indoblegable que se llama Pepe Oneto; ya saben, ese tipo adorable pero incómodo –según para quién– cuyo más alto y definitivo amor en esta vida es la verdad, el rigor y la información contrastada.

A Pepe Oneto le encantan, de siempre, las citas. Me dan ganas de acabar con una… parafraseada. Lo hubiera dicho Napoleón: “Soldados de Francia: desde las hebras eternas de ese flequillo, cuarenta años de periodismo os contemplan”.

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Koldo

Koldo dijo

BALADA DE FRA RUPERT

El Pare Rupert Maria de Manresa era el nom de religió que havia adoptat Ramon Badia i Mullet. Les seves prèdiques eren molt escoltades i comentades, fins a l'extrem d'assolir que el més granat de la burgesia anés a sentir-les. Malgrat ser bons coneguts, Sagarra no va poder-se'n estar de fer una curiosa explicació del seu èxit.

Fra Rupert, de les dames predilecte,

menoret d'aparell extraordinari,

puja a la trona amb el ninot erecte

i com aquell que va a passar el rosari,

sense gota ni mica de respecte

als vots del venerable escapulari,

mostrant impúdic el que té entre cames

excita la lascívia de les dames.

I amb veu entre baríton i tenor

canta Rupert, l'impúdic fra menor:

Gustós, senyores, m'avinc

a explicar-vos com els tinc.

Els tinc grossos i rodons

com els pares Felipons.

I els tinc nets i sense tites

com els Padres Jesuïtes.

Els tinc frescos i bonics

com els Pares Dominics.

Cadascun em pesa un quilo

com els del Pare Camilo.

Se'ls podria portar amb palmes

com aquells del Mestre Balmes.

No els tinc tous ni tampoc nanos,

com els tenen els hermanos.

Ni plens d'innoble mengia

com els del Cor de Maria.

Ni tenen les bosses tristes

com els dels Germans Maristes.

I no em ballen nit i dia

com els de l'Escola Pia.

No són els grans de rosaris

que pengen als Trinitaris.

Ni fan aquell tuf de be

dels frares de la Mercè.

Cap paparra se m'hi arrapa

com als monjos de la Trapa.

Ni massa tocatardans

com són els dels Salesians.

Ni peluts ni escadussers

com els d'altres missioners.

Ni amb el gàl·lic i els veneris

d'altres dignes presbiteris.

Ni ridículs ni pudents

com ho són en tants convents.

Ni aprimats per els mals vicis

com els tenen els novicis.

Ni tronats i plens de grans

com els pobres postulants.

Ni amb els senyals alarmistes

dels ous dels seminaristes.

Ni amb un tip i altre dejú

com els frares de Sant Bru.

Se'm poden contrapuntar

amb tots els sants de l'Altar.

No se'm poden tornar enrera

com li passava a Sant Pere.

I tenen un toc tan suau

com els collons de Sant Pau.

Son peces que fan lluir

com els de sant Agustí.

I poden omplir un cabàs

com els ous de Sant Tomàs.

I encara sobrar-ne un tros

com passava amb Sant Ambròs.

Tenen aquell tuf honrat

dels collons de Sant Bernat.

No m'arriben fins al cul

com a Vicenç de Paül.

No m'escalden la titola

com a Ignasi de Loyola.

No em freguen la pastanaga

com a Sant Lluís Gonçaga.

Hi ha més tall i més tiberi

que en els de Sant felip Neri.

No hi ha al món un tal encert

com els ous de Fra Rupert.

La que els toqui amb vehemència,

cinc-cents dies d'indulgència.

La que en copsi la grandària,

fins indulgència plenària.

I el cul que no els és rebel

anirà del llit al cel.

No té l'Església Romana

cosa més noble i més sana,

ni té l'ordre Caputxina

peça més pulcra i més fina,

disposada a tot servei

Ad Majorem Gloriam Dei.

15 Julio 2006 | 10:29 PM

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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