No engaño a nadie si les digo que tengo una preventiva desconfianza hacia el presidente Rodríguez. No me gusta, para qué les voy a mentir. Puestos a comparar, si el director de este periódico opina que Aznar era o es un franquito como gusta de calificarle, Rodríguez esconde, tras una fachada de talante y sonrisa, un espíritu sectario, radical e intolerante. A Aznar, por lo menos, se le veía venir. Vamos, que hemos pasado de Guatemala a guatepeor, si es que alguna vez estuvimos en Guatemala, cosa que tiendo a poner en duda. Viene esto a colación del viaje de Rodríguez a Ceuta y Melilla. Ya sé que me quedaré bastante solo en lo que voy a decir, pero lo achaco a esa natural tendencia de respetar lo políticamente correcto y creer en la buena fe del gobernante si éste se llama Rodríguez que tienen la mayoría de mis compañeros de profesión, incluso los que se dicen críticos con el poder, por aquello de guardar ciertas formas de neutralidad que luego los ‘plumillas’ adictos al régimen no respetan nunca. Estos días he escuchado halagos al gesto que han llegado a repugnarme por lo que tienen de servilismo a la oficialidad, y lo digo sin acritud. ¡Válgame Dios!, nunca creí que pudiera haber tango ciego consciente a la luz de la farsa que se estaba desarrollando ante nuestros ojos. Sospeché algo así, pero no imaginé que de forma tan descarada.

Me explico. Al saber de la confirmación del viaje, acudí al origen de la polémica, un artículo publicado por mí en este periódico que recordarán ustedes –La mano que mece la cuna...- y en el que exponía los motivos por los que Rodríguez incluía, entre sus planes de Gobierno, la entrega de Ceuta y Melilla al Reino de Marruecos. Muchos lectores me han escrito y han escrito en el foro reclamándome la fecha de la cesión, como si se tratara de una rendición y Rodríguez fuera Boabdil entregando las llaves de Granada, pero al revés, es decir, a los árabes. Ni España se va romper en fecha y hora señalada, ni Ceuta y Melilla serán objeto de intercambio tal día, de tal mes, de tal año próximo, sino que en ambos casos se producirá un proceso que desembocará, por una parte, en esa concepción confederal que Rodríguez dibuja como configuración del Estado y, por otro, en la paulatina cesión de las dos ciudades al vecino del sur por la fuerza de los hechos mientras nuestro Gobierno mira para otro lado. Y el viaje no ha hecho más que constatar que esto es así. Es más, me temo que estaba perfectamente diseñado para que el asunto de Ceuta y Melilla volviera a la palestra. No dejó de sorprenderme que Rabat reaccionara con la callada por respuesta al anuncio del viaje, y que haya sido ya, una vez puesto el pie de Rodríguez en suelo melillense, cuando la prensa oficial y los portavoces alauitas hayan esgrimido sus argumentos a favor de la marroquinidad de las dos plazas.

En aquella ocasión ya avanzaba que la estrategia del Gobierno y sus correveidiles sería la de ir creando un caldo de cultivo favorable a la cesión como algo inevitable. A nadie se le escapa que si Rodríguez hubiera afirmado en esta visita que Ceuta y Melilla forman parte del territorio marroquí, tales declaraciones habrían tenido el efecto de un terremoto de grado máximo en la escala de Richter. Precisamente por eso era necesario que hiciera justo lo contrario, es decir, que reafirmara la obviedad de la españolidad de las dos plazas, cosa que no ha hecho, o que allí mismo respondiera a las críticas que desde Marruecos se vertían al viaje, críticas que, en mi opinión –y alguna fuente de información tengo para aseverarlo-, estaban perfectamente calculadas y negociadas en los circuitos diplomáticos. Por si tenía alguna duda, desde Madrid el portavoz parlamentario socialista, Pérez Rubalcaba, afirmaba que Rodríguez había ido a Ceuta y Melilla porque allí “viven ciudadanos españoles”, y lo dijo dos veces para que no hubiera lugar a equívocos. Es decir, que Rodríguez fue a Ceuta como pudo ir a Buenos Aires. Si este viaje ha servido para algo, es para volver a poner Ceuta y Melilla en la mesa de la negociación con el reino alauí, mientras Mohamed le recuerda a Rodríguez los favores que le debe, entre ellos el de ser presidente, nada menos.

Aunque no es al único al que se lo debe. Esta es la fase que falta para cerrar el círculo de lo que también llamé una vez el trinomio mortal de Zetapé. El miércoles, sin ir más lejos, se dio un paso de gigante para avanzar en otro de los puntos esenciales de su estrategia, con la depuración al modo más dictatorial posible del fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, facilitando así un poco más el proceso de sometimiento al chantaje de ETA. Fungairiño es una víctima propiciatoria de ese pacto no escrito que llevará a ETA a volver a estar presente en las instituciones vascas, humillando la memoria de sus víctimas que verán, como ve la esposa de Ramón Baglietto, a los asesinos circular impunemente por la calle y reírse de ellos en sus narices. Ya lo hacen, según me dicen mis amigos del País Vasco. Es la segunda pata del triple pacto que ha llevado a Rodríguez a dirigir nuestros destinos, y quizás sea la más dura de digerir. Pero en las próximas semanas asistiremos a una orgía de satisfacción porque la paz está cerca, mientras a nuestras espaldas se negocian beneficios carcelarios para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Coincido en esto con el análisis que hace Jaime Mayor Oreja y creo, desde hace mucho tiempo, que tiene más razón que un santo.

Fíjense en la sucesión de hechos. Primero fue el Estatuto catalán y, mientras éste se negociaba, se mantenían los oportunos contactos en el País Vasco con el entorno de ETA. Una vez que el Estatuto camina en la dirección del acuerdo y que sus líneas fundamentales contienen los elementos necesarios para llevar a cabo ese cambio de régimen político hacia un sistema confederal al que aspira Rodríguez, ahora se refuerza la presión sobre el tema vasco y se empieza a dar entrada en el tablero de juego a Ceuta y Melilla. Ninguno de estos tres elementos es ajeno el uno del otro, y todos están estrechamente relacionados con los luctuosos sucesos del 11-M. Existe una cuarta pata de la mesa que evita que el tablero se venga abajo, y es la marginación política del PP y la estrategia para hacer que salga de las instituciones, bien por la vía del aislamiento y la crispación, bien por la vía de las urnas. Les adelanto que el PSOE prepara una reforma de la Ley Electoral que camina en esa dirección. La cuadratura de un círculo con el que se traiciona al Estado de Derecho y a los consensos básicos que dieron lugar a la Constitución del 78, y todo ello por una codicia desmedida de permanencia en el poder. La mano que mece la cuna empieza a ver como el diseño de lo que habría de suceder da sus frutos.

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