Ayer noche PSOE y PP pactaron retirar del proyecto de reforma del Estatuto la mención a la barrera electoral (el 5%) y dejarla la polémica para la reforma de la ley electoral valenciana. Para todos los que esperábamos que el PSOE no cediera y apostara por las minorías, esas que le han de llevar a la Generalitat, supone otra batalla perdida. Nunca antes habíamos estado tan cerca de eliminar esa injusta barrera. Esa barrera que hace que el Bloc Nacionalista Valencià (BNV) tenga más votos que IU en Castellón y que no tenga escaño por no llegar al 5% de los votos emitidos en toda la mal llamada Comunidad.
Con la reforma de las Cortes Valencianas, en las próximas elecciones habrá que conseguir 50 escaños para obtener la mayoría absoluta. Las última encuesta de intención de voto realizada en el País Valencià, (lanzada por Opimerco en diciembre de 2005), ofrecen unos datos que aplicando una barrera del 3% da una proyección de escaños de 49 al PP, 41 al PSPV-PSOE, 5 a EU (IU) y 4 al Bloc. Si fueran estos los futuros resultados el PSPV podría optar por pactar con IU y BNV para gobernar. Esto solo es posible si se rebaja el techo electoral o si IU y Bloc deciden presentarse bajo una misma candidatura. Opción cada vez más probable para los que pensamos que es necesaria una unión de las izquierdas para obtener representación parlamentaria y mantener viva la llama del nacionalismo valenciano.
El nacionalismo confiaba en el PSPV-PSOE para rebajar el barrera. Y para defender la unidad de linguística, como así refleja el dictamen de la Academia Valenciana de la Lengua. Otra batalla perdida. Y es que Joan Ignasi Plà no es Maragall. De estos quedan pocos, por no decir que es el último, de los socialistas que aun creen en el federalismo. El PSPV estuvo un tiempo hermanado al PSC. Incluso militó en él Ernest Lluch. Recuerdo un tiempo en que Valencia entera se echó a la calle pidiendo independencia, autodeterminación, estatuto... Recuerdo un tiempo en el que el PSPV no renegaba de la palabra País Valencià. Y ahora la rechazan a pesar de llevarla en el nombre del mismo partido. Algunos valencianos, "muy pocos", dice Arzalluz en su biografía, formaron parte, junto al PNV y CiU, del Equipo Demócrata-Cristiano del Estado Español. Leo a Arzalluz ahora y me habla de una memoria histórica del pueblo vasco que le hizo resurgir al PNV tras la dictadura. Claro que eso solo fue posible gracias a la labor de unos pocos que mantuvieron viva esa llama nacionalista durante cuarenta años.
Valencia fue reino, tuvo unos fueros que quedaron abolidos tras la derrota carlista en la batalla de Almansa en 1707. Recuperó su consciencia de pueblo con Joan Fuster, y lo demostró tras la caída del régimen franquista. Pero la derecha confundió el valencianismo. Halló su punto débil, la identidad simbólica, la lengua, la senyera... y lo fustigó enfrentando violentamente a sus dos versiones, ultravalencianistas y catalanistas. El Estatuto del 82 sucumbió al empuje jacobino de UCD y PSOE. Otra batalla perdida, y la pérdida de consciencia.
Hoy, todavía queda una llama, representada en el Bloc. Pero los partidos mueren sino están en las instituciones. Se va la posibilidad del 3%. Quiero creer en la memoria histórica que dice Arzalluz, en el concepto de intrahistoria que acuña Unamuno y que aplica Joseba Arregi al nacionalismo vasco. Valencia no es solo barracas, fallas, paellas y naranjas. No es solo un trozo de tierra con playa que los madrileños colonizan en verano cual antigua franja de Gaza. Somos pueblo. Y como dice el poeta Vicent Andrés Estellés, "allò que val és la consciència de no ser res si no s'és poble". ( Lo que vale es la conciencia de no ser nada si no se es pueblo.).
Fran Lluch. Experto en Comunicación y Conflictos armados.

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