El nombre de Eduardo Fungairiño viene subrayado en la agenda de la jornada. Fiscal jefe de la Audiencia Nacional que deja de serlo porque su superior jerárquico, Cándido Conde-Pumpido, le llamó a capítulo el miércoles por la mañana para espetarle ante dos borradores de carta preparados por los servicios técnicos de la casa: “O te vas, o te echo”.
“Me voy, me voy”, respondió Fungairiño, el ‘indomable’, el de la memoria prodigiosa, el que pasa de periódicos, radio y televisión “por higiene mental” para rendirse exclusivamente ante los documentales de la BBC.
Atrás queda una polémica gestión de nueve años en el ámbito de la lucha contra el terrorismo. A dedo le nombró entonces el fiscal general (Jesús Cardenal, mayo 97), en contra de la opinión unánime de sus colegas. Cero votos (o sea, ‘cero’ votos) obtuvo en tres intentos sucesivos entre los miembros del Consejo Fiscal, cuya consulta era y es preceptiva, aunque no vinculante. Y a dedo le ha cesado el fiscal general (Conde-Pumpido, febrero 06), aunque lo han revestido de “razones personales”, las de Fungairiño para presentar la renuncia. Y de “razones profesionales”, las de Conde-Pumpido para aceptarla.
Así funciona esta institución guardiana de la legalidad, donde la dependencia jerárquica –una cadena de mando, como en el Ejército- y la unidad de criterio son instrumentos al servicio del principio máximo: unidad de actuación. O sea, que no se puede ir por libre y es Conde-Pumpido quien ahora ostenta la máxima autoridad para firmar una destitución.
Lo demás es trastienda política, procesos de intención, mala fe y ganas de enredar. Elijan bando:
Pumpido explica que ha destituido a Fungariño por una pérdida de confianza ocasionada por sus incumplimientos, su desidia y su indisciplina, citando casos muy concretos, algunos con graves consecuencias. Por ejemplo, la anómala puesta en libertad de presos –terroristas- por falta de diligencia en el cumplimiento de lo ordenado.
Si el etarra Azpiazu instaló su negocio junto al domicilio de su víctima, Ramón Baglieto, fue porque en su día Fungairiño desoyó las instrucciones de solicitar el alejamiento, según contó ayer Conde-Pumpido, que dice haber perdido la paciencia y, además, le afea la conducta por retener información, por ir a la suya y –esto no lo dice, pero me consta que lo piensa-, por haberse burlado del Parlamento en aquella famosa sesión del pasado mes de julio, cuando compareció ante la comisión del 11-M.
Elijan bando, decía. El otro es el de quienes sostienen que estamos ante una operación del Gobierno para eliminar el obstáculo de Fungairiño en la nueva política antiterrorista del Gobierno. Más aún. Algunos insinúan sin ningún rubor que la caída de Fungairiño es una exigencia de ETA, que le había pedido su cabeza al Gobierno y, sumiso y claudicante Zapatero, se la ha entregado en bandeja de plata a la banda terrorista. Qué barbaridad. Pero se está diciendo, lo juro.
Ustedes mismos.
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