El otro día escribía yo aquí que los medios suelen ser más peligrosos que los fines. Y más delatores, añado ahora. Así, un manda catalán, de esos que andan trapicheando España, le ha dicho a otro manda: «Nos hemos llevado un buen cacho». Después de tanta palabrería en varios idiomas y dialectos, por fin ha brotado la frase hortera, egoísta, vulgar. Eso de que se han llevado un buen cacho de España, como si España fuese longaniza o bacalao, manifiesta freudianamente que estos señores estaban, en efecto, repartiéndose nuestro país en cachos, como si España fuese una merienda.
Con esta mentalidad brutal y ordinaria se ha llevado toda la operación, aparte las elegancias exteriores, que tampoco han sido muchas. Cualquier clase de robo más que robo es un desprecio.Los gestores de esta infame operación nos desprecian, desprecian a España. Quieren conquistar esta nación por cachos, lo cual es una manera vil de decirlo, con lo que se envilece y abarata la mercadería.

A partir de ese «cacho» de idioma ya sabemos cuál es el trato que nos van a dar, que van a dar al castellano. Para ellos somos un cacho de idioma y quieren suprimirlo hasta de los escaparates porque les humillaría mucho utilizarlo. Una vez entré en una tienda elegante de las Ramblas a comprarme unos guantes, pero la dependienta no me oía. Al principio pensé que era sorda, luego que era tonta y finalmente deduje que era catalana y no parecía dispuesta a servir unos guantes de Lleida a un español que además de serlo se permitía hablar la lengua correspondiente, como si uno ignorase que la lengua tiene también otros usos más placenteros, como el beso catalán o en catalán, o la dulcería catalana, que dicen que sabe a marrón glasé, y así debe ser a juzgar por los dulces navideños que me ha mandado mi amiga Oriol.

Aquí los castellanos, que hablamos esta lengua tan épica y tan lírica, no comprendemos que viviendo en España se pueda ignorar el español, un idioma pegadizo que se difundió por toda Europa, y luego por América, cuando nuestros Pizarros y Pinzones perdieron el complejo y remataron la conquista.

Recuerden aquello: «Duérmete, niño, que viene el duque de Alba».Voy a tomar el té con la duquesa de Alba y me pregunto cómo una señora tan educada puede meter miedo a los niños hasta dormirles de miedo. Así están nuestras relaciones lingüísticas con el litoral, pero he visitado bastante a la actual duquesa y jamás la he oído decir que tiene un cacho de palacio. No se trata, pues, de que gane un idioma o el otro, sino que ganará quien hable con más sensibilidad y sentido poético de la palabra. «Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas», pedía Juan Ramón Jiménez.

Y el nombre exacto de las cosas está dentro de la cosa misma, como que no vamos a ningún sitio llamando a una provincia «cacho» y a una nación «estatut». Lo primero que hace falta para decir una lengua es amarla y podríamos distinguir ahora entre pueblos que aman o no aman el idioma que hablan. Me llega un libro mío traducido al finlandés y, como he estado en Finlandia, sé que ellos aman esa lengua boreal. Me gustaría hablarla yo, pero sin decir «cacho».