La Coctelera

Caffè Reggio

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3 Febrero 2006

El peligro nuclear, de Anxo Guerreiro en La Voz de Galicia

LA CRISIS iraní no sólo devuelve a primer plano de la actualidad las terribles consecuencias y los graves peligros de la proliferación nuclear, sino que impugna abiertamente el esquema político que hoy preside las relaciones internacionales.

En el período de la guerra fría, las relaciones internacionales, debido al equilibrio nuclear existente entre las dos potencias hegemónicas (equilibrio del terror), no podían basarse únicamente en el uso de la fuerza. La situación cambió bruscamente con la desaparición de la URSS. A partir de ese momento, EE.?UU. pasó a enfrentarse a unas potencias -pequeñas y medianas- que no disponían de medios para responder a una política de hechos consumados.

En 1992, Paul Wolfowitz, actual presidente del Banco Mundial y con anterioridad vicesecretario de Defensa de EE.?UU., publicó un informe titulado Defense Planning Guidance en el que proponía el establecimiento de un nuevo orden internacional basado en el dominio mundial de EE.?UU. y en el empleo de armas nucleares y químicas de forma preventiva.

La propuesta Wolfowitz fue elevada a doctrina oficial por el presidente Bush en el año 2002. A partir de entonces, el empleo del armamento nuclear norteamericano, reservado en el pasado para ataques de la misma naturaleza, puede ser utilizado, en forma de bombas de baja potencia (tácticas), en conflictos de tipo clásico contra países que no posean el arma nuclear.

Con tales decisiones se inauguraba aceleradamente un modelo presidido por la visión antropológica que presupone que la relación entre las naciones es de fuerza, y en el cual el poder económico y militar son indisociables. Por eso EE.?UU. aspira a tener el control de la alta tecnología militar, y por esa misma razón el Senado norteamericano se negó categóricamente en 1999 a ratificar el tratado de limitación de armas nucleares.

Esta nueva visión ha provocado ya vigorosas reacciones opuestas a la voluntad unilateralista de EE.?UU. y puede generar una irracional carrera armamentística en el mundo. No de otra forma puede entenderse la modernización de los programas nucleares anunciada por varios países, entre ellos Rusia y China, ni las recientes decisiones del Gobierno de Teherán, que amenazan con desatar una crisis de consecuencias tan imprevisibles como indeseables.

Pero la crisis iraní no puede resolverse adecuadamente sin poner en entredicho al mismo tiempo las actuales relaciones internacionales. Y, desde luego, no puede ocultar un hecho incontrovertible: el actual modelo internacional es un callejón sin salida que no protege a los pueblos de la atroz posibilidad de una guerra nuclear.

Si realmente se quiere alejar definitivamente esa amenaza, EE.?UU., al igual que otros Estados que poseen armas nucleares, debe emprender negociaciones serias para la limitación de esas armas y para su total desaparición en el futuro, incluidas, claro está, las suyas propias, tal como exige el Tratado de No Proliferación Nuclear. Todo lo demás es música celestial.

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