Ha reaparecido Alfonso Guerra en una entrevista realizada por el hombre Polifemo que tiene un ojo de cristal. Y ha dicho el dirigente del PSOE y presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados que el Estatuto catalán que fue aprobado en Barcelona era un disparate. Ha añadido que Zapatero debió forzar la reforma de dicho Estatuto antes de su llegada a Madrid, donde estuvo a punto de embarrancarse. Ha calificado de poco importante el reportaje, la cita a la nación en el preámbulo del Estatuto, pero ha recordado también los riesgos que ello incluye y no ha querido hacer ningún pronóstico sobre el futuro político de Pasqual Maragall.

Reaparece Guerra, con espíritu crítico, tendiéndole una mano al Partido Popular e insinuándole que todavía quedan en el Estatut catalán cosas que se deberían arreglar en el debate de la comisión. Pero este Guerra ya no es tan guerrero porque se ha sometido a la ley del silencio que han impuesto desde el palacio de la Moncloa o desde el entorno de Felipe González para evitar males mayores de los que ya existen en torno al Estatuto catalán. Y ya no habla Guerra con tanta claridad ni con tanta firmeza, aunque deja claro que su opinión es diferente a la de Zapatero, de la misma manera que considera que los ciudadanos están muy lejos de ese Estatuto que nunca les interesó y, por tanto, que nunca debió ponerse en marcha porque no había demanda social ni necesidad alguna para ello.

En lo que se refiere a Maragall, Guerra ha dicho del presidente catalán lo mismo que piensan muchos dirigentes de su partido: que ha actuado más como nacionalista que como socialista. Y este análisis y las noticias que aseguran que el PSOE quiere provocar la caída de Maragall de la presidencia de la Generalitat cuando se apruebe, si es que se aprueba, definitivamente el Estatuto confirma la crisis abierta en el seno del PSC, que es de consecuencias hoy día incalculables.

Estamos, pues, ante el ataque no de los clones, sino de los charnegos, de los Montilla, Sevilla, Guerra, González, Ibarra, Chaves, Vázquez y demás dirigentes, todos ellos unidos contra Maragall, al que acusan de haber creado un problema importante por haber traído a Madrid, como dice Guerra, un Estatuto disparatado.

Lo que no dicen los “charnegos” es que tanta responsabilidad, o incluso más que la de Maragall, la tiene Zapatero por haber aceptado a trámite en el Congreso de los Diputados el Estatuto disparatado en vez de obligar a Maragall a cambiar allí, en Cataluña, todo lo que era inconstitucional. Pero contra Zapatero no se atreven, porque eso sería tanto como perder el poder, y entonces se han liado a palos con Maragall y quieren echar del Gobierno tripartito a Carod-Rovira como en las cercanías de Madrid tiran una cabra desde un campanario a ver qué pasa.

Pero Carod y Maragall, que son lo inventores del Estatuto y que tienen un ataque de cuernos monumental con el nuevo pacto establecido entre Mas y Zapatero, se han hecho fuertes entre la gente y dicen que de ahí no los mueve nadie con o sin Estatuto, con lo cual el ataque de los “charnegos” puede acabar en un fiasco general y el lío del Estatuto podría convertirse en un auténtico bumerán que, lanzado contra Maragall, acabará dando la vuelta camino de la Moncloa y en busca de Zapatero, que es el verdadero autor de este disparate nacional.