Este verano le preguntaron al Rey si iba a conceder el ducado a José María Aznar; contestó que ese título sólo se le otorgó a Suárez. Cuando le comentaron que también se lo dieron a Calvo Sotelo, Juan Carlos dijo: «Fue un marquesado si mal no recuerdo».A Felipe González se le ofreció y no lo aceptó, prologando su actual sabiduría de buscador de pescador de las melvas de rayas oblicuas y de color oscuro que cruzan por Gibraltar. Hizo muy bien Felipe.
En España la burguesía no acabó, en su debido tiempo, con la nobleza como acabaron los franceses y los ingleses. La aristocracia terminó puliéndose el linaje, la prosapia, la alcurnia, la fina platería, los tapices y los goyas. Malgastó los latifundios en romerías y garitos. Al final, hemos visto a las aristócratas en Aquí hay tomate, Gran hermano y Qué me dices.

Para Carlos Marx nada había vivo ni en la monarquía ni en la aristocracia española, salvo «la miserable dinastía». Napoleón puso bajo llave a la Familia Real, después de que ésta ennobleciera a los machacas, a los troncos y a los guardias de corps. El Corso vio a España como un cadáver exánime. La aristocracia siempre fue feudal, predemocrática, formó una corte de milagros, con favoritos y frailes para vigilar a las reinas. Ya dijo, no recuerdo quién: «A veces los títulos de nobleza no se los daban a personajes ejemplares; recuerden a Macbeth cuando aullaron las brujas».

Cuando Marina llamaba para reservar en el Taiwan de Marbella y decía que era de parte de los marqueses de Iria Flavia, los chinos pasaban; solo se ponían en la cola de los autógrafos cuando llegaba el gran ogro como Nobel.

Juan Carlos I prescindió de los cortesanos, de las duquesas cocotas y de las monjas de las llagas; frecuentó más a los banqueros y a los ricos que a los nobles; hoy los aristócratas apenas pintan nada en palacio.

Aznar y Juan Carlos tuvieron escasa sintonía; no se podían ver desde que el ex presidente se paseó con la chaqueta al hombro por el malecón de La Habana y por la arena movediza de las Azores; no iba Juan Carlos en el séquito de los últimos viajes de Estado.Además, al Rey lo quieren más los republicanos y los nacionalistas que la derecha, cumpliéndose la fantasía de Larra: un rey ciudadano con paraguas, dando esos cinco a todo el mundo y exclamando a voz en grito, «si queréis en mí una monarquía ha de ser un trono popular rodeado de instituciones republicanas».

No sé si a Aznar le hará ilusión ingresar en el Ghotta. Quien te cubre, te descubre, dijo Teresa Panza, aludiendo a la costumbre de estar destocados ante el rey siglos antes de que el sistema de honores fuera abolido la República. Fue Franco el que volvió a conceder títulos; aunque Juan Carlos los concediera, después, en función de los servicios de la democracia.