CUALQUIERA que se dedique a la política prefiere gobernar a hacer oposición. Ello se debe, por supuesto, al gusto que todos los políticos encuentran en el hecho de mandar. También, claro, a las sustanciosas canongías que el poder lleva consigo. Pero, más allá del mando y sus placeres, la razón de esa inclinación por el gobierno y de esa antipatía por la pura oposición se encuentra en una circunstancia a la que no suele prestársele la atención que se merece: a que, salvo en situaciones de grave crisis económica o política, gobernar es mucho más fácil que oponerse a quien gobierna.
Y es que gobernar es sobre todo un ejercicio de prudencia. Basta con no pretender salvar al país que lo ha puesto a uno en donde está para que las cosas marchen razonablemente bien. De hecho, sólo quienes llegan al poder persuadidos de que el mundo ha comenzado con su victoria electoral -victoria que sería la inequívoca señal para poner el país patas arriba- suelen producir más quebraderos de cabeza que otra cosa. Los otros, los prudentes, se limitan a reconocer con humildad que lo que puede hacerse en cuatro años de mandato es casi siempre mucho menos de lo que, puestos a ello, puede deshacerse. Hay un sabio dicho en algún país centroeuropeo según el cual transformar una pecera en una sopa de pescado es mucho más rápido y sencillo que hacer que una sopa de pescado pase a ser una pecera.
Pero si gobernar es un ejercicio de prudencia, hacer oposición es, sobre todo lo contrario: un ejercicio de imprudencia. Entiéndanme: un sabio ejercicio de imprudencia. Al gobernante le llega para ser bueno, y aún mejor, con administrar el cambio con el sentido común de quienes conocen la largueza de los tiempos y la vocación por la tranquilidad de la inmensa mayoría. El opositor tiene que hacer, sin embargo, una labor de zapa permanente, en la que asumir riesgos es la única forma de avanzar. Tiene que dramatizar, que exagerar y corre, por ello, el constante peligro del ridículo, de la falta de credibilidad que el exceso lleva siempre de la mano.
Sí, hacer oposición se parece, más que a ninguna cosa de este mundo, a jugar a las siete y media, según la insuperable descripción que de ese juego hizo en su día Muñoz Seca: «Un juego vil, que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil ves febril que o te pasas o no llegas; y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas, y eres del otro deudor; más ¡ay de ti si te pasas!... Si te pasas es peor». Alguien debiera recordárselo a los dirigentes del PP, cuyos excesos son hoy, sin duda alguna, los mejores aliados de la imprudencia de José Luis Rodríguez Zapatero.

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