La Coctelera

Caffè Reggio

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1 Febrero 2006

La ONU, institución medieval, de Fred Halliday en La Vanguardia

En una soleada tarde invernal, el comedor de delegados ante la ONU conserva todo el encanto y amplias perspectivas asociadas, según un talante más optimista y propio de otros tiempos, a la primera institución global mundial. Diplomáticos de 191 países se reúnen en el lugar para comer, hacer disquisiciones, chismorrear, en tanto en las distintas salas y estancias de reunión de numerosos comités se analizan las cuestiones mundiales. Una verdadera industria traductora y auténticas hordas de visitantes atraviesan sin cesar los pasillos del edificio. Fuera de él, el perfil familiar de la torre de la ONU destaca como de costumbre por encima de la Primera Avenida, y la afluencia de nuevos países tras la desintegración del mundo comunista en los años noventa ha obligado a las autoridades a comprar más suelo para desplegar las banderas de los estados miembros que ahora participan en sus deliberaciones.

Es muy plausible que el Vaticano y la OLP posean sólo la condición de observadores, Kosovo y el Kurdistán brillen por su ausencia al tiempo que Birmania quede (tercamente) fuera..., pero para el resto del mundo esta institución sigue siendo, al menos formalmente, el primer y último recurso de nuestra agitada época. No se trata únicamente, empero, de que el mundo se halle en apuros, sino de que la propia institución atraviesa un difícil periodo. Como dice pausada y sosegadamente un diplomático asiático a sus huéspedes, "la ONU acusa su edad". Un veterano funcionario de la organización observa ante sus comensales que el problema esencial no es Iraq, Palestina o Corea del Norte, sino las condiciones y oportunidades de mejora y promoción de su personal -que han permanecido congeladas-, así como la vetustez de las instalaciones y del propio edificio.

En el pasillo de entrada penden de las paredes varios retratos de anteriores secretarios generales, desde el noruego Trygve Lee hasta Kurt Waldheim y Butros Gali, pero el caso es que el prestigio de esta sobresaliente figura internacional no atraviesa precisamente su mejor momento; malparado a consecuencia de la lluvia de críticas de Washington por el escándalo de petróleo por ayuda y por su observación en el sentido de que la invasión norteamericana de Iraq no sólo no estaba contemplada en la carta de la ONU, sino que además era ilegal, Kofi Annan se muestra últimamente en demasía condescendiente con los norteamericanos, permitiendo que Washington empuje a abandonar la organización a un cierto número de funcionarios de la ONU que no son de su agrado, incluido Iqbal Riza, ex diplomático pakistaní con más de veinte años de experiencia en Oriente Medio, así como representantes de Canadá y Brasil. Los objetivos de la interferencia norteamericana han incluido en los últimos años al propio Butros Gali y a la comisionada de Derechos Humanos, Mary Robinson: ambos abandonaron tras cumplir un periodo de su cargo. Annan ha sido acusado recientemente de pisar la línea estadounidense en lo concerniente a Oriente Medio, rehusando visitar Irán, y, en un caso sin precedentes que muchos juzgan como una violación de su responsabilidad funcionarial, de viajar a Washington para informar al Congreso estadounidense. "¡Y qué diremos si el Parlamento de Birmania o de Uruguay solicitan a su vez que se les informe!", observó un exasperado delegado al secretario general.

Un nuevo conflicto se destaca sobre el horizonte de la búsqueda de un sucesor a finales del 2006: el que opone a quienes siendo mayoría en la Asamblea general desean que se aplique el precedente de la rotación regional nombrando a una personalidad asiática -tal vez un ex ministro de Singapur- y quienes, como los norteamericanos -que proponen un candidato polaco-, quieren nombrar a alguien que secunde sus propuestas.

Tanto el secretario general como la ONU afrontan numerosos problemas que no presentan fácil solución. El propio Annan observó conspicuamente que aunque dispusiera de un plazo más dilatado que Dios para solucionar los problemas del mundo, la ventaja en el caso de Dios estriba en que no debería lidiar con la Asamblea general y el Consejo de Seguridad, aunque a decir verdad podría haber añadido el factor de la virulenta hostilidad o animadversión hacia la ONU de parte de la prensa y el Congreso estadounidenses. La cuestión de la reforma de la ONU volvió a aflorar el año pasado con ocasión del LX aniversario de la institución, como había sucedido ya en 1995, en su L aniversario. Pero trazando un parangón con la situación de hace diez años, las aspiraciones del 2005 fueron modestas... Apenas hemos oído observación alguna sobre las esperanzas del decenio de los noventa: fuerza pacificadora permanente, Consejo Medioambiental global, Asamblea general democratizada, etcétera. La aspiración a una fuerza de intervención humanitaria frente a graves violaciones de los derechos humanos y la agresión no ha prosperado, herida de muerte por efecto de los problemas de Somalia, Ruanda y Bosnia, condicionada además actualmente por la invasión estadounidense de Iraq. Aparte de las cuestiones sobre seguridad global suscitadas recientemente por Kofi Annan, apoyadas por las correspondientes comisiones y recomendaciones, lo cierto es que no se ha alcanzado el consenso sobre dos cuestiones esenciales de seguridad internacional: la definición de terrorismo y el derecho de los países a adoptar iniciativas de orden preventivo. En cuanto a la reforma del Consejo de Seguridad, fracasó en medio de la indiferencia - cortés pero firme- de los cinco miembros permanentes y las divisiones ejemplificadas en el hecho de que la propuesta alemana contó con la oposición de sus socios de la UE (muy explícitamente de Italia, más sutilmente de España y calladamente de Gran Bretaña y Francia), la de Brasil conla de los latinoamericanos... En cuanto a los africanos, no se pusieron de acuerdo sobre quién debería representarlos.De manera aún más escandalosa y vociferante, los chinos reaccionaron a la propuesta japonesa con manifestaciones nacionalistas, alzando el tono hostil como no se veía desde hacía bastantes años. Los japoneses no han cedido, señalando de paso que su contribución al presupuesto de la ONU es mucho mayor que la china.

Sobre todas estas cuestiones, sin embargo, pende la cuestión de la presión de EE.UU. sobre la ONU y, en estrecha conexión, la cuestión de Iraq. Bush, pese a sus declaraciones en su primer mandato comprometiéndose a adoptar una actitud multilateralista, y a su discurso de apoyo a la ONU ante la Asamblea general en el 2002, se ha valido de su poder para incrementar la presión sobre la organización internacional. El delegado estadounidense, John Bolton, ha resaltado que, en un mundo contemplado de manera realista, EE.UU. pondrá sus miras en otra parte si la ONU no funciona como debe.

EE.UU. está en su derecho de hacer un llamamiento en favor de un cambio en la ONU. Contribuye de largo con la mayor aportación presupuestaria; en cuanto a la obstrucción al cambio y la manipulación de los procedimientos y debates de la organización, apenas se trata de un monopolio de Washington. Tiene derecho a sostener su punto de vista y, por polémico o conflictivo que sea Bolton, hay elementos mucho más negativos en EE.UU., incluidos quienes presentan a la ONU como una especie de Anticristo. Lo que sucede es que la actual postura estadounidense se halla teñida de hipocresía.

En primer lugar, el argumento de buscar en otra parte es fraudulento: la ONU no ha reivindicado, al menos durante veinte años, ningún monopolio del gobierno global ni de una autoridad internacional institucional. La responsabilidad de la seguridad y la acción en Europa, por ejemplo, se ha compartido entre diversas instancias (OTAN, UE, OSCE, Consejo de Europa), y la OMC- caso distinto del FMI, independiente de hecho de la ONU- ni siquiera forma parte del sistema de la ONU.

En lo referente a un daño o perjuicio a la ONU, es menester consignar que EE.UU. hace gala de una singular y dilatada responsabilidad: fue Washington quien bloqueó el Consejo de Seguridad a la hora de reaccionar ante la invasión iraquí de Irán en septiembre de 1980, echando así los cimientos del fracaso de la organización para afrontar después la cuestión de la República Islámica; fue EE.UU. quien hizo trizas los acuerdos de Ginebra en abril de 1988 sobre la retirada soviética de Afganistán, prolongando de ese modo la guerra en ese país durante otro decenio; fue EE.UU. quien apoyó a Bin Laden y a sus seguidores y posteriormente los respaldó para instaurar el régimen talibán; fueron Bush y sus asesores quienes durante meses acosaron, vejaron y mintieron a la ONU durante los preparativos de la invasión de Iraq en el 2003, negándose a reconocer la autoridad de los inspectores de la ONU y enviando al secretario de Estado a proferir sus bravatas en el Consejo de Seguridad en febrero del 2003, donde soltó un montón de mentiras sobre los programas iraquíes de armas de destrucción masiva. La así llamada coyuntura Adlai Stevenson, en referencia a la presentación de fotografías de los misiles soviéticos en Cuba en 1962 a cargo del delegado estadounidense, resultó ser una escenografía.

El impacto de la cuestión de Iraq sobre la ONU ha adoptado no obstante otros rasgos más nefastos y paralizadores si cabe; esto es, los acontecimientos del 19 de agosto del 2003. La ONU se mostró renuente a bendecir la invasión estadounidense de Iraq pero valientemente -y con justicia- decidió desempeñar un papel en el proceso político posterior al conflicto, enviando a uno de sus diplomáticos más veteranos, el brasileño Sergio Vieira de Mello, a Bagdad, que no contó con suficiente protección. Bin Laden denunció a la ONU como cómplice de EE.UU., y el 19 de agosto De Mello y otras 22 personas fueron asesinadas cuando Al Qaeda atacó la sede de la organización, la mayor matanza de su historia (y el mayor atentado a su misión política aun considerando la muerte de funcionarios y soldados desde Corea y el Congo hasta Líbano...). Como me dijo un veterano funcionario de la ONU, "el 19 de agosto del 2003 fue nuestro 11-S".

Toda política, interior y exterior, entraña cierta combinación de idealismo y realismo. La ONU ha presenciado ambas realidades a lo largo de su trayectoria y ciertamente no le beneficiará otro sarpullido de propuestas de reforma que estallen como pompas de jabón. Necesita realismo, organización, objetivos y liderazgo, factores que redunden en metas más alcanzables y de las que en gran medida carece; factores y elementos de los que los países -grandes y pequeños- miembros de la organización no la dotan adecuadamente.

FRED HALLIDAY, profesor visitante del Cidob (Barcelona) y profesor de la London School of Economics
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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