En Madrid hay unas diez mil personas que duermen en la calle, y no por gusto, ciertamente. Sin embargo, diríase, observando las evoluciones de los muchachos del llamado Samur Social, que toda esa humanidad doliente halla una gran satisfacción en pasar las noches del invierno tirada sobre cartones y mantas viejas , aspirando el hedor de los orines y aguardando el pogrom nocturno de los niños nazis. De otro modo no se entiende que los chicos del Samur Social se paseen por estas noches heladas preguntando a los excluidos: «¿Quiere usted quedarse aquí o venirse al albergue?». Queda muy fino, pero poco humano. ¿Quiere usted morirse?, le preguntan en realidad. Pensándolo bien, a lo mejor no es poco humano, sino mucho, demasiado humano, aunque para el caso es lo mismo. Lo humano, si no se civiliza con la ética, en ocasiones es así, despiadado, brutal, industria de supervivencia de los más fuertes, y hay que conceder que un sitio donde la gente mea en la calle, que por eso los vagabundos aspiran ese hedor mientras se quedan pajaritos, no es un sitio civilizado. Aquí hay grúas, y bulldozers, y coches, y tiendas, y bancos que hacen como si regalaran sartenes, y funcionarios por un tubo, pero no hay compasión, ni piedad, ni mucho menos justicia. Un sitio donde la gente orina en la vía pública no es un sitio civilizado, pero menos lo es cuando esos orines perfuman el sueño de los afligidos que se mueren de frío sobre el pavimento, en los cajeros automáticos, en los escaparates. «¿Quiere usted quedarse aquí?» equivale a «¿Le gusta a usted esto», pero cómo será «lo otro», el mundo duro de los que preguntan esas cosas y de los albergues, que, aún no gustándoles un pelo a los menesterosos palmarla en las aceras, lo prefieren.Si este Madrid fuera un lugar civilizado, a quien corre el riesgo de morir de frío en la calle no se le preguntaría nada. ¿Desde cuando ante esa eventualidad más que probable se anda uno con preguntas? La democracia no consiste en eso, ni la libertad de elección tampoco. Lo primero consiste en abolir toda suerte de exclusión social y de miseria, y la segunda, en la posibilidad de elegir. ¿Qué puede elegir el hombre o la mujer que nada tienen porque todo se les niega, la salud, el calor, el trabajo, el amor, el techo? Queda muy fino preguntar a los que van a morir si prefieren hacerlo en la puñetera calle o en uno de esos albergues de literas corridas, sopa boba y tubos fluorescentes, pero, de decirles algo, habría que preguntarles si quieren vivir. Es muy complicado querer vivir cuando se habita en los infiernos, de modo que incluso esta respuesta ha de darla el que esté dispuesto a sacarles de allí, bien que no para llevarles a otro pudridrero.¿Qué es eso de preguntar al que se está ahogando si quiere un cabo o un salvavidas? ¿Preguntan acaso los bomberos a los atrapados entre las llamas si desean que los saquen de allí? Los agentes del Samur Social, animados seguramente de buenas intenciones, hacen su ronda estas noches heladas y preguntan a los naúfragos de la vida como si fueran clientes o usuarios: «¿Quiere usted quedarse aquí?». Afinando un poco más, se les podría decir: «¿Prefiere el caballero morirse en ésta su ventilada alcoba o, por el contrario, elige la opción B? Yo no sé si esa pobre gente quiere morirse, pero sí me consta que al resto de la población le importa una higa que se mueran, exceptuando a los que lo preferirían abiertamente.Ignoro qué puede hacerse, pero sé que nada quiere hacerse para combatir ese oprobio, salvo preguntar idioteces. Si alguien de esta ciudad desmantelada creyera en el dios de la Justicia y el decoro sabría que ése que se hiela en la calle es dios disfrazado, y no preguntaría nada, sino que lo envolvería, para infundirle algún calor, en sus brazos.